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Matilde Montoya: “Impúdica y peligrosa mujer que pretende convertirse en médico”

Matilde Petra Montoya Lafragua

Habían pasado siete meses del día que Margarita Chorné y Salazar había presentado su examen para obtener el título de dentista en el año de 1887, cuando otra valiente mujer hizo el mismo recorrido que ella por los pasillos de la Escuela Nacional de Medicina para presentar el examen y obtener el título de médico de cirugía y obstetricia. Los obstáculos a los que se enfrentó fueron incluso mayores a los de Margarita, ya que se desató en la prensa un constante y duro ataque a Matilde, ya que se consideraba inconveniente que una mujer “estudiara” el cuerpo humano. Tuvo la suerte de contar con el apoyo del presidente Porfirio Díaz y su esposa Carmelita, que entendían la necesidad de que las mujeres se integraran al desarrollo del país, en todos los campos.

Hoy nuestra historia por descubrir es producto de las investigaciones de la Dra. en Psicoterapia e Investigación Psicoanalítica Marita Rosado Rosado:

Matilde Petra Montoya Lafragua nació el 14 de marzo de 1857 en la ciudad de México, era hija de la poblana Soledad Lafragua y del militar José María Montoya. Aunque no fue hija única creció y fue educada como tal debido a que su hermano mayor le fue retirado a su madre por su suegra, quien quería controlar la educación de su nieto varón; por otra parte, su hermana menor falleció siendo pequeña y la madre de Matilde se avocó a la educación de la única hija que le quedó.

Soledad le leía constantemente cuentos a su hija y le enseñó a leer y escribir a los cuatro años. El padre, militar conservador no comprendía bien el empeño de su esposa porque su hija estudiara, no le encontraba ningún sentido dado que su destino era el de casarse con un buen marido que la pudiera mantener, como la inmensa mayoría de las mujeres del siglo XIX.

Cuando Matilde no pudo inscribirse en la Escuela Primaria Superior (lo que equivale a la secundaria actual) por su corta edad: apenas tenía 11 años, no se desanimó y a los 13 años presentó el examen oficial para convertirse en maestra de primaria, y aunque aprobó sin mayor problema, su edad de nuevo se convirtió en impedimento para que le dieran el trabajo de educadora.

Matilde Petra Montoya Lafragua

A la muerte de su padre se inscribió en la Escuela de Obstetricia y Parteras, que era permitida para las mujeres quienes se graduaban como parteras y no como profesionales, escuela que dependía de la Escuela Nacional de Medicina; pero por falta de recursos para costear sus estudios tuvo que dejarla, no así sus férreas intenciones de estudiar, por lo que se matriculó en la escuela de Parteras y Obstetras de la Casa de Maternidad que proporcionaba una educación gratuita con muchas horas de prácticas. El lugar era conocido como de “partos ocultos” porque atendía a madres pobres o bien solteras. El carácter de Matilde era firme, pero envuelto por una compasión bondadosa por las mujeres vulnerables. El oficio de partera es muy antiguo y aceptado en la historia de la humanidad, pero esta inteligente y atrevida mujer no se conformaría con ese papel, ella quería ser médica gineco-obstetra, pero eso no era posible en su época, ni en nuestro país.

En 1875 se fue a radicar a Puebla; sin embargo, su éxito y prestigio como partera provocó la calumnia, la difamación y la envidia de médicos. Incluso se lanzó una campaña en su contra en los diarios de la época, se le acusó de ser protestante y que simpatizaba con la masonería, lo que equivalía -en esa época- a ser candidata, pero al infierno; agobiada por las feroces criticas y el acoso se marchó a Veracruz.

A los 24 años Matilde decidió regresar a la ciudad de México y solicitar su ingreso a la Escuela de Medicina, era el año de 1882. Para revalidad estudios y poder titularse de médica, se inscribió en la Escuela Nacional Preparatoria con lo que no estuvo de acuerdo un grupo de maestros y estudiantes. Matilde le escribió una carta al presidente de la Republica, General Porfirio Díaz, quien dio instrucciones al C. secretario de “Ynstrucción Pública y Justicia”, Lic. Joaquín de la Baranda, para que le sugiriera al director del San Ildefonso dar facilidades para que la Srta. Montoya cursara las materias en conflicto, ante lo que no le quedó más remedio que aceptar.

Después de completar sus estudios y preparar su tesis de la preparatoria -la que en aquella época se exigía para graduarse como bachiller-, Matilde tramita la solicitud correspondiente para presentar el examen de ingreso a la formación profesional. Una letra “o” discriminadora para la mujer fue el primer obstáculo a salvar cuando solicitó su examen de ingreso a la carrera, que le fue negado ya que en las actas oficiales decía “alumnos” no “alumnas”. Matilde tuvo que acudir otra vez al presidente, quien envió una solicitud a la Cámara de Diputados para que se actualizaran los estatutos de la Escuela Nacional de Medicina.

