Opiniones

¿Qué clase de carne comes, lo sabes?

Cuando Raquel Araujo Madera fue nombrada directora de Artes Escénicas del Instituto de Cultura de Yucatán, durante el gobierno de Patrón Laviada, “desincorporativizó”, un convenio que la Compañía Provincial de Ballet tenía con la institución de cultura, dejándome sin trabajo de la noche a la mañana. Gracias a la maestra Araujo descubrí que, aparte de ballet, lo otro que sabía hacer era cocinar. Busqué chamba de cocinero en una cocina de la calle 69, cerca de la avenida Itzaes, llamada la Gallega. Parte de mi trabajo era comprar carne todos los días. Especialmente, la molida porque rinde más. Al desempaquetarla, una baba resbalaba de la carne. Ella provocaba que, al guisarla se convirtiera en unas bolas que eran imposible de desbaratar. Y la carne molida debe quedar suelta. Un día, después de hacer mi compra y de pagarla, la revisé y con el paquete abierto fui a la gerencia a quejarme. “Mire usted esta baba, con seguridad es algo que le ponen a la carne para que pese más y me despachen menos, pero el problema es que al guisarla queda embolada y no puedo hacer frituras para el queso relleno o el relleno negro. Independientemente, parece que mi salud no cuenta, porque quién sabe qué cosa le agregan a la carne”. El redondo gerente, me escuchó con la sonrisa fija de un Santa Claus y me dijo que le diría al carnicero.

Tuve que ir al mercado de Santiago, escoger mi carne y pedirle a Didier, el carnicero, que me la moliera. Nada más así, obtuve calidad en mis guisados. Dos años estuve en la Gallega. Gracias a un distinguido y joven amigo, que me ofreció trabajo periodístico, concluí esa etapa de mi vida que nadie conoce.

Las historias se repiten. Estoy de nuevo empleado en una cocina y me ha tocado de nuevo comprar carne molida. La comodidad de tener un super cerca de la casa, me llevó a comprar en él carne molida, pero de res. “Carne selecta”, según el empaque. Yo guiso a la antigua, sancocho la carne primero y luego de doy fritura. Puse el agua a hervir y coloqué el producto que al poco rato quedó tan oscuro que parecía una masa negra. ¿Por qué quedará así, le molerán viseras, tendones, le echarán pintura, o qué? Bueno, el caso es que regresé nuevamente al mercado de Santiago, con Didier. Lo importante de este asunto, no es la calidad de lo que nos venden en los supermercados, sino la repercusión que pueden tener en nuestra salud. De esos comercios que surten a grandes sectores sociales, pueden salir muchas de las enfermedades contemporáneas, sin que nadie se dé cuenta de ello. Al fin que, el enfermo se encomendará a todos los santos para recuperar la salud, sin pensar que perderla, en parte, pueden haber sido resultado del consumo de los de los productos que compró en alguna cadena de supermercados.

Afortunadamente, mi vida ha estado regida por la alimentación vegetariana, aunque a veces consumo productos cárnicos. Tengo una salud impecable que atribuyo a mis alimentos y sufro mucho cuando mis allegados se enferman de esos males modernos que tienen que ver con la dieta que llevan y que se niegan a modificar.

¿A quién le debe entrar la conciencia de que la salud ciudadana debe estar por encima de todo? ¿A quién le debe caer el veinte de que se debe ayudar a la sociedad a mantener una salud impecable, para una mejor vida en la sociedad y la tierra?

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