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Rogers: Mejor, ¡imposible! (Parte VI)

Además de sus logros en la política y en la función pública, Ana Rosa Payán Cervera también se siente orgullosa de haber pertenecido al Colegio Peninsular Rogers Hall. Es una figura pública que honra sus raíces. En una emotiva crónica, no exenta de nostalgia y escrita en primera persona, la exalcaldesa de Mérida recrea sus días en esa escuela, así como las clases, las tradiciones, los deportes y las fiestas, pero sobre todo retrata a las personas que, de alguna u otra manera, influyeron en su vida adulta. Con una sola frase, Ana Rosa resume esa época: “Todo me hacía feliz”.

TRATANDO DE PESCAR

En un principio, escribir sobre mi experiencia en el Rogers, parecía tarea fácil. Pero hay tantas cosas por decir, tantos recuerdos, tantas travesuras de niñas y adolescentes: baños de piscina, pasadías en el colegio comiendo en la cafetería con tus amigas, excursiones a la planta de la Coca Cola con el show del Mago Selem, los juegos de softbol defendiendo la tercera base, y barriéndome en home cuando era preciso ganar una carrera más, o tirando una canasta en un juego de básquetbol, y qué decir de los bailes de Square Dance, tratando de pescar a alguno de los chicos guapos que solían participar en estos eventos. Todo me hacía feliz.

Cómo no recordar con nostalgia, cariño y alegría a las Sisters del Maryknoll, en especial a la jovial Sister Francis, a la distinguida Sister James, con su cinturita que daba envidia, de la buena y de la mala. Sister Paula siempre pendiente de nuestra conducta, la dulzura de la filipina Sister Josefina, las clases doctrina y de arte de Sister Lucía, o la seriedad de la directora, Sister Margaret. ¡Todas deben de estar en el cielo!

MASCANDO INGLÉS

¿Mi inglés? Bien, gracias. Apenas aprendí: silla, chair; mesa table; puerta, door; ventana, window y casi llegué a “Me, Jane, You, Tarzan”. No le echo la culpa a las sisters; no fui buena para los idiomas, de plano. Fui a la Franklin, al CIS; probé en otras academias y clases particulares. Bueno, hasta fui a Londres a un curso “intensivo” de tres meses y sigo “mascando” el inglés. Me defiendo, no me muero de hambre en un viaje, pero hablarlo, lo que se dice hablarlo, ¡It´s not for me!: Má (en maya).

El cambio del edificio del colegio de la 59 x 52 en el centro, a la Avenida 21 en la Buenavista fue todo un acontecimiento. Inmensos corredores, donde podíamos desplazarnos a nuestras anchas; un gimnasio increíble, salones grandes y súper bien ventilados. Cada uno con su propio baño, donde te podías esconder subrepticiamente de alguna clase, de aquellas que daban flojera o no habías hecho la tarea. Tenía jardines preciosos ¡y nuestro campo de softbol! La pista de carreras alrededor de todo el edificio donde participábamos en las competencias del Thanksgiving Day.
¡Amo ese edificio!

INOLVIDABLES

¡Ah! qué lindos los recreos, tomando nuestra coca chica, con churritos adentro del refresco, jugando brinca soga o yacxes. A la salida de clases, ir a la puerta y comprar lo mismo huayas, jícamas o mango con chile, que unos charritos o un chicle motita, sunchos o cualquier golosina en el triciclo de “FaiFai”, la versión antigua de Samuel.

Inolvidables los días de playa de convivencia con las sisters y sus trajes de baño bombachos, de lo más graciosos, que seguramente serían la envidia de otros colegios, donde las niñas se tenían que bañar con blusa encima de sus trajes de baño, y ni pensar que las monjas se atrevieran a meterse al mar con ellas.

Inolvidable fue también ir de excursión al DF, hoy Ciudad de México a un encuentro de colegios particulares, seguramente católicos, que de lo que mas me acuerdo es que nos llevaron a una pista de hielo para patinar con los consabidos porrazos que me di, ya que jamás aprendí ni a patinar en pavimento, así que ni soñar hacerlo sobre hielo, pero la divertida nadie nos las quita. De qué trató el evento de estudiantes, ni idea.