La decisión del entonces director, doctor Francisco Ortega, de aceptarla en la carrera estuvo llena de críticas y desacuerdos por parte de un gran grupo de la comunidad médica y gente de la sociedad que se empeñó en difamarla, a través de una sería de publicaciones en su contra. De hecho, uno de los artículos lo titularon: “Impúdica y peligrosa mujer pretende convertirse en médica”.

No obstante, las publicaciones femeninas y un amplio sector de la prensa la apoyaban, los apodaban “los Montoyistas”, pero la mayoría de la población estaba en desacuerdo y opinaban que “debía ser perversa la mujer que quiere estudiar medicina para ver cadáveres de hombres desnudos”, como consecuencia a Matilde le fue comunicada su baja. Para seguir formándose trabajó como aprendiz de los doctores Luis Muñoz y Manuel Soriano en el área de cirugía, lo que molestó a sus colegas, pero no dándose por vencida, nuevamente solicitó su ingreso a la Escuela Nacional de Medicina y en 1882 fue finalmente aceptada.

A pesar de que mostró un gran desempeño académico, los profesores y compañeros le comenzaron a poner trabas. Una de ellas fue que la institución no validó algunas de sus materias de preparatoria, por lo que tuvo que recursarlas. Asimismo, aguanto los rumores de profesores y compañeros que decían que no tenía pudor. Las cartas en las que solicitaba apoyo iban y venían, cartas en donde pedía ayuda económica o la posibilidad de cursar una materia. Le fueron concedidos $40 pesos mensuales para su manutención ya que no contaba con la pensión del padre fallecido.

Tras completar sus estudios con buenas notas y preparar su tesis, Matilde solicitó su examen profesional. De nuevo se encontró con el obstáculo de la letra “o” ya que los estatutos para graduarse al igual que los de ingreso, mencionaban “alumnos” y no “alumnas”, por lo que le negaron el examen. Otra vez dirigió un escrito al presiden Díaz, quien decidió enviar una solicitud a la Cámara de Diputados para que actualizaran los estatutos y pudieran graduarse mujeres médicas.

Ante ese decreto ya no podían negarle el examen profesional; no obstante, le fue asignado el jurado más exigente posible y se pretendió que no presentara su examen en el salón solemne y le asignaron un salón menor. Pero cuando faltaban unos minutos para las 5 de tarde – hora fijada para el examen de aquel 24 de agosto de 1887 – llegó un mensajero quien avisó del próximo arribo del presidente Díaz, quien había salido a pie de Palacio Nacional, acompañado de su esposa Carmelita y algunas amistades, para estar presente en el examen. El salón solemne fue rápidamente acondicionado; Matilde respondió correctamente todas las preguntas y fue aprobada por unanimidad, al finalizar el estruendo del aplauso fue ensordecedor; las mejillas de Matilde se cubrieron de lágrimas y su semblante reflejó una profunda emoción. Al día siguiente, a las siete de la mañana, se realizó su examen práctico en el Hospital de San Andrés, no se sabe si por el cansancio, el estrés o el agotamiento de tantos años sorteando todo tipo de objeciones, pero Matilde empalideció al recibir el grado y se desmayó. Esa fecha de 1887 quedó inscrita en la historia mexicana la primera mujer que se graduó como médica: Matilde Petra Montoya.

Matilde, nunca se casó, pero si fue madre ya que adoptó cuatro hijos de los cuales sobrevivieron dos, a su hija Esperanza la envió a Alemania para prepararse como concertista, pero durante la Segunda Guerra Mundial fue retenida en un campo de concentración y nunca más se supo de ella.

Matilde fundó y participó en varias asociaciones femeninas, como el “Ateneo Mexicano de Mujeres” y “Las Hijas del Anáhuac”, pero no fue invitada a ninguna asociación o academia médica, aún exclusiva de los hombres. Falleció a los 79 años el 26 de enero de 1938.

Psicóloga María Rosado y Rosado

Referencias:

  • Arias Amaral Jaime y Ramos P María Guadalupe. “Mujer y Medicina: la historia de Matilde Petra Montoya Lafragua”.
  • Alvarado, Lourdes. “Primera médica mexicana” y “La educación superior femenina en el México del siglo XIX”.
  • Cano Gabriela. “Abriendo la brecha…” y “Genero y construcción cultural de las profesiones en el Porfiriato”.

Laura Elena Rosado Rosado | Mexicanas por Descubrir

Originaria de Mérida, Yucatán es egresada de la Licenciatura en contaduría pública por la UADY y Máster en Grandes Religiones por la Universidad Anáhuac. Entre los cursos y diplomados que ha cursado se encuentran el Diplomado en cultura religiosa, historia, arte y religión en el área maya impartido por el CIESAS y la UNAM y el Diplomado en historia del arte universal por la Universidad Modelo. Es además, estudiosa sobre la historia de Yucatán con diversos cursos en el Centro Cultural Prohispen y el Colegio Peninsular Rogers Hall. Entre sus publicaciones se encuentra los libros “Llévanos en tu zabucán” y “En cuatro tonos de Rosado”. Ha participado también en publicaciones como el libro “Mujeres en tierras mayas” coordinado por Georgina Rosado y Celia Rosado Avilés y es frecuente colaboradora en diversos medios de comunicación impresos.

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