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Nene nene que vas a ser cuando seas grande (I)

Sólo somos transeúntes en el largo río del tiempo.

Iniciaron alegres el viaje, con muchos paisajes programados y mil expectativas eróticas apretadas en el interior del vientre y el deseo vehemente de parirlas.

 Cantaban.

– Pásame un cigarro.

– Tonto, por poco me quemas.

– Cállense, me ponen nerviosa y no puedo manejar.

 Las afueras de la ciudad.

                          ¡Por fin!

 Empiezan a quedar atrás autos, ruidos, casas, gente. Atrás la ciudad como un fantasma débil e incoloro. Adelante la carretera que parece que camina velozmente hacía los ojos: árboles, pasto, piedras, azules, verdes, grises, cafés.

 El aire golpeando la piel tratando de introducirse en los poros.

 Cada cerebro inmensa maquiladora de ideas e imágenes.

 Te dejas llevar por la anestesia del aire puro. El recuerdo comienza a mecerse en la hamaca de tu sentir.

 Ayer, ayer el cementerio, imágenes largas como perros hambrientos.

 Liz y Fernando corriendo entre las tumbas. Carlos tratando de arrancar un ángel de mármol, pues según él, es el “angelo perduto”. Ileana sentada sobre una piedra lee la inscripción simplona de una lápida:

             Irma Coello de Guzmán

                (1926-1960)

              Una flor por un muerto se marchita

              Una lágrima se evapora

              Una oración se la lleva Dios

                             San Agustín

 Dejó a un lado su lectura, alzó los ojos y gritó:

– Carlos, baja, te vas a romper la madre.

– Miren, calaveras, miles de ellas- clamoreó Liz.

 Y eufórica comenzó a sacarlas de la bolsa de fibra y a tirárselas a sus amigos.

– A ver si las cachan.

 Y sin decir agua va, todos se vieron con una o dos calaveras en las manos.

– Guerra de calacas – impuso Hernán.

 Se lapidaron con ellas, se hundieron en ellas, se las metieron por los poros y las uñas. Liz reía, reía histérica, erótica: reía, reía…

 Las sombras ancestrales lo envolvieron todo y con ellas copularon hasta caer exhaustos entre lágrimas y dolor.

 Las sombras del camino le hicieron suspirar.

– ¿Quieres una tecate?

– Si.

 Y las voces regresaron de la mano de las sombras. Se volvió a mirar sentado en La Reina de Montejo frente a un granizado de crema morisca, oyendo a sus amigos decir tonterías, harto propuso jugar a los poemas nonsenses.

 Debajo de los árboles del parque de Los San Juanistas, Luis Antonio pone música al cadáver exquisito.

 Tenue el rocío cubre sus manos.

– Nos vemos mañana en casa de Martha, a las tres de la tarde.

– Llegamos, espero que mi madre esté muerta, bueno: ¡dormida!

 Ileana besuqueó a todos.

– No estuvo mal la noche.

– Mira- dijo eufórico Carlos -, ya tengo al ángel perdido, por  fin lo encontré, lo voy a poner en el jardín de atrás de la casa de mi mamá, se va a ver chulísimo.

 Y sacó por la ventana del automóvil la estatuilla de mármol mohosa y sucia.

 El coche camina lento, caballo cansado, herido. Las últimas luces de la avenida Colón se fueron apagando.

                                            Muriendo.

Pequeñas prostitutas desganadas y famélicas.

 La tarde de un domingo a las 3.

 Khala los recibe con sus ladridos de perra frígida. Siempre le pareció curioso que Khala fuera frígida, como que hacía juego con aquella casa de tejas rojas y jardín bonito con sus cuatro personajes:

 El padre y su sonrisa petrificada. Sombra silenciosa que cruza sin rozar las paredes ni los ladrillos rojos.

 La madre con su histeria retenida tras sus lentes y sus labios pintados de rosa claro, fumando un cigarro tras otro y siempre en espera del siguiente juego de canasta.

 Alma rostro angelical enmarcado por largos cabellos de virgen renacentista, con sus apuntes sobre osos y muñecas y conversando siempre con su cuarto y repitiendo que Virginia Wolf no le gusta por cursi y porque es una pecadora suicida que debe estarse sofriendo en los infiernos.

 Martha vistiéndose a la moda, pero siempre en color negro como viuda de principios de siglo o vampira gótica, con esa actitud abandonada, histérica, cruel, cucando a los amigos de su padre, sonsacándolos sexualmente, enredándolos entre sus piernas y sus senos firmes y olorosos a flor de naranja, por el simple placer de hacerlos dudar con el divorcio.

– Ji, ji, ji, Carlos está más loco que un loco, es lo máximo, robarse un ángel del cementerio, debí ir con ustedes, la onda en Kalia estuvo deplorable, puras zorras y un chingo de  pomoxesuales…¡qué asco!

– Yo- dijo ingenua Alma- no me arrepiento de haber acompañado a mis papás a la cena de los ginecólogos…para mi no tiene ninguna gracia jugar con los muertos y menos sabiendo que una de esas calacas puede ser la de tu abuelito…me niego

 a esos juegos “dark”, soy no fresa, sino de la época en que a los perros los amarraban con longaniza de Valladolid y no se la comían.

 Asentó el caballito de tequila y fue a poner un disco.

– Que sea de Sting – sugirió Martha.

-Lupita Dalerecio- dijo Carlos con ironía.

-Cómo es la hora de las complacencias, pongan a Chelo Silva con Cheque en blanco –expresó con seriedad Fernando. 

– Mejor Police -agregó Liz en el mismo tono con que hubiese mencionado reloj.

– Qué antigua eres, mejor algo de Madona, si es que no incomoda por sus brassieres pasados de moda a Almita.

– Tu abuelita Hernán, tu chichí…

– Oye, no me metí con las chichis de nadie de tu familia.

– Hasta cuando vas a dejar de comportarte como huach, dije chichí, abuelita en maya, no chiches, ¡estúpido!

– Bueno, mientras se ponen de acuerdo en el día de la boda y en que iglesia va ser, pon aunque sea el disco de los doors  que tiene tu papá escondido en el baúl junto con la pipa de agua de cuando era hippie.

 Todos rieron ante la propuesta de Rubén.

Fernando Muñoz Castillo

Escritor, hacedor de libros objeto, dramaturgo y director de teatro. investigador e historiador de teatro y cine. curador y museógrafo. periodista cultural. ha publicado varios libros.

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