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La Libreta

   Se me cayó la cartera mientras buscaba el comprobante del estacionamiento. Antes de preguntarle, el empleado sentenció: son veinte pesos. –Pues cuánto tiempo estuve fuera, dije recogiendo las monedas del suelo. –Una hora y diez. – ¿Y por qué me cobra dos horas? -Así es, por la fracción. Ante el temor de tener que sacar las cuentas, le di los veinte pesos y subí a la camioneta. Las fracciones y los quebrados…qué difícil todo aquello en la primaria, por eso me entregaste tu libreta de sexto año para ponerme al corriente en las vacaciones, íbamos a entrar a la secundaria y yo seguía sin saber nada de aritmética con todos esos quebrados horribles… Tu libreta de pasta dura forrada con papel cuché, con fotografías de Mónaco…

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    Los números, tu libreta de sexto que ha estado conmigo cuarenta y siete años, que ha sido empacada -no sé por qué- en cada uno de los diecinueve cambios de casa que he tenido… Aquella tarde, a propuesta tuya, quedamos de vernos: –Cuando salgas del colegio espérame en la Catedral, te voy a mostrar un lugar mágico. Estuve mucho tiempo parada en el atrio con mi uniforme blanco y café, mis zapatos choclos con las agujetas torcidas y la mochila que mis doce años de edad podían soportar en la espalda. Tenía sed, solamente dinero para el camión de regreso y tú no llegabas, cuando lo hiciste, de prisa, con tu camisa empapada por el sudor y tus lentes resbalándose, caí en cuenta que tu colegio en el barrio de Santiago no estaba tan cerca y viniste corriendo por todas esas calles, sin parar, sin detenerte siquiera a mirar los carteles de los cines no queriendo llegar tarde, temiendo que yo me fuera. Enfilamos hacia el sur y al pasar por el café La Sin Rival, entraste a tomar un vaso con agua que te dieron tus amigos los meseros, yo me quedé mirando el vaso, tus dedos, tus ojos cerrados y no te dije que también tenía sed. Seguimos andando por la calle sesenta, al llegar a la sesentaicinco, doblamos a la izquierda y apareció ese largo callejón de los baratilleros sobre el adoquín francés. Mi papá me había llevado muchas veces, rumbo al Correo y había conocido esos puestos que olían a cuero, donde se vendían cinturones, monederos, morrales, y también había muñecas de pasta con los ojos pintados, que no eran dormilonas como las de los almacenes, yo ya conocía esa calle, no tenía nada de mágica, no había gobelinos, estaba llena de ollas, sartenes y cucharones de peltre, no había pañoletas de seda sino paliacates rojos y amarillos, eran puros trabajadores sudorosos, gritones, ofrecían chácharas… pero tú acercaste tu cabeza a la mía y vino la revelación: –Estamos en un mercado persa. Entonces la calle adquirió una profundidad enorme, no alcancé a vislumbrar su final, la perspectiva tomó un color cobrizo, surgieron vapores con brillo de diamantina, se me olvidó la sed. –Ven, aquí cerca regalan galletas.

         Entramos a la tienda con olor de polvo, en varios tambos de madera iban vaciando los costales de maíz, de garbanzos, de lentejas, detrás del mostrador estaban unos hombres de raza china con sus delantales de dril que, al verte entrar, extendieron sus manos sucias con las uñas llenas de tierra para entregarte dos galletas “Sol” y te los quedaste viendo con dureza, enseguida entendieron y también hubo dos galletas para mí, que absorta contemplaba cómo los granos del café entraban por el hueco de una máquina y salían convertidos en granulado aromático, quise ver muchas cosas raras más que había, pero tú me jalaste y ni adiós le dijiste a los chinos. Se te olvidaba dar las gracias, como que te sentías el dueño de ese rumbo, como que conocías a todos y todos te conocían, como que me estabas presumiendo tus dominios. Afuera de la tienda explicaste, con la seriedad de una clase de religión, cómo debía comer las galletas para que supieran mejor. Tomaste una y la mostraste por ambos lados, igual que los magos al momento de iniciar una prestidigitación, luego la fuiste girando entre tus dientes que castañeaban con mucha rapidez, le diste vueltas y vueltas y por último, el pequeño círculo donde estaba escrita la palabra “Sol” quedó libre, lo depositaste en tu índice derecho, le diste unos giros cerca de tu boca y por fin te lo comiste. –Es la mejor parte, ahora hazlo tú. Cuando la quise roer, la galleta se quebró, se desperdició, eché a perder el momento, pero había una segunda oportunidad, quedaban dos. Con más ínfulas volviste a efectuar tu ceremonia, ese maravilloso arito de sol en tu dedo firme me dejó pasmada, concentré mis deseos en hacer bien las cosas, castañeé mis dientes alrededor, las tres letras de s-o-l temblaban en mi índice (que no se me caiga, que no se me caiga) di los giros cerca de mi boca y cuando introduje aquel pedacito, sentí como si una hostia dulce comulgara entre mi paladar y mi lengua. Nada en la vida había tenido mejor sabor.

