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Los eslabones perdidos del teatro regional

Pedro Escalante Palma “Pierrtot” (a la derecha, de frente). Detalle de dibujo de Eduardo Utzaiz.

Nuestra historia teatral está llena de lagunas. Y en cuanto al teatro regional, ya sea que se consideren como principal punto de partida los dramas de García Gutiérrez, en lo general, o El rábano por las hojas, de García Montero, en la vertiente popular, existe lo que parece un vacío en el lapso que va de estas obras hasta el teatro regional popular del siglo XX.

Es posible que haya habido obras con motivos típicos y que éstas estén extraviadas o nunca se hayan editado. Dos textos me dan la pauta para pensar en ello, en un caso al tener como tema central la fiebre productora de obras teatrales entre los yucatecos (que me recuerda la fiebre aún vigente por hacer canciones) y en el otro al mencionar la presencia escénica de elementos culturales mayas y mestizos como el idioma y la vestimenta.  

            El primer caso se puede ver en el juguete cómico Dramatitis, de Pedro Escalante Palma “Pierrot”, puesto en escena en 1892 y publicado poco después a instancia de Pastor Urcelay, autor del prólogo. Antes que nada esta obra tiene una particularidad. Si bien, el teatro dentro del teatro, donde los personajes comentan, critican o hacen manifiesta la misma obra teatral que se representa, es algo que ha existido en tiempos lejanos como en Sor Juana con su sainete segundo de Los empeños de una casa, o en el romántico alemán Ludwig Tieck con su comedia El gato con botas; al igual que representar a gente viva como ocurre en Las nubes, de Aristófanes, donde Sócrates es personaje y quizá haya sido espectador de alguna de las puestas en escena de dicha comedia, no conozco sin embargo, alguna obra del siglo XIX o anterior donde una persona de la vida real sea él mismo un personaje tal como es y con su propio nombre y lo interprete en escena.

Esta situación de coincidencia entre persona, intérprete y personaje ocurre con los directores y actores Leopoldo Burón y Vicente Roig, en Dramatitis. Don Leopoldo y Don Vicente alternan con personajes ficticios, pero ambos se desempeñan en el juguete con la función que cumplen en la práctica escénica y haciendo mención de problemas inmediatos de la vida teatral y cotidiana de Mérida. Al final aparece el Autor, y es probable que haya sido interpretado por el mismo Pierrot porque en el dramatis personae aparece como N.N., siglas de anonimato. Aun más, se habla de que esa misma noche se ha de montar la obra en el Teatro Peón Contreras; en suma, juegos pirandellianos y unamunianos antes de Pirandello y Unamuno.

La maniática producción dramatúrgica de los yucatecos de esos tiempos se empieza a satirizar en el siguiente pasaje:

DON LEOPOLDO: Bueno, indíqueme Ud. la manera de subsanar el daño, de ganar dinero, de complacer al público y le prometo por lo más santo que lo llevaré a cabo.

            DON ROQUE: Muy fácilmente, amigo mío. En Mérida se ha desarrollado muy grande afición por la literatura dramática. Cada hijo de vecino no se considera hombre si no escribe cuando menos una docenita de dramas. Sin ir más lejos, ahí está mi barbero, que no me dejará mentir y que ha escrito una tragedia en treinta y cinco actos. Cuando se estrenan obras yucatecas, nuestro público arrebata las localidades, prueba loabilísima de que le interesa el progreso del arte patrio. En esto estriba el remedio que le propongo a usted.

Como suele ocurrir cuando leemos dramaturgia yucateca de tiempos pasados, un problema es la condición incompleta de las pocas publicaciones existentes, ya que falta una página de texto justamente donde los inexpertos autores le empiezan a enseñar sus creaciones a Don Leopoldo, así que nos perdemos de algo seguramente tan chusco como significativo para entender ciertos gustos y creencias de la época. Pero en otro pasaje nos enteramos de que se escriben obras teatrales con algunos diálogos en maya, hecho que causa estupor entre los dos teatristas de nacionalidad española:

            DON VICENTE: (Que habrá estado revisando el cuadernillo.) Pero Ud. me explicará… ¿Estas palabras qué dicen?…

            BARTOLO: Están en lengua maya.

            DON LEOPOLDO: ¿Ud. ha escrito el juguete en dos idiomas?

            BARTOLO: No, señor, son los chistes.

            DON VICENTE: Pero ¿cómo quiere Ud. que nosotros sepamos pronunciar palabras mayas?

            DON RESTITUTO: Yo me encargo de enseñárselas a pronunciar porque gana mucho la obra, como es natural, con estar escrita en el idioma genuinamente yucateco.

            DON LEOPOLDO: (Aparte.). ¡Cosa más original! ¡Para la representación de algunas obras de este país se necesita saber muchos idiomas!

Sobre este uso del idioma originario de Yucatán en escena y de elementos de indumentaria regional, encontramos también un artículo titulado “Monólogos en mi hamaca”, también de 1892, donde un crítico, bajo el seudónimo Maravillas, hace comentarios acerca de una obra titulada “Monólogos en familia”, de Joaquín de Arrigunaga. Luego de hablar también acerca de la inmoderada afición yucateca por escribir obras teatrales, debida quizá a una idea de facilismo, el desconocido crítico concluye su texto hablando en concreto de la presencia regionalista y poniéndola en entredicho: “Moratín, el restaurador del teatro español, decía que la comedia española debía llevar mantilla y basquiña. ¿Hemos de creer hoy nosotros que a la comedia yucateca le basta llevar hipil y fustán y decir algunas palabras en lengua maya para ser yucateca? ¿Es así como se debe fundar el teatro yucateco?… No cabe duda… La crítica debía hablar…”.

Esa obra teatral de Arrigunaga había dado pie a otra crítica muy agria, respondida del mismo modo por algún comentarista defensor suyo, pero por lo escaso que se trasluce de estos comentarios es posible que incluyera elementos típicos yucatecos que probablemente chocaron al público de aquel entonces. Quizá el texto nunca se editó y sólo es posible leer un juguete cómico de Arrigunaga titulado “La ocasión hace al ladrón y al arrepentido”, con el tema del marido infiel y carente de peculiaridades locales.

Lo que sugiere Maravillas sigue estando vigente, en cuanto a que no se puede considerar que un teatro sea regional sólo por el empleo de elementos exteriores, buscando expresar una especificidad por medio de apariencias y reduciendo la manera de ser a cuestiones principalmente sensoriales. Es cierto que esos elementos exteriores por sí solos son agarraderas que facilitan la expresión de cierta clase de diferenciaciones y con ello entramos al difícil tema de la identidad social. Una identidad colectiva que cabría mejor ser entendida a través de prácticas, conductas, creencias, tipos de conflicto y modos de autopercibirse como comunidad, ahora sí, con la comprensión de sus manifestaciones sensoriales. Un regionalismo que debería ser tratado dramatúrgicamente y en escena de modo más profundo.

Jorge Cortés Ancona

Licenciado en Derecho, con Maestría en Cultura y Literatura Contemporáneas de Hispanoamérica. Es egresado del Doctorado en Literatura de la Universidad de Sevilla con una tesis sobre teatro y boxeo, y cuenta con un DEA (equivalente de maestría) de la misma institución. Ha impartido clases y cursos en diversas instituciones educativas y culturales sobre literatura e historia de las artes visuales. Ha escrito numerosos artículos y entrevistas sobre temas culturales y figura en varias antologías de poesía.

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