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Iturbide, el falso redentor

Dentro de la pobreza cívica que estamos viviendo, donde parece que la noción de patria se ha difuminado, vemos con vergüenza la ausencia de una justa y amplia celebración del bicentenario de la Consumación de la Independencia por parte de las autoridades estatales. Tan pobre como lo fue no haber celebrado con un programa de actividades el bicentenario de la independencia de Yucatán respecto de España, que se conmemoró el pasado 14 de septiembre.

La historia patria es un tema que ahora parece interesar a escasas personas y de ahí el desinterés por reconsiderar a los protagonistas de esos fundamentales momentos históricos de México y de Yucatán, ocurridos hace 200 años. Sólo los actos conmemorativos del Ejército Mexicano y la Fuerza Aérea cumplen con el debido respeto hacia esta especial efeméride en nuestro estado.

¿Qué más queda? Divagar en un soliloquio en torno a la figura del espurio Agustín de Iturbide, sanguinario militar y astuto político, que ha quedado para muchos como el artífice del final de los combates entre insurgentes y realistas y con ello dar paso a un naciente país con gobierno propio. Un oportunista que al entender que no podía derrotar a Vicente Guerrero vio abierta la puerta para un acuerdo de paz, a sabiendas de que la integridad moral del general insurgente le permitiría tener libre el camino para sus ambiciones políticas. España nunca iba a aceptar los términos del Plan de Iguala y el liberal jefe político Juan O’Donojú quizá actuó de buena fe, pero no sabremos nunca cuáles fueron sus reales intenciones al suscribir los Tratados de Córdoba, pues –qué casualidad- murió el 8 de octubre, apenas doce días después de que el Ejército Trigarante entrara a la Ciudad de México.  

A lo largo de 200 años, ha habido etapas en que se ha exaltado al militar michoacano y en escritos e imágenes populares se han esforzado en presentarlo al mismo nivel de Hidalgo, relegando a un segundo plano la tenaz resistencia de Vicente Guerrero y de otros jefes insurgentes.

Iturbide era criollo, Guerrero quizá mulato (palabra horrible, proveniente de mula, pero era el nombre de una de las castas con que popularmente se clasificaba a los habitantes de la Nueva España). Iturbide, soberbio y ostentoso; Guerrero, modesto y austero. Esos factores habrían de influir para que el primero acaparase durante algún tiempo los méritos de haber consumado la lucha de Independencia, pero sus auténticas intenciones quedaron en claro con su desastrosa idea de coronarse emperador. 

Hay algunas pinturas hechas en vida suya por encargo como la ceremonia de su coronación, su retrato como emperador y el de su esposa personificada como una alegoría de América, todo ello en su vano intento de emular a Napoleón, aunque sin llegarle siquiera a los pies. Cuando alguna vez un político yucateco en activo, de los escasos que acostumbran leer, comentó que le había chocado un poco que la novela acerca de Iturbide titulada La corte de los ilusos, de Rosa Beltrán, tuviera un enfoque demasiado caricaturesco le respondí que me parecía perfectamente coherente con la realidad histórica pues ese régimen fue una caricatura. 

Y en nuestra península quedan algunos residuos de su fama. En el municipio de Hopelchén, en el estado de Campeche, existe una población que llevó su nombre, aunque luego fue denominada  como Vicente Guerrero. Quizá por razones catastrales, notariales y postales esa población se ve obligada a llevar oficialmente el nombre del caudillo insurgente junto con el de Iturbide entre paréntesis, por ser éste topónimo todavía de uso común. En la colonia San Antonio Xluch III de Mérida existe una escuela primaria denominada Agustín de Iturbide y al parecer también hay otra con el mismo nombre en Campeche. 

Por supuesto, en nuestra tierra todavía existe gente que defiende a este falso redentor de nuestra patria. Pero al suyo siempre habrá que anteponer el nombre de Vicente Guerrero así como el de otros próceres que hicieron posible la Consumación de nuestra Independencia.   

Jorge Cortés Ancona

Licenciado en Derecho, con Maestría en Cultura y Literatura Contemporáneas de Hispanoamérica. Es egresado del Doctorado en Literatura de la Universidad de Sevilla con una tesis sobre teatro y boxeo, y cuenta con un DEA (equivalente de maestría) de la misma institución. Ha impartido clases y cursos en diversas instituciones educativas y culturales sobre literatura e historia de las artes visuales. Ha escrito numerosos artículos y entrevistas sobre temas culturales y figura en varias antologías de poesía.

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