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Modalidades Perdidas 2

(Década de los cincuenta)

Chocolate con leche.- Era una tradición que la empresa NESTLÈ visitara una vez al año los colegios. En el mío, “María González Palma”, se instalaba en el patio contiguo al zaguán, un puestecito blanco donde se preparaba el licuado del chocolate Milo con leche condensada y trocitos de hielo. Se servía en cucuruchos de papel encerado, conforme avanzaba la fila de escolares. El orden iba por etapas, de párvulos, primaria y secundaria.

   Cuando todos, hasta el personal docente y administrativo habían ingerido la bebida, los ejecutivos de la empresa pasaban aula por aula, para recibir el expediente de manos del maestro, con el nombre de los alumnos con mejor promedio. En estimulante ceremonia eran entregados estuches de geometría y lo más preciado, la mochila de cuero Milo para el lugar de Excelencia.

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Las Señoritas Kotex.– A inicio de cursos, la empresa Kotex enviaba un equipo de damas jóvenes a impartir información acerca de los procesos biológicos  naturales en el organismo de las niñas. La plática estaba destinada para las de sexto año y primero de secundaria. Para impedir el paso de la luz, la sala designada  cerraba con sus puertas de madera los balcones que daban al área de cantos y danzas. Ya en penumbra, un proyector se dirigía hacia una sábana blanca que tapaba el pizarrón, y comenzaba la explicación gráfica, complementada después, con mucha llaneza, por las Señoritas Kotex.

     Terminada la exposición se repartían paquetitos de tres toallas sanitarias, y a la profesora, una caja completa. Se recomendaba discreción para tratar el tema, desde el momento en que se tenía conocimiento de él. Recuerdo que la maestra de sexto, Josefita, andaba por los setenta años, así que carecía de necesidad del uso y guardó las toallitas en un cajón de su escritorio. Una mañana vimos que la directora se acercó a ella diciéndole algo al oído, y le entregó una bolsa de papel de estraza. Josefita metió dentro de la bolsa su paquete de cortesía, y envolvió muy bien antes de devolverla. Todas mirábamos por el rabillo del ojo, hasta que un borrador aporreado dos veces en la pizarra dio a entender que bajáramos la vista para que pasara la directora.

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Ahorros en el Banco. Antes de finalizar los cursos, también a partir de sexto año, nos visitaban ejecutivos del Banco de Comercio de Yucatán, para hablar de las bondades del sentido del ahorro. En el pizarrón anotaban el debe y el haber de una operación para conocer el equilibrio de las finanzas. Acto seguido, obsequiaban unas libretitas color café con emblema verde y amarillo, para anotar los ingresos. A los primeros lugares de aprovechamiento, obsequiaban alcancías de latón en forma de canasta.

   Uno de los atractivos eran las promotoras, muchachas muy bonitas y bien vestidas. En aquellos años llegar a ser cajera de un banco exigía una presentación esmeradísima, además de la preparación. Y ser la secretaria de un gerente significaba tener belleza física y haber egresado de la Academia con altas calificaciones.

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Cinematógrafo.- Los días de cine gratuito se permitía no llevar uniforme. En el mismo salón de proyecciones sobre sábana blanca, se exhibían para párvulos y hasta tercer año, películas de Los tres chiflados, Chaplin y El Gordo y El Flaco. Cuarto, quinto y sexto ya disfrutaban del “terror” de Fu-Man-Chu, Dràcula y Nosferatu. Las de secundaria eran premiadas con películas de Pedro Infante.

Actos circenses.- En el patio de recreo y actividades cívicas, de vez en cuando se presentaban dos o tres acróbatas para demostraciones fabulosas. Sarita Peraza, profesora de quinto año, pasaba entre las filas diciendo en voz baja: aplaudan fuerte, digan ¡Bravo! Y luego, en el salón, disertaba sobre el trabajo, el esfuerzo, la concentración y disciplina que se requerían para ganarse la vida de ese modo. Enfatizaba que por nada del mundo empleáramos el término cirqueros, lo correcto era llamarlos artistas.

El Teatro.- El Instituto Nacional de Bellas Artes tenía un programa de difusión de teatro infantil. Enviaba a provincia su Compañía, de la que era estrella el pequeño actor José Roberto Hill. Anualmente se presentaban en el Teatro del STIC y la función se compartía entre dos colegios. A veces nos tocaba con las niñas del Anita Medina Domínguez, y otras con los varones del Orlando Cortés. Eran funciones pagadas a módico precio y en horario escolar, con el debido comportamiento.

   Al término de la obra, la sensación de contener el pecho rebosando por algo inexplicable, marcó para siempre el recuerdo de El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde. Regresando al colegio, a pie, en fila de a dos en fondo, íbamos repitiendo: ¿”Golondrina, golondrina, golondrinita, te quedarás otra noche conmigo”? —

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