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10 DE JUNIO, TAMPOCO DEBE OLVIDARSE

A mis entrañables amigos Elma Gottdiener y Pablo Gómez.

Se han cumplido cincuenta años de la otra terrible matanza que debe estar grabada con memoria profunda en la historia de México. Hermana menor de su antecedente, el 2 de octubre de 1968, la matanza del pueblo en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. El 10 de junio, o Jueves de Corpus, es también un crimen de lesa humanidad, que ha quedado sin castigo, pues mantener en prisión domiciliaria a un anciano infame de noventa y ocho años de edad, no resarce ni remotamente al pueblo mexicano, que es el sujeto agraviado en los dos casos. La sangre de lo más preciado del pueblo mexicano, su juventud estudiantil, clama justicia a través del tiempo y el espacio, y esos dos negros episodios de nuestra historia, no se han cerrado ni se cerraran, hasta que la justicia deje perfectamente esclarecidos todos los detalles, todos los móviles que impulsaron a las manos asesinas, para perpetrar estos crímenes nefandos que palpitan en la memoria del pueblo que tiene conciencia. La mano ejecutora de estos terribles crímenes, ha apostado al olvido en el tiempo, pero siempre habrá, habremos, voces que se levanten para decirle que esta memoria está viva, siempre estará viva, que en el arte, en el periodismo, en el cine, hay y habrá siempre testimonios que refresquen la memoria colectiva, para que la conciencia que de ello se derive, actúe en consecuencia, y se señale con índice de fuego a los culpables.

Después de los terribles sucesos del 2 de octubre del 68, los estudiantes no habían organizado una sola marcha, sin embargo, la actividad del gremio estudiantil estaba viva, el deseo de un México mejor y más justo estaba vivo en esa conciencia colectiva. Al iniciar el año de 1971, se va gestando un conflicto entre los estudiantes de la Universidad Autónoma de Nuevo León y el gobierno del estado, en la ciudad de Monterey; el comité estudiantil pide la solidaridad de todos los estudiantes del país. Las máximas instituciones de educación superior del país, la UNAM y el IPN, responden al llamado y se convoca a una marcha pacífica para el 10 de junio por la tarde y que iría desde el antiguo Casco de Santo Tomás, uno de los campus del Politécnico, con rumbo al zócalo de CDMX. Nadie sospechaba que, aquella marcha se convertiría en una ratonera, cuidadosamente planeada por el gobierno. A las cuatro de la tarde, se inicia la marcha, en el trayecto se van topando con calles bloqueadas por la policía, que se cuidó mucho de no violentar en ningún momento, pero que fue obligando al contingente a ir tomando una ruta planeada de esa manera, para que, “casualmente”, se topara con un grupo de civiles, que sería quien ejecutaría la agresión.

Este grupo, se conoce como Los Halcones y era una agrupación exactamente como el Batallón Olimpia, quien perpetró la matanza del 68, lo cual no es una simple coincidencia, sino un plan elaborado por las mismas mentes que gestaron el crimen anterior. El ataque se inicia con varillas de bambú, lo cual prueba que el grupo había sido entrenado en artes marciales; pero eso fue sólo el principio, después, salen a la luz armas largas y se inicia en ese momento la matanza, ésta fue tan cruel y encarnizada, que los heridos llevados a los hospitales, fueron buscados para rematarlos ahí mismo. La ferocidad de este segundo crimen, superó en muchos aspectos a su antecedente del 68. Y estas afirmaciones no son gratuitas, existen investigaciones serias y testimonio veraces de lo sucedido en este pasaje de nuestra historia y que nos permiten aquilatar en su justa dimensión este hecho lamentable y doloroso que no tiene posibilidad alguna de justificación. Los estudiantes muertos en el 68 y en el 71, eran una generación que buscaba con sus acciones un México mejor y más justo, y sus nobles aspiraciones fueron pagadas con su sangre en aras de sostener a un régimen que, lejos de mejorar las cosas, ha llevado a nuestra patria a condiciones de injusticia y desigualdad social cómo nunca antes se habían vivido en la historia.

Son fuentes muy bien fundamentadas para entender este suceso, los análisis del historiador Camilo Vicente Uvalle, autor del libro “Tiempo Suspendido”, en el que presenta importantes testimonios presenciales y realiza profundos y bien sustentados análisis con excelente metodología. Sus testimonios recogidos nos permiten saber que, el grupo de los Halcones estaba integrado por cuatrocientos o quinientos elementos vestidos de civil, armados con varillas de bambú y también con armas largas. También los testimonios de Víctor Guerra, que era uno de los líderes estudiantiles del movimiento, y que por circunstancias se une a la marcha cuando esta ya había avanzado un buen tramo, y le toca atestiguar que, de los vehículos de la policía se proporciona al grupo agresor las varas de bambú y las armas. – Vi que la policía se bajaba para apoyar a los halcones, vi cómo les proporcionaban varas de bambú. Minutos después de eso, empezaron los disparos – señaló en unas declaraciones a la agencia Notimex. Además, existen sobrevivientes de este suceso, como Elma Gottdiener o Pablo Gómez, que podrían ampliar la información de lo sucedido.

Las razones que hubiera podido argumentar el gobierno mexicano de ese entonces, no alcanzan de ninguna manera para justificar un crimen de esas magnitudes y la sangre derramada sigue clamando justicia, a cincuenta años de distancia de la ejecución de estos hechos. Ya con la matanza del 68, los nombres de Gustavo Díaz Ordaz y Bolaños y Luis Echeverría Álvarez se inscribieron en el padrón de la infamia en nuestra historia; con el Jueves de Corpus, en 1971, Luis Echeverría agiganta su calidad de genocida en la dimensión de los personajes más negros de la historia de México.

Mérida, Yuc., a 10 de junio de 2021.

Ariel Avilés Marín.

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