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El Niño de la Luna Rota

EL HOSPITAL ESTABA BASTANTE ALEJADO DE NUESTRA CASA. Mi padre me llevo en el carro. El cálido sol y el ruido de las ruedas me dieron sueño, y allí de dormí apoyado en la cabeza del brazo de mamá, que nos acompañaba, hasta que ella me despertó tiempo después.

Cuando los ruidos del auto hacían crujir la grava del patio del hospital me enderece en mía siento, morando el silencioso edificio blanco con sus angostas ventanas. Un enorme y brillante luna llena nos acompañó todo el camino. Me metió mi padre en brazos, y la quietud que ahí reinaba me dio miedo. Una enfermera sentada detrás de un escritorio hizo muchas preguntas a papá y escribió las respuestas en un libro.

La enfermera se marchó con el libro, y papá dijo a mamá: -nunca vengo a un sitio de estos sin que me entren ganas de mandar a todo el mundo al demonio. Te desnudan tus sentimientos, hacen sus preguntas como si uno tratara de fornicarlas.

La enfermera regreso acompañada de un encargado de sala, que me llevó a una cama fresca y limpia. Una vez ahí, rogué a mamá que no se fuera. El colchón era duro e inflexible no había cerca de mi pared protectora, y como estaba junto a la ventana seguía mirando la enorme luna llena con desesperación.

Papá me dijo adiós pero mamá se quedaba. Luego, de pronto, me dio un rápido beso y se marchó. Me pareció increíble que pudiera irse.

El hombre de la cama de alado pregunto: “¿por qué lloras?”

Quiero irme a casa. -Eso todo lo queremos respondió, y exhalo un suspiro.

Todas las camas de la sala eran de armadura de hierro y estaban colocadas de frente en dos filas a lo largo de los muros. Había en total catorce camas en la sala, y yo era el único niño. Algunos hombres me llamaron desde sus camas y me dijeron que no preocupara.

Estarás muy bien, dijo uno, nosotros te cuidaremos.

Me preguntaron que me pasaba, y cuando les conteste que tenía parálisis infantil dijo uno de ellos que eso era un crimen. Tal comentario me hizo sentirme importante y me cayo simpático el que lo había dicho. Yo consideraba mi enfermedad como una molestia temporal. Pero los días que siguieron aguante los períodos de dolor con enojo y resentimiento, que rápidamente se volvía desesperación al prolongarse el dolor; pero una vez que este cesaba, se olvidaba muy pronto. Me sorprendía gratamente ver la reacción que suscitaba mi enfermedad en quienes se detenían junto a mi cama mirándome con tristeza. Eso me daba categoría de persona importante y me dejaba satisfecho. – eres un chico valiente, me decían con pesadumbre la gran luna llena aun me seguía observando desde la ventana.

A mi me confundía que me atribuyeran ese valor. Comenzaba a turbarme el aceptar elogios a mi bravura, tributos que yo sabía que no me había ganado, porque hasta el correteo de un ratón de mi cuarto me asustaba siempre, y me daba miedo ir por las noches al baño a orinar porque temía a la oscuridad.

Los pacientes me tomaban como blancos de sus bromas, y me trataban con condescendencia, como suelen hacer los adultos con los niños. Yo me creía todo lo que me decían, y eso les divertía. Hablaban como si yo fuese sordo y no pudiera oír sus palabras. – se cree todo lo que le dicen, dijo un joven y me dijo, ¿verdad que hay una bruja en tu casa?

Si contestaba yo.

Ahí lo tienes decía el joven, es un chiquito de lo más gracioso, pero lo que no sabe es que ya nunca más podrá andar ni caminar. Entonces miré a la luna de la ventana, pero ahora estaba destrozada.

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