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Dos soledades: diálogo entre Vargas Llosa y García Márquez

Por: Alfredo Arcos

    En dos jornadas de 1967, los días 5 y 7 de septiembre, aconteció en Lima un par de conversaciones en las que dialogaron sobre el arte de la novela latinoamericana, dos entonces jóvenes escritores que ya se perfilaban para ser protagónicos exponentes del género: el peruano Mario Vargas Llosa y el colombiano Gabriel García Márquez. El gestor del encuentro fue José Miguel Oviedo, titular del Departamento de Extensión Cultural de la Universidad Nacional de Ingeniería; el evento tuvo lugar en el abigarrado auditorio de la Facultad de Arquitectura de esa universidad, se cuenta que no cabía un alfiler.

   Esas conversaciones podemos leerlas ahora en el libro Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa. Dos soledades. Un diálogo sobre la novela en América Latina, editado por Alfaguara. Este par de narradores, con los años terminaría cada uno con el Nobel en su faltriquera. Pero situémonos en la época del sucedido: en ese 1967, Vargas Llosa se alzaba con el premio Rómulo Gallegos, por su novela La casa verde; y en mayo de ese año se había publicado Cien años de soledad, la novela que le daría fama mundial a García Márquez.

   Acaso por llevarse a cabo en la capital peruana, Vargas Llosa, sintiéndose anfitrión, tuvo la generosidad (en ese momento, para los asistentes la estrella era él y no el colombiano) de asumir el papel de entrevistador, situando a García Márquez en el centro de la atención. En ese cruce de palabras, el nacido en Aracataca pronunciaría una frase que cobraría fama con el correr de los años: “escribo para que mis amigos me quieran más”.

    Cuando tocan el tema de la soledad, ninguno atina a definirla como lo hizo Octavio Paz en El laberinto de la soledad: “A todos, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular, intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos…”.

   Hay un momento sobre la petite cuisine de Cien años de soledad, cuya lectura había deslumbrado a Vargas Llosa, al punto de que cuatro años después publicara un estudio cuyo eje es esa novela: Historia de un deicidio. Y bueno, se abre la charla, con una inquietud del peruano: “En muchos reportajes que has respondido, he observado que te refieres siempre a un familiar tuyo que te contó muchas historias cuando eras niño. Incluso, recuerdo un reportaje en que decías que la muerte de ese familiar, cuando tenías ocho años, fue el último acontecimiento importante en tu vida”. A continuación, García Márquez cuenta que ese personaje fue su abuelo, quien tuvo que matar a un hombre, siendo muy joven, y como consecuencia, “se fue lejos con su familia y fundó un pueblo”. Para Vargas Llosa no pasa desapercibido que aquel relato “es un poco el comienzo de la historia de Cien años de soledad, donde el primer José Arcadio mata a un hombre y tiene, en primer lugar, un terrible remordimiento… que lo obliga a abandonar su pueblo, a cruzar las montañas y fundar el mítico Macondo”. También se nos comparte el origen de la palabra Macondo, no lo revelaré aquí.

    Es curioso que hablen del boom, pero no del realismo mágico. Podemos convenir que el boom nace en 1962 con la publicación de La ciudad y los perros, novela de Mario Vargas Llosa. Por otra parte, la mayor exponente del realismo mágico es la novela de Gabo, Cien años de soledad, pero en aquellos diálogos no se menciona ese término, oscilaba en el aire, balbucean, pero no aciertan a nombrarlo, como si trataran de fijar con un alfiler a la mariposa amarilla. (Esta metáfora la aporta, en el prólogo, el novelista Juan Gabriel Vásquez. En aquel 1967, continúa con la paráfrasis: “el mundo era tan reciente que las cosas carecían de nombre”).

   Discurren sobre temas como ¿para qué escribe un escritor?, ¿cuál debe de ser su compromiso?, escritores cruciales en su formación como Faulkner e, inopinadamente, Borges. También se da un avance de la novela que entonces preparaba el colombiano, El otoño del patriarca. García Márquez creía que “para expresar la soledad del poder no hay ningún arquetipo mejor que el del dictador latinoamericano”.

    El libro cierra con una serie de testimonios de algunos asistentes a aquel encuentro y un relato de Mario Vargas Llosa sobre su trato con Gabriel García Márquez. Asunto del que me ocuparé en otra ocasión. Quisiera terminar recordando el final de uno de mis relatos preferidos de Gabo, El coronel no tiene quien le escriba. Luego de esperar largamente la pensión que no llega, el coronel cifra sus esperanzas como alternativa para tener dinero, en la próxima pelea de un gallo suyo al que juzga ganador, pero como faltan 45 días para la misma, impaciente, su mujer pregunta: ¿Y mientras tanto qué comemos? La respuesta, seguro usted la conoce.

Por Alfredo Arcos

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