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Pánico Escénico

Hace algunos años, la Ciudad de Mérida gozaba de una merecida fama cultural en todas las artes y en especial una gran tradición teatral. Desde principios de siglo las mas famosas compañías teatrales nos visitaban con obras importantes en el teatro principal “Colonial”. Estamos hablando desde los tiempos de María Conesa. Dichas agrupaciones artísticas al termino de su temporada en nuestra Ciudad, efectuaban giras por las principales comunidades del interior del Estado: Izamal, Progreso, Tekax, Motul, Espita etc.

Cierta ocasión se presentó en Mérida con varias obras la compañía de teatro de Enrique Rambal. Al final de esta, realizo la acostumbrada gira a las poblaciones antes mencionadas, comenzando en Izamal. Era costumbre el hecho de que ahí no iba completo el cuadro de actores e incorporaron como extras a personas del lugar que se sabia eran aficionadas al teatro, este grupo de gente Izamaleña eventualmente escenificaban sus obras de autores conocidos con mas entusiasmo que destreza artística. Ahí daban rienda suelta a su gran amor por las artes escénicas. Entre todos ellos destacaba un hombre de aproximadamente 50 años cuyo máximo sueño consistía en tener, así sea una pequeñísima parte en alguna puesta de aquellas compañías famosas que llegaban a su solar nativo. Aquella ocasión por fin su sueño se cumpliría ya que fue escogido entre varios aspirantes a un pequeñísimo papel durante la temporada.

Rambal llevo a ese lugar un ramillete de obras de intriga, policiacas y de suspenso. A nuestro amigo le tocó un pequeñísimo papel, y no solo esto, pronunciaría cuatro palabras. Para un extra y tan enamorado del teatro como el le significaba tan gratificante como si fuera a ser un protagónico. El director le explicó que debería salir a escena y pronunciar con macabra voz, ya que la trama era de terror: “Aquí las velas están” el tipo se dirigió a su casa y no cesaba de repetir aquellas, para él, milagrosas palabras “Aquí las velas están” cada cinco minutos y mirándose al espejo. Lo mismo hacia en los ensayos con los profesionales quienes decían que tenia madera de actor. Ensayo su parte muchísimas veces.

Llego el día de la presentación. El cine “México” lleno a toda su capacidad. Los Izamaleños son personas que se caracterizan por su discreción y jamás burlescos. (jajaja), además de admirar las dotes histriónicas de Don Enrique Rambal, esperaban con ansias la aparición de Don Guelo, es decir su paisano. Este esperaba su turno ya vestido de mayordomo y maquillado fantasmagóricamente, ensayaba su cavernosa voz para decir “Aquí las velas están”. Sin embargo ¡horror! El tipo sufrió un ataque de pánico, se negaba a salir a escena. Literalmente tuvo que ser empujado a la misma y dejando un lado todo pudor o vergüenza, ya que temblaba como una hoja, se acercó unos metros al otro actor y casi le aventó las velas y dijo lo mas rápidamente que pudo: Aitán las velas.  Ante las carcajadas del “respetable”, no salió de su casa en dos meses.

Tiempo después se presento otra famosa compañía teatral y también adicionó y fue aceptado por quien hacia el casting vía cultivo Izamaleño.  En esta obra diría con cara de espanto ya que su papel era el patiño de un detective ante un yerto cadáver que estaba en medio del escenario y decir: “¡ Ohh, un cadáver!”. Lo mismo que la vez anterior de su ultimo fracaso, practico duramente y se esmero en los ensayos para salir avante así sea en este pequeño papel, llego el día y hora de la función y nuevamente ataque de pánico. Horrorizado ya no quería salir a escena. El traspunte le repetía al oído: “sólo tienes que decir: Ohh un cadáver”. Venciendo su terror y pánico sale y mirando al actor en el suelo exclamó: “¡PUTA UN MUERTO!”.

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