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La importancia de ser la primera
Margarita Chorné y Salazar

El 18 de enero de 1886 a las cuatro de la tarde, Margarita de 21 años salió apurada de su casa en el barrio de San Miguel, dentro de lo que actualmente se conoce como el centro histórico de la ciudad de México, iba acompañada de su padre Agustín Chorné y Campos y de sus hermanos Rafael y Virginia. No era cómodo transitar por las calles empedradas de la ciudad a fines del siglo XIX, aunque eran pocas las cuadras que separaban su hogar de la escuela de medicina, tuvo que cruzar el zócalo y pasar a un costado de la catedral. Una de la razones de las dificultades en su caminar, era su largo vestido de tafeta importada de Francia con volantes de encaje, su capa de paño gris y un sombrero de terciopelo negro con tul, ajuar que su madre, doña Paz Salazar, se esmeró en preparar para el día en que su hija presentaría su examen para obtener su título profesional de dentista.

Aun cuando doña Paz intentó durante toda la infancia y adolescencia de su hija mayor inculcarle el gusto por la cocina donde ella era una experta, o a la costura y deshilado como lograría hacerlo con sus otras tres hijas que llegaron a ser muy buenas en estas labores, e incluso una de ellas adquiriría gran fama en el bordado con hilos de oro, seda y pedrería de los trajes de toreros, Margarita se negaba y frecuentemente se escapaba a leer o a escuchar música. Esta actitud ocasionaba frecuentes discusiones, su madre le reclamaba a su esposo: “A dónde va a llegar Margarita si le sigues consintiendo todos sus gustos, odia cocinar, todo el día está metida en tu biblioteca y nada más quiere que llegue el sábado para ir a montar a caballo”.

La familia apuró el paso, pues tenían que llegar a las cinco en punto a la sala donde una junta la sometería al examen, los pasillos de la escuela de medicina estaban llenos de un público varonil quien la miró con asombro, ella era la primera mujer en México y después se sabría de toda América Latina, que pretendía obtener un título profesional. Margarita buscó la mirada de su padre y se irguió con gran aplomo, era una joven muy alta de 1.80 metros y de talle esbelto, lo que impactó aun más a los que la observaban.

Se sentía segura, llevaba varias noches estudiando los libros de anatomía y de diversos temas dentales, en textos franceses y revistas norteamericanas con su hermano Rafael, quien cinco años antes había obtenido su título. Por lo anterior, no titubeó cuando empezó el interrogatorio, recordando también los años que llevaba ayudando a su padre, hermano y a los dentistas Chacón, primeros mexicanos en titularse, lo que le permitió cumplir el requisito de prácticas para solicitar el examen, junto con tres cartas de personas de reconocida solvencia moral, que certificaron que ella era una persona decente y cristiana, además de cubrir el elevado pago de cien pesos, como se exigía. Por supuesto, con el disgusto de su madre que le parecía una locura que Margarita se refugiara en el consultorio de su esposo e hijo, argumentando: “Ningún hombre pedirá en matrimonio a una joven que se pasa horas haciendo placas dentales y que huele a esencia de clavo”.

Las mujeres en las dos últimas décadas del siglo XIX habían logrado algunos espacios para su desarrollo ya que algunos oficios como enfermería, farmaceutica y obstetricia se empezaron a cursar en la escuela de medicina, asimismo, la Escuela Nacional Secundaria para niñas comenzó a capacitar a las estudiantes para la docencia. Otro logro fue la fundación en 1871 de la escuela de artes y oficios para mujeres, donde se entrenaban en telegrafía, pintura, modas, imprenta, entre otras materias. Sin embargo, todas las ocupaciones que de estos estudios obtenían las mujeres, estaban subordinadas a jefes hombres, ya que ninguna era una profesión que pudieran desempeñar en forma independiente. Asimismo, muchos hombres eran detractores de estos estudios y algunos editorialistas escribían a favor de la eliminación de su educación, para: “evitar la total emancipación de la mujer que daría como resultado la desaparición de las futuras madres y esposas y la destrucción del hogar”. 

Agustìn Chorné descendía de una familia francesa dedicados a la orfebrería, por lo que heredó de su padre, quien había sido el orfebre oficial de la Catedral Metropolitana, sus instrumentos de joyería. Tenía gran habilidad en vaciar metales, modelar y pulir pequeñas piezas, por lo que se le hizo fácil transitar sus destrezas a lo que se llamaba “dentistería”, labor que era muy necesaria y solicitada por la población. Los primeros dentistas que ejercieron en México a partir de la tercera década del siglo XIX, provenían de Francia y Estados Unidos y para regular este ejercicio, en 1841 se decretó que los que se dedicaban a este oficio tenían que pasar un examen y titularse en la escuela de medicina. Seis fueron los dentistas que acataron esta disposición, cinco de nacionalidad francesa y uno estadounidense. Agustín nunca quiso presentar el examen, pero como era reconocido y apreciado por sus pacientes, siguió practicando el oficio junto con su hijo titulado y la ayuda de Margarita.

Cuando concluyó el riguroso examen, el sorprendido jurado integrado por tres prestigiosos maestros de la escuela de medicina, felicitaron a la postulante y la aprobaron unánimemente, el público le prodigó un estruendoso aplauso. La dentista Chorné trabajó algunos años con su padre y hermano y después se independizó, era muy solicitada por las mujeres y niños, llegó a tener muchos pacientes, entre ellos don Francisco I Madero y toda su familia

Pasaron los años y la principal preocupación de sus padres era que Margarita no parecía interesada en formar una familia, sus hermanas se habían casado muy jovenes, pero los varones con los que ella trataba sentían temor de su independencia. Llego el día en el que conoció a Alfonso Trillanes un joven de mente abierta que no se intimidaba ante ella y que además era unos centimetros más alto, Margarita se enamoró del que, según declaró, fue su “único y gran amor”. Alfonso la visitó varios años como novio, que fueron los más felices de su vida, un día le pidió matrimonio y le prometió que nunca la obligaría a retirarse de su profesión estableciendo su gabinete dental en su hogar. Sin embargo, su unión no llegaría a realizarse, ya que Alfonso un día le dijo que iría a buscar fortuna a San Francisco, California donde vivía parte de su familia, pidiendole que lo esperara y que le escribiría seguido. Dos o tres años llegaron cartas que ella contestaba enseguida, hasta que dejó de recibirlas, hundiéndose en una depresión que la volcó hacia su profesión, se volvió muy seria y se aficionó a la comida y los postres.

Una mañana de mayo de 1905 contando con 41 años de edad sorprendió a su familia anunciandoles que se casaría y que esa misma noche los visitaría el novio con su madre, al cual nadie conocía. Él era unos años menor que ella y se llamaba Antonio Dromundo, ante el estupor de su familia Margarita, fiel a su forma de ser, rompió reglas y sin muchas explicaciones se casó y contra todo pronóstico quedó encinta a los pocos meses de casada.

Tan fugaz como su noviazgo fue su matrimonio, al descubrir que Antonio mantenía una relación con otra mujer decidió separarse aun cuando su padre le suplicó no hacerlo por el próximo nacimiento de su hijo. A ella no le importó afrontar la maternidad sola y no estaba en sus planes aceptar un marido infiel.

El nacimiento de su hijo en 1906, a quien nombró Baltazar vino a llenar los afectos de Margarita, volcando todo su amor y su vida en él, pero vendrían años dificiles para ella y el país al estallar la revolución, así como el asesinato de Madero a quién ella tanto apreciaba. La economía se desplomó y los pacientes disminuyeron, sus