Una buena parte de mi fe católica, además de las enseñanzas de mi mamá, se las debo a las sisters, que nos enseñaron que la religión se vive con el ejemplo, no tanto con las palabras. De manera sencilla, como ellas vivían, nos explicaban los evangelios y las alumnas hacíamos representaciones vivenciales para que entendiéramos el sentido de la Sagrada Escritura. Recuerdo muy bien, nuestras cenas pascuales con panes ácimos, cuando nos explicaban el sentido del Éxodo en la Pascua Judía.

Bueno, también fui a estudiar al Colegio. Inolvidables nuestras maestras de Primaria: La Señoritas: Julia, Lodoiska, Wilma, Addy, Astrid, a las que siempre tratamos con mucho respeto, no había eso de “tutear” a las maestras, aunque debo decir que todas eran muy amables y cariñosas, incluso cuando de disciplina se trataba. La que de plano me inspiraba cierto temor era la impecable e implacable, Srta. Clemencia, que Dios tenga en su Gloria. Preciosas sus clases de geografía.

Qué emoción llegar a la secundaria y dejar atrás los tirantes y estrenar uniforme con nuestras blusas tipo chalequito o en la prepa, con cinturones azules y nuestra consabida falda tradicional.

AMAR EL UNIFORME

Amé mi uniforme de cuadros azules con las faldas de tablones súper planchados, en verdad, sigo pensando que es el uniforme más bonito de todos los colegios similares al nuestro y no se diga, nuestro uniforme de gala en color azul celeste.

Pero algo que sin lugar a duda me marco para toda mi vida, es el escudo del colegio, y su lema: “La Verdad nos hará libres” y nuestro precioso himno, que cantábamos en ocasiones oficiales, en ingles. Les juro que lo cantaba.

Se puede decir que fui una buena alumna, pero nunca brillante, ni mucho menos de las muy, muy machacadoras, pero sacaba lo que se puede considerar buenas calificaciones, decentes, para ser una adolescente que estudiaba de forma regular, no era chica de dieces, salvo matemáticas que me encantaba, pero tampoco tronaba ninguna materia.

Tuvimos excelentes maestros, en gramática, el Prof. Hernán Zapata, la santa de Neyda Pérez Concha que en sus clases de química, nos aguantaba nuestras “bromas” de adolescentes no tan bien educadas; la Dra. Celita Pérez que nos daba Biología y que se burló de nosotras cuando le dijimos, que nos dijeron, que una alumna se había embarazado porque se baño en una piscina. Así era nuestra inocencia, o más bien, nuestra ignorancia, ya que en esa época algunos temas (de sexo) eran tabú. En Civismo, que tanta falta hace ahora, Don Roger Pinkus. En Historia, una gran maestra, Estelita González, en francés, la Dra. Elda Ma. Rachó y en matemáticas, su hermana, Marusa Rachó. Don Eric Díaz, nos dio preciosas clases de Historia de la Cultura. Imposible mencionarlos a todos, pero a todos ellos mi reconocimiento y agradecimiento de por vida, por todo y por tanto que nos transmitieron.

Uno de los mayores privilegios que he tenido, es haber sido la presidenta de la Sociedad de Exalumnos, cuando se celebró el 60º. Aniversario de la Fundación de nuestro querido Colegio. Organizamos diferentes eventos y uno de los de mayor éxito fue el Back in time, que organizamos en el corredor principal del edificio, participamos ex alumnos de casi todas las generaciones, y en nuestro tradicional Desayuno Anual, también contamos con una gran participación y entusiasmo de la comunidad rogeriana.

Nunca terminaré de agradecer a mi mamá el gran acierto de haberme inscrito en el Rogers, sin haberme consultado como se acostumbraba en aquella época, ya que los papás decidían siempre lo que era mejor para sus hijos. No había democracia en mi hogar, sólo obediencia a ciegas; bueno, se entiende que estamos hablando de principios de los 60’s… ¡Hace 50 años!

Finalmente puedo decir que estoy sumamente orgullosa de haber pertenecido a esta importante institución, de ser parte de la familia rogeriana; estoy segura de que nada mejor me pudo haber pasado. Si pudiéramos regresar en el tiempo y alguien me preguntara dónde quisiera estudiar, sin dudarlo diría: en el Rogers, porque mejor, ¡imposible!

Continuará

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