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La consumación de la Independencia en Tamaulipas

Javier Mina

         Este 27 de septiembre, los mexicanos conmemoramos el segundo centenario de la consumación de nuestra Independencia. La mecha la prendieron en 1810 el cura Hidalgo y los insurgentes. Once años más tarde, los ejércitos enfrentados, realistas e insurgentes, pactan un alto a las hostilidades. Después de entrevistarse en Acatempan, Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero; el primero, contrariando una sentencia de Pío Baroja, “el ejército no debe ser más que el brazo de la nación, nunca la cabeza”, proclama el Plan de Iguala, el 24 de febrero de 1821, que prometía una independencia inmediata y un gobierno monárquico, a favor de Fernando VII. La combinación de las tropas de ambos bandos conformó el Ejército Trigarante (Religión, Unión e Independencia: las tres garantías, bases en las que se fundaría el nuevo país).

          El 24 de agosto de 1821, en Córdova, Veracruz, Iturbide y Juan O´Donojú, último virrey de la Nueva España, firman el Tratado de Córdova, con el que se reconoce el fin de la dominación española. El 27 de septiembre, del mismo año, entra triunfante el Ejército Trigarante a la ciudad de México; este hecho consagra la consumación de la lucha por la Independencia de México.

          Ahora, ¿contamos con estudios relativos a cómo vivió el proceso de Independencia cada entidad de la república? El Archivo General de la Nación publicó en 1999 un par de volúmenes en ese sentido. En el tomo II, el historiador Octavio Herrera Pérez se ocupa de lo que respecta a Tamaulipas.

         El estado de Tamaulipas se funda en 1824, en el México Independiente; por lo que ese territorio, en tiempo de la guerra de Independencia y su consumación formaba parte de la colonia de Nuevo Santander, colonizada a partir de 1748 por José de Escandón, conde de Sierra Gorda. En 1810, cuando inició la Independencia, Nuevo Santander era la más joven de las provincias establecidas en el noreste de la Nueva España; en compañía de Coahuila, Nuevo Reino de León y Texas, integraban las Provincias Internas de Oriente. Nos recuerda Herrera que: “Las cuatro provincias también formaron parte, junto con San Luis Potosí, como cabecera, de la intendencia de ese nombre, cuando se pusieron en vigencia las principales medidas políticas y administrativas emanadas de las reformas borbónicas”. Tampoco hay que olvidar que cuando la guerra de Independencia, las Provincias de Oriente estuvieron representadas en las Cortes de Cádiz, por el padre Miguel Ramos Arizpe, oriundo de Saltillo. Al momento del Grito de Dolores, el gobierno local era ocupado por Manuel de Iturbe e Iraeta, un militar y minero de Guanajuato.

         Ante los quebrantos sufridos en México y la Nueva Galicia, Hidalgo y Allende traman escapar hacia Estados Unidos, por ello se desplazan hacia las Provincias de Oriente; sin embargo, cuenta Herrera: “…la contrarrevolución ya estaba en marcha, pues varios jefes militares de la región, quienes fingían adhesión hacia los insurgentes ya se habían reunido a conspirar…Entre ellos, destacaba José Ramón Díaz de Bustamante, comandante de la tercera compañía volante del Nuevo Santander, con residencia en Laredo. Esta conjura culminó en las Norias de Baján con la aprehensión de los líderes de Dolores”. Para reforzar al orden colonial, procedente de Veracruz, llega al Nuevo Santander el brigadier Joaquín de Arredondo: “quien en lo sucesivo mantendría un férreo control militar en todo el conjunto del noreste”.

          Quizá los dos personajes de la Independencia más recordados en el noreste sean Mina y el Padre Mier. La historia, narrada por Herrera, es esta: “Un nuevo reto para el gobierno virreinal en las Provincias de Oriente fue el desembarco del general Javier Mina en la barra de Santander, en compañía de Fray Servando Teresa de Mier y un nutrido grupo de extranjeros, a quienes se unió un gran contingente de pobladores de Nuevo Santander. Situado en Monterrey, Arredondo no alcanzó a enfrentarse directamente con Mina, ya que este penetró al interior de la Nueva España. En cambio, atacó inútilmente el frente construido por el navarro en Soto la Marina y, ante el fracaso, pactó un armisticio con los defensores que, al consumarse, no respetó, ejecutando a algunos y encarcelando a otros, entre ellos el inquieto fray Servando”.

          En 1820 una rebelión liberal contra el poder absolutista de Fernando VII sacude a la península ibérica; el monarca es obligado a reimplantar la Constitución de Cádiz. Los alcances de este episodio no son ignorados por un pragmático Agustín de Iturbide, pieza clave en la consumación de nuestra independencia. En el Nuevo Santander, emergentes fuerzas locales, perciben la posibilidad de la capitulación de los enfrentamientos con la consecuente Independencia. La historia tamaulipeca registra la participación de los conjurados de Aguayo. Para Herrera, resulta significativo “que la conjura independentista haya surgido en la villa de Aguayo (la actual Ciudad Victoria), población situada en el centro de la provincia y que para este momento se había convertido en el vértice de los pueblos del Nuevo Santander, debido a su excelente ubicación geográfica. Este lugar era el punto de cruce de la Sierra Madre y por lo tanto poseía el control del comercio y las noticias con el centro del virreinato, eclipsando en importancia a San Carlos, la capital formal, donde residía el gobernador José María Echegaray”. Uno de los conjurados, Miguel de la Garza, delata la existencia de estas reuniones; la noticia llega a oídos de Echegaray. Este emprende una vana acción militar con intención de desarticularla. Ya por ese entonces, un líder importante de la falange realista, el general Zenón Fernández, en Río Verde, San Luis Potosí, se adhiere al Plan de Iguala y opta por un arreglo copular con Echegaray. Para atraer su voluntad recurre a un mensajero, el cual es interceptado por uno de los conspiradores de Aguayo. El alcalde de Aguayo, José Antonio Fernández, solicita a Echegaray presentarse ante una junta de ciudadanos, en la cual le comunica el contenido del Plan de Iguala y la decisión de adherirse a él y lo conmina a hacer lo propio: “…haciendo un llamado imperativo al gobernador para que reconociese el parecer de la junta, si no quería verse despojado de su investidura”. A la postre, Echegaray termina por reconocer los acuerdos políticos favorables al Plan de Iguala. Por otra parte, como todas las Provincias de Oriente se adhieren al citado Plan, Arredondo se ve imposibilitado a intervenir con las armas. Así fue como Tamaulipas, entonces Nuevo Santander, se sumó al movimiento que consumaba el proceso de la Independencia de México.

Artículo de Alfredo Arcos

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