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La Chica en la Carretera

Los tres amigos llegaron a Dzibichaltun. Estacionaron el carro en un pequeño claro del monte ya que por aquel entonces las muy famosas ruinas no eran más que a la entrada de las mismas, un cuidador y su esposa, ambos pertenecientes a la raza de los hoy llamados Pueblos Originarios, es decir mayas. En una libreta anotabas tu nombre y pasabas a lo que viene siendo ya las ruinas arqueológicas, sin embargo, las pocas personas que acudían lo hacían generalmente por el cenote cercano a los vestigios. Éramos jóvenes, éramos libres, éramos felices, estábamos muy bien. Como no había nadie más que nosotros se encontraba ahí. En trusas nos echábamos a las cálidas aguas del cenote cuyo nombre es Chen Ha. ¡como disfrutábamos! Naturaleza prodiga, selvas de ambulantes, canto de los pájaros, un cielo de un azul que nada más en Yucatán se puede encontrar. Nadábamos y nos sumergíamos, nos lanzábamos al agua desde las ramas de un alto y frondoso árbol.  Diversión completa. Sexo con la naturaleza. De lado opuesto del cenote rumiantes vacas bebían agua. En fin, la Era de Acuario en todo su esplendor. Por un lado, estas buenas, sanas, y agradables sensaciones se confundían, con el lado denso de la época.

Físicamente jugando como niños, y mentalmente danzando nuestros cerebros a la estratósfera.

Terminando el chapuzón, frescos y radiantes, emprendimos el regreso a Mérida. El sueño aun en su apogeo. Aquel sueño, que un año después proclamaría John Lennon, como “The dream is over” (el sueño termino). Refiriéndose a la utopía del comunismo juvenil occidental. Éramos aún jóvenes “pis an lov”. Carretera estrecha de un solo carril, avanzábamos escuchando a Morrison, cantando “Love me Too Times”.

Ningún vehículo, ningún ser humano. Y … a lo lejos, notamos un pequeño punto que caminaba a un lado de la carretera, al acercarnos, la vimos. Se trataba de una chavita, muy guapa. Pantalones de campana ajustados. No acertábamos a explicar a qué clase social pertenecía, ya que su piel, era muy blanca, bonita ella, cabello castaño y largo. No parecía ser de la clase alta, ni de clase media, ni de un barrio marginal y mucho menos ser una de nuestras amigas “Yucatán hippies”. Todo un enigma.

Nos detuvimos y a la primera indicación aceptó subirse al auto sentándose en el asiento del acompañante. Ágil de palabra, sin ningún asomo de temor o pena, inteligente y conversadora, pronto entramos en confianza. Entonces, el del volante sacó un “churro”. Los amigos, se lo iban rolando entre ellos. Al ofrecerle, a la hermosa de la carretera, ella respondió riendo: “no gracias, con un vicio ya tengo bastante”. Entonces ¿tus vicios son los hombres? Preguntan, entonces un poco avergonzada, más riendo asentó con la cabeza.

Rápidamente dirigieron el carro al emblemático tumbadero “Maracaibo”. El administrador, se oponía diciendo que éramos muchos, y le ofrecimos una lana. Este tipejo exclamó al entregarnos la llave del cuarto dijo: “ahí están, para que hagan sus “puerquecidades”.

No nos quiso dar su dirección de telefoneo, ni nunca la volví a ver, hoy ya debe de ser una señora, probablemente algo pasada de peso y años. Entonces prefiero recordarla hermosa, y caminando por la carretera proa al sol.

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