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Gavilanes y los Scout

Cursábamos el segundo año de secundaria. Catorce años. Un compañero de aula se preparaba en su casa con la vestimenta oficial de un boy Scout, (grupo 9, patrulla gavilanes). Su madre le puso en su morral algunas laterías, galletas, lámparas, y todo lo necesario para la pernocta.

Por aquella época era imposible que a los chicos de esa edad se les permitiera pasar la noche fuera de casa. A las mujeres ni se diga. Sus pantalones cortos, sus medias, camisa gris, pañoleta representativa de nuestro grupo integrado desde antaño por modelistas. Completamente equipado. Cantimplora y su visor ya que el campamento estaría situado-dijo a su mamá- cerca de un cenote. Su morral ya pesaba sus varios kilos.

A las nueve de la noche se monto en su bicicleta para ir al sitio de reunión con sus compañeros en el parque de la Ermita, barrio de San Sebastián. Su mamá le dio la bendición y nuestro amigo emprendió el viaje hacia aquel sitio anteriormente mencionado. Haciendo milagros de equilibrio por el bagaje que todo buen Boy Scout debe de llevar cuando se van de campamento, pedaleo llegando al parque, sin embargo ningún compañero lo esperaba. Lo que el hizo fue seguirse de largo sobre la calle 66 Sur rumbo a la hoy mítica zona de tolerancia. Paso sin ningún problema la caseta de vigilancia policiaca situada a la entrada y cuyo guardián era nuestro querido amigo, el único policía decente que he conocido en mi vida el comandante “Chivo Solis”.

Hare un brevísimo resumen de lo que era la mítica zona, hoy desaparecida por mas sanguinario y represor jefe policiaco que hemos tenido el Capitán Leopoldo Castro Gamboa. Quien la mando clausurar sin justificación alguna.

Se trataba de unas 8 a 10 cuadras que constituían un microcosmos. Otra Mérida, porque sabrás querido lector que existen varias Méridas hasta el día de hoy. Pero en la “Zona” la cuestión era muy diferente. Porque se trataba, como dice la canción, de un mundo raro. De día nadie imaginaria en lo que se convertiría por la noche. Tenia su mercadito, su farmacia, puestos de panuchos, tiendas de abarrotes, y todo lo que viene necesitando una pequeña Ciudad, dado que las suripantas vivían dentro de estos limites. Dentro de este oficio de los mas antiguos, existían burdeles y cantinas que iban desde los pequeños “cuartitos” de a 10 pesos, pasando por los de medio pelo y por supuesto los de caché y gran caché. Casi todos estos sitios de perdición tenían semejanzas aunque no sean maravillosas. Un pequeño jardín con algo de vegetación, obviamente las falenas, el infalible cangrejo. Había una excepción: “el mambo” que ofrecía espectáculos de desnudos exclusivamente. Los de mas categoría eran “el Villa Magdalena” y “el Saratoga”.

Nuestro ciclista entro a la villa Magdalena en donde ya tenia una “cita” programada para pasar la noche con una Hetaira llamada Eliut quien estaba fascinada de tener a su chavito. A quien por supuesto daría cachucha. El chavo toco las puertas del lupanar y se abrió la clásica ventana tipo mirilla y el guardia le negó la entrada y el a gritos pedía que llamen a la dama en cuestión, exclamando el portero que ahí en la puerta se encontraba un loco disfrazado den niño idiota con sus pantaloncitos cortos y cargando tremenda mochila. En un principio el cancalas amigo de las rameras asomó por la mencionada ventanilla y dijo que por supuesto! dando feminiodes saltos de alegría y gritando: “¡Eliut, Eliut ahí esta en la puerta el chamaquito que te encanta disfrazado de Chabelo”! y entonces si, se le dio acceso, entró y fue recibido a besos por la mujer que lo hizo esperar hasta las 3 de la mañana y entonces se dirigieron a su cuarto en donde pasaron la noche, de donde el boy Scout no salió hasta el día siguiente. En próximas colaboraciones hablare en detalle de casi todos estos burdeles, su contexto, su filosofía y su personalidad. Estén pendientes.

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