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Apuntes desde mi casa. Libros usados (dos)

A pile of old books at a bar in a literary cafe. Education, learn, study, knowledge and wisdom concept.

Muchas bibliotecas importantes están conformadas, en gran parte, por libros adquiridos en las librerías de viejo, donde los bibliófilos pierden la compostura al transformarse en pepenadores, ávidos de encontrar alguna joya inestimable, el tomo que faltaba a su antigua enciclopedia, alguna edición príncipe, o simplemente, por el íntimo placer de palpar texturas mientras fisgonean el interior de aquel callado universo que reposa en mohosos anaqueles.

   Uno de los atractivos que brindan estos volúmenes, es la presencia de los ex libris, casi en desuso ya, que se colocaban al reverso de la tapa en forma de etiqueta o sello (algunos grabados sobre relieve) con el nombre del propietario del libro o de la biblioteca a que pertenecían, denotando ostentación, elegancia o sencillez en los diseños, según el carácter de su procedencia.

  Los ex libris y las dedicatorias son el punto neurálgico para los bibliófilos, por la serie de conjeturas que se fraguan por los motivos que causaron la venta o donación del tomo. Existen casos decepcionantes, como los de aquellos autores que dedicaron sus libros a queridos amigos y encuentran que dichos ejemplares descansan en librerías de viejo, cuando el receptor vive todavía.

Ese fue el motivo inicial de la famosa enemistad entre los escritores Paul Theroux y V.S. Naipaul: Theraux halló en una de estas bodegas de segunda mano, un lote completo dedicado a Naipaul y, aunque luego se enteró que fue una acción emprendida por la nueva esposa del Nobel hindú, con la que tenía continuos roces, la amistad se deterioró cada vez más hasta que dejaron de hablarse por completo.

    En Mérida es común que, al fallecer una persona de reconocida cultura, pasadas las normas convencionales de luto, los libreros de oficio revolotean para comprar una parte o el total del acervo. Cuando se trata de un escritor o de un bibliófilo identificado, la oferta procede de alguna biblioteca universitaria de los Estados Unidos.

   Una vez me enteré de una joven meridana, arquitecta de profesión que, al concluir sus estudios encontró  auténtica vocación en la biblioteconomía y prefirió ejercer entre libros polvosos, en vez de construir casas. Esta persona ha disfrutado el cuidado y ordenamiento de libros, y durante años, al repasarlos hoja por hoja, fue resguardando lo que encontraba en sus interiores: alguna flor seca,  envolturas de chicles, memorándums, números de teléfono, notas de remisión, boletos de camión, etcétera, utilizados por los usuarios tal vez como separadores, y sin proponérselo, organizó una miscelánea de curiosidades que luego agrupó en vitrinas para una exposición verdaderamente singular.

   El poeta Roger Campos Munguía encontró en un libro usado, una tarjeta de presentación del gobernador socialista Felipe Carrillo Puerto, donde al reverso, de puño y letra con su tinta roja característica, da instrucciones de trabajo a una persona de su gabinete. Campos Munguía, valorando la importancia de su hallazgo, la donó al departamento editorial de la Universidad de Yucatán, fundada originalmente como Universidad Nacional del Sureste durante el período gubernamental de Carrillo Puerto.  

     Al fallecer Didi Durán de Peña, inolvidable artista plástica de Nuevo Laredo, su hermano cedió su colección de Cariátides a la biblioteca de Estación Palabra. En mi calidad de gestora cultural, tomé el acuerdo con Antonio Saravia, de hojear cada ejemplar antes de entregarlos a la institución, para no cometer alguna indiscreción involuntaria.

  Efectivamente, Didi había guardado entre las páginas de varias revistas, papeles doblados y sobres que, sin abrir, fueron destruidos totalmente en señal de respeto. Esto nos demuestra la importancia de verificar la ausencia de elementos dentro de los libros que se prestan o se regalan. En caso contrario, será necesario depositar nuestra confianza en la ética o en las buenas costumbres de quienes encuentren lo que no deben.

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