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Gloria Marín y la belleza. (1)

Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo,
ese viaje hacia la nada
que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada
la belleza…

Eduardo Aute

Uno de los rostros más bellos del cine mexicano, aparecido en los años 30 del siglo pasado, fue el de Gloria Marín, y surgió en el momento en que:

 “Los agigantamientos de la pantalla desembocaban en otra percepción de la vida cotidiana. El retrato fotográfico ha sido certificado de identidad: así se es un instante preciso, así nos recordaremos a nosotros mismos, así es la familia, y así transcurre, en cauda de secuencias inmovilizadas, la vida. A la vez, el infinito de la pantalla es tropel de expectativas para quienes cada vez saben meno de santo y sólo conocen datos sueltos de los héroes (…)

¿Qué tan valiosa son en la primera mitad del siglo las prácticas del close up? Imposible precisarlo, aunque el cambio de mentalidades y el proceso secularizador se enriquecen con la desmesura de los rostros que, en la pantalla, se vuelven hazañas del bien y la belleza o, ni modo, trampas mortales. El tamaño mismo de la pantalla, que le concede a los rostros dimensiones extraordinarias, genera una revolución en el comportamiento bajo la doble presión del cine norteamericano y el mexicano.” (1)

  Fue así como Gloria Marín, extiple de teatro, fascinó al principio más por su belleza que por su histrionismo al espectador, ¡y cómo no iba a ser así!, volvamos a revisar este rostro desde sus inicios: pómulos que dan perversión e ingenuidad, ojos morunos de largas pestañas que brillan y centellean como estrellas enmarcadas por unas cejas pobladas, labios perfectamente delineados que guardan siempre algún mohín de morbidez o picardía…Por si fuera poco, posee una figura armoniosa y femenina: hermosos y acariciables hombros; manos donde las uñas largas y pintadas de rouge lucen bien.

 Aquí habría que recordar que a Lupe Vélez cuando filmó en México le pareció que sus compañeras mexicanas de set cinematográfico, estaban un poco mal maquilladas, a ella que era el sinónimo de la máscara de alguna diosa bella y perversa de Bali…lo cual nos hace reflexionar que la belleza de nuestras estrellas del cine mexicano era realmente belleza, sin ardides, ni trampas.

La industria nacional no contaba con la parafernalia de la industria hollywoodense para transformar con cirugías y con maquillaje a sus diosas del amor.

 Nuestras bellezas eran naturales, al igual que las bellezas del cine europeo.

Lo que vemos en pantalla es lo que es.

 En un ensayo del Dr. Urzáiz, habla de la belleza femenina “construida” por el cine como la  de “esas gretas y marlenes”.

 Ya sabemos que él era un admirador d elas bellezas redondas y rubensianas, sin embargo este ensayo es importante releerlo en este siglo XXI.

Notas

1.-Carlos Monsiváis. Rostro del cine mexicano. Américo Arte Editores, México, 1993, p. 11

Fernando Muñoz Castillo

Escritor, hacedor de libros objeto, dramaturgo y director de teatro. investigador e historiador de teatro y cine. curador y museógrafo. periodista cultural. ha publicado varios libros.

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