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Los árboles, guardianes del tiempo

Árboles de La Habana libro de Carlos Barrera Jure. Foto de Salvador Peña L.

La pluma de Carlos Roberto Barrera Jure, es muy prolífica, lleva ya una buena cantidad de títulos publicados en unas ediciones de excelente presentación. Su labor editorial cuenta ya con quince libros que han visto la luz en un tiempo relativamente corto. Ni siquiera la terrible pandemia ha logrado que el “cálamo currente” de Carlos Barrera halle reposo. Antes bien, le ha acicateado a seguir desparramando tinta sobre papel, de manera incansable y fértil. Dice un proverbio, y dice muy bien, que todo hombre que se precie de serlo, ha de hacer tres cosas en la vida: Tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro. Creo que Carlos ha cumplido con creces las tres metas contempladas en el proverbio, y cosa muy afortunada, varios de sus libros, cumplen el propósito doblemente, pues los árboles, maravillosos seres, y única esperanza de vida de la humanidad, han sido el tema y motor de cinco de sus producciones. En una feliz metáfora, Carlos ha otorgado a sus amigos foliados y enramados, el preciso calificativo de: Guardianes de Tiempo. Y realmente, lo son. Existen muchos árboles mucho más que centenarios, que han sido mudos testigos de hechos trascendentes de nuestra historia patria; he ahí el célebre ahuehuete, popularmente conocido como “El Árbol de la Noche Triste”; o el casi milenario Árbol del Tule, orgullosamente oaxaqueño, y todo un símbolo nacional.

Carlos Roberto Barrera Jure, es ingeniero de profesión, pero escritor de entraña y alma, y muy acucioso investigador. Ha dedicado muchas horas y esfuerzos a reunir datos y fotografías para su producción editorial; la cual es doblemente valiosa, pues en ella, la información fluye por dos vías, importantes las dos. Tiene textos con valiosa información, y se completa ésta con la profusa ilustración fotográfica que engalana sus publicaciones. Cuando cae en mis manos un nuevo libro de Carlos Barrera, lo devoro con gran facilidad, por lo ameno de su narración, y por lo brillante de su ilustración fotográfica. En esa su labor de investigación, Carlos ha gastado muchas horas en la búsqueda de fotografías antiguas de familias yucatecas y campechanas. Ha recorrido incansablemente calles y parques, en busca del encuentro de esos grandes titanes, verdes e inmóviles que silenciosamente custodian estas instancias y les sirven de guardianes protectores. Sus quince libros, se pueden agrupar en tres categorías. Una dedicada a rastrear las memorias y raíces familiares. Otra, dedicada al seguimiento de la vida, caminos y actividades de sus condiscípulos, de sus entrañables compañeros de estudios. Y la tercera, y para mí, más valiosa y trascendente, la de reseñar la existencia de grandes árboles de nuestra ciudad, los Guardianes del Tiempo, cómo él los ha llamado.

Cuatro volúmenes ha dedicado Carlos a los árboles de Mérida, en ellos hemos visto desfilar corpulentos algarrobos de muchos parques de nuestra ciudad. Añosos y gigantescos ceibos, que custodian entradas de fincas y haciendas hoy desaparecidas e integradas ya al ambiente urbano. Coloridos flamboyanes y lluvias de oro que engalanan los camellones de muchas avenidas. Laureles de la India de abundante follaje verde, que levantan sus ramas al cielo como dedos en actitud de ruego. Una verdadera pléyade vegetal que da una personalidad verde, natural y refrescante a nuestra Blanca Ciudad de Mérida, blanca y verde a la vez, para nuestra fortuna. Ojalá mucha gente leyera estos libros de Carlos, para que hicieran conciencia, y nuestra urbe se llenara aún más de árboles por todos lados, que los jardines y patios de los nuevos conjuntos habitacionales no se vuelvan planchas de concreto, que en ellos crezcan nuevos árboles que nutran de oxígeno el aire que respiramos todos. Con esa conciencia creada por Carlos desde sus libros, Mérida podría ser una ciudad ejemplar en el concierto de las ciudades de nuestro país.

Ahora, Carlos nos ha entregado un nuevo libro; su mirada se tiende en él a una de las ciudades más arboladas de Nuestra América, la ciudad capital de la Mayor de las Antillas, la señorial ciudad de La Habana. Esta gran urbe, está poblada profusamente de árboles corpulentos y titánicos. Desde que uno toma tierra firme en la isla, por todo el camino del Aeropuerto “José Martí”, atravesando el reparto de “Boyeros”, hasta el centro de la ciudad, el camino que se va recorriendo está densamente arbolado. Al pasar de Boyeros a Playa, la arbolación profusa nos sigue acompañando y se extiende igual por El Vedado. Carlos viaja a Cuba, y en su visita a La Habana, se impacta de la cantidad de árboles que visten de verde avenidas y paseos; todos los grandes edificios están cobijados por verdes y abundantes follajes que les dan una frescura sin igual. Su amor por los Guardianes del Tiempo se desborda con emoción ante la presencia tan abundante de árboles de tal envergadura. Su emoción crece, y genera en él una nueva producción editorial, su quinto libro sobre los árboles. “Guardianes del Tiempo. Árboles Extraordinarios de la Habana, Cuba”. Que se imprime en 2020, pero que se empieza a distribuir en este año de 2021.

En este nuevo libro, Carlos Barrera nos reseña lugares emblemáticos de la ciudad capital, tales como: El Hotel Nacional, la Plaza de Armas en La Habana Vieja, el Parque de la Fraternidad en Habana Centro, la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, el Bosque de la Habana, el Parque Almendares, el cruce de la Avenida de la Independencia con la calle 19 de Mayo, la Quinta de los Molinos, el cruce de las avenidas Independencia y Universidad, el Museo de la Revolución, los jardines del Cabaret Tropicana, el reparto del Vedado y el Parque Central, con el Paseo del Pardo incluido. Todos ellos, ejemplos de una gran profusión de árboles frondosos de follaje muy abundante. Entre sus impresiones más vívidas, está su descripción del Parque Almendares, del cual dice: “Los numerosos y majestuosos jagüeyes, con una fronda tan tupida, que apenas es atravesada por los rayos del sol; y sus portes imponentes, centenarios, realzados por bejucos parecidos a sólidas serpentinas, los convierten en especímenes que llenan de orgullo al mundo vegetal, y desde luego, a la República de Cuba”.

Ciento nueve espléndidas fotografías llenan de color las páginas del libro, por el que desfilan las imágenes de álamos, ceibos, laureles, de un emblemático árbol endémico de Cuba, un ácana de ciento noventa años de antigüedad. Le impresiona también, y nos lo expresa, la presencia de un ceibo centenario en la Quinta los Olivos, de setenta metros de altura y un grosor de tres metros. Colosos verdes, fieles guardianes del tiempo que nos miran estáticos pero expresivos, desde las páginas de este valioso libro que, Carlos Barrera Jure nos ha legado en este año. El Dr. Carlos Urzaiz Jiménez, que era un hombre muy sabio, solía decir: “El que corte un árbol, que lo encierren, ¡Está loco! Los árboles son la única esperanza de vida para la humanidad”. Y ahora, este nuevo libro de Carlos Barrera, es un himno a estos colosos verdes, a estos impasibles Guardianes del Tiempo.

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