Cultura

Carlos se fue

Me habló Sergio porque le había hablado Layda para decirle que Carlitos, nuestro gran amigo en el arte, había fallecido. Sentí un fuerte golpe en los ojos. De manera inmediata mi mente se sumergió en los recuerdos de su imagen cargando una cámara fotográfica testimoniando con ella los grandes eventos que realizamos Tomás Ceballos y yo, por cuanto lugar escénico había en la ciudad. Fotografiaba todo y nada nos cobraba, porque no tenía necesidad económica para hacerle a la fotografía, que tanto le gustaba. En sus imágenes quedaron Eglé López, Sergio Núñez, Nicte-Há Herrero, Evelyn Vallejos, Annette Téyer, (la Perfecta Diva), Ricardo Díaz y una enorme cantidad de personas que pisaron los escenarios nuestros.

Fue hijo de doña Teresa Ordoñez, la famosa empresaria de máquinas de escribir, de todas las marcas. Ella trajo las primeras que eran eléctricas y surtió a casi todas las oficinas del ayuntamiento, en la época de Gaspar Gómez Chacón.

Carlos quiso dedicarse al cine. Quería ser camarógrafo. Viajó a México y se instaló allí con tales intenciones. Cuando lo visité varias veces, derramaba felicidad. La matriarca no estaba de acuerdo con el hijo y se fue a instalar con él, en el mismo departamento, a un costado de la Alameda Central. Quería que su hijo continuara con la venta de máquinas, cosa que el repudiaba. Doña Tere finalmente consiguió que su vástago regresara al redil y lo trajo consigo a Mérida. Le puso un negocio de regalos de finos cristales y elegantes porcelanas. Carlos estaba contento, pero lo suyo era la cámara y siempre la tenía al hombro o asentada cerca de él.

Un día cayó gravemente enfermo. Su corazón perdía electricidad y lo ponía al borde de la muerte. Lo fui a visitar al sanatorio y le decía que tu mal se llama frustración. Manda a la chingada todo. Muérete de hambre por hacer lo que te gusta, pero no te mueras del corazón. No llegó al quirófano. Se hizo radicalmente vegetariano y budista. Pero su mal continuaba dentro de él. Estaba enfermo de no poder realizarse en la vida, de no poder haber tenido la independencia total. En eso éramos radicalmente distintos.

Se puso viejecito. Flaquito. Cargaba una bolsa de plástico y vendía longaniza. Luego comenzó a vender sus muebles antiguos. Lo último que hizo fue deshacerse de sus revistas y fotografías de toda su vida. Siempre le compré algo, pero ya no era tiempo de pedirle que mandara a la chingada todo y viviera su vida.

La última vez que lo vi fue en el OXXO de Santiago. Me pidió prestados cien pesos para comer y al dárselos le dije, “Carlitos te los regalo”.

No me gusta acompañar a la gente en la muerte. Prefiero hacerlo en la vida y llorar solo y en silencio, como lo hago en este momento, al escribirle estas líneas.

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