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País / Páramo
Agustín Yañez visita las ruinas de una tierra desolada

Para Pedro Hernández Herrera

¿Cómo amaneció esta tierra? Amanece y no amanece. Veo el sol calcinado sobre estas tierras estériles. Camino sobre un desierto embrutecido. Mi país es un desierto helado y frío en la noche. Nada avanza. Nadie avanza. Su sombra es un largo abrigo sobre nuestras conciencias. Nada cambia. Nadie cambia. Puro humo como niebla. Pura niebla detrás de las casas harapientas y de llano. Mis ojos ya no miran nada. Mi alma camina y no ve nada. A nadie. ¿Qué le han hecho a este país, a esta tierra pródiga? Los ranchos abandonados. La desolación de las tierras. El trágico esplendor del sol sobre los campos erosionados. Las sombras escasas de transeúntes como ánimas en pena. La desolación de huizaches y nopaleras. Tardan en reflorecer la resignación y la esperanza. ¿Qué le han hecho a este país? A esta gente. Avanzo sobre piedras incendiadas del primer día de la Creación. Aquí nada ocurre a lo largo y ancho de mi patria traicionada. Soy como un paria sin esperanza y sin esquina. Aquí todos somos pepenadores del día siguiente. Me duele tanto país desperdiciado. Mi patria es un desierto por el que camino y me calcino. Por el que me hundo y sufro. ¿Cuándo se convirtió todo esto en un infierno? ¿En un páramo y su Media Luna? País maldito, malnacido país. Aquí la mentira infame. La traición esquiva y dolorosa. Aquí en este desierto que es mi patria ya sólo caminan cadáveres en vida. En esta ciudad, en este pueblo, en estos ranchos, en estas costas, en estas campiñas y valles, en estas selvas asoladas por los taladores… Todo es un desierto. Caminamos en un desierto cotidiano. Aquí y allá lo sórdido, la basura, la sarna de nuestra historia, la inmundicia acumulada de siglos. Cuándo tendremos el tiempo suficiente (el que siempre nos ha faltado) para oír el crecimiento de las yerbas, de las milpas, y el paso de los asquiles, de las hormigas, de los gusanos, de los microbios y plagas, debajo de la tierra o adentro de los capullos, de las hojas de los elotes, de las vainas de frijol y los chícharos, o escondidos en los codos de los retoños. Pero aquí estamos, aquí nacimos, vivir para ver esto, vivir para ser esto (1). Esto somos. Un pueblo aniquilado, un pobre costal de huesos viejos y rotos. Petrificado pueblo, devastado pueblo. ¿De qué nos sirve quejarnos de lo que el Diablo dispone? ¿De qué sirve a los pobres enojarse? No queda más que resignarnos; cuando mucho abrazarnos a lo que más queramos y dejarnos matar antes de que nos lo quiten. Aquí hasta los perros fueron abandonados por la luna. ¿Qué hicimos para merecer esto?¿Qué hicimos? ¿Qué nos han hecho? ¿Por qué lo permitimos? Me duele mi patria. Cien años contemplándola, viviéndola en la mirada de mi vida y de mi muerte. Hoy regreso despierto y la veo resignada a la niebla azul que la entrampa. ¿Mañana será la niebla amarilla con su sol negro? ¿O de nuevo la niebla de tres colores patrios sobre el nopal esquelético y altivo y la serpiente envalentonada y retadora? Qué hicimos para merecer esto. Qué hicimos. País de espinos y de cactus en la piel de los desprotegidos, de veneno en las oficinas de cristal de los licenciados neoliberales y de sus tratados de rapiña abyecta. Aquí los guías no son Virgilio ni Dante sino Pedro Páramo y Artemio Cruz. Somos un país enfermo y fracasado. Desgarrado país de hiel y de vinagre. Llevamos nuestra cruz desde la Colonia. ¿Quién entiende lo que aquí ha pasado? ¿Lo que aquí pasa? Todo esto es un desierto, no un desierto de arena sino de almas. La geografía moral de esta nación nos condena. Nos tatema. ¿Cómo olvidar que todo tuvo su origen en doña Marina y Tlaxcala? La ambición de indígenas y centauros. Aquí nacimos. Aquí moriremos. Aquí he muerto. Ahora regreso y nada ha cambiado. Sólo un paisaje azul envilecido. Aquí viví y seguiré viviendo y muriendo. Mis libros me acompañan como un desierto hermoso que nadie lee y a nadie importan. Pobre “país de lectores”. Hoy se educa sólo para el dinero o para el título manchado por el afán dudoso de ser “alguien”, del lucro infame. Nada ha cambiado. Aquí estamos todavía entre la barbarie, entre el luto y el luto. Aquí solo hay que dar un paso para caer al abismo o a la nada, a la degradación del vacío, del silencio. Esa sigue siendo nuestra única esperanza y la muerte, nuestra hermana, ese destino de toda tierra agrietada y estéril.

1.- Luis Cernuda

* Los textos en cursiva pertenecen a Las tierras flacas, novela de Yàñez publicada en 1962.

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