    Habíamos caminado otro poco cuando escuchamos el cloc, cloc, de los cascos de un caballo todo flaco que arrastraba una carreta con sacos de carbón, nos paramos a verlo pasar y te di un codazo: –Se está haciendo popó. –Ay sí, la señorita, no es popó, es ¡caca! -Pues tampoco es ca-ca, es mierda. –Ja, ja, ja, tampoco es mier-da, lo correcto es: ¡estiércol! ¡Te gané, te gané! -¿Por qué siempre me ganas? –Porque soy más inteligente. Y luego aclaraste: pero tú eres muy bonita… En los puestos revisabas todo, las cartillas de lotería, las barajas españolas para sacar la suerte, hojeabas los cuentos, olías las vaquetas, te probabas las gorras…En el último estanquillo colgaban unas parrillas de alambre para asentar las planchas, sobre la mesa había varios pomitos con lacas de colores brillantes y dibujos extraños que contenían ungüentos milagrosos; unos frasquitos color ámbar con esencias y perfumes; el frente estaba tapizado con espejos de todos los tamaños, rectangulares, cuadrados, sus puntas forradas con paspartú plateado, los espejos reflejaban partes tuyas, partes mías, multiplicaban nuestros movimientos. Yo pensaba: verdaderamente estamos en Medio Oriente… y entre las gargantillas de latón y las pulseras con colgajos, yo soñaba, anhelaba, esperaba que asomara la lámpara de Aladino para pedirle un paseo en el aire, en una alfombra suave, espesa… Comenzó a oscurecer, llegamos hasta la tienda de tu abuelita, me quedé parada en la banqueta pero pude acechar y ver solamente una pálida luz al fondo y a una anciana dándote un beso. Tiraste tu mochila y luego cargaste la mía hasta la parada del camión. Ahí me dejaste como se avienta un costal, sin decir adiós, te fuiste corriendo. Cuando llegué a la casa había señal de alarma, era tardísimo, qué me había pasado; mi madre, mi abuelo y mi nana me reprendieron, estuve llorando hasta que logré dormir. Todo por habernos tragado el sol de esa tarde…

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Ya en casa, saqué mis llaves, entré por la cocina, supervisé la comida, subí a mi recámara, entre los cajones de la ropa de invierno estaba tu libreta de aritmética de sexto que, en la primera página, en la esquina izquierda, dice: Mes de Septiembre, día 14, 1960. Con tu letra que ya denotaba personalidad, están apuntadas las lecciones y los ejercicios que al final llevan un diez o un nueve punto cinco en lápiz rojo. Los folios llegan a la página ciento cuarenta y uno. A la mitad, hay una hoja arrancada de otro cuaderno con la figura de un caballo que dibujaste y al que me permitiste sombrear las patas y la cola. Decidiste ponerle nombre y lo llamaste Happy Baby. Pensando que te quedó perfecto, empezaste a poner unas rayitas alrededor, como efecto de resplandor y, conmovido por mi admiración, me pasaste el lápiz: una rayita tú, una rayita yo… así dejamos deslumbrante el dibujo del caballo más hermoso que haya visto.  Abajo tiene la firma que has seguido usando y, por si no fuera suficiente, tus iniciales con tinta verde. En la última página está descrito el calendario de exámenes finales con su horario, las notas donde no debes olvidar llevar el borrador, los lápices bien tajados, los colores y el estuche de geometría. En el rincón superior derecho de esa página, dice: junio de 1961. Cierro la libreta que por extraña razón he conservado y, en ese instante, adquiero la certeza de que hasta el último de mis  días seguirá conmigo, donde quiera que yo esté.

Nuevo Laredo, Tamaulipas, 14 de septiembre de 2008.

  Este relato inédito fue un obsequio para Luis Edoardo Torres (Eduardo Drama), mi discípulo más querido, en ocasión del catorce aniversario de la revista Cariátides. Se actualiza la fecha al 30 de septiembre de 2021, cuando La Libreta cumple 60 años en custodia, Revista Cariátides 27 de fundada y mis cambios de casa suman veintiuno.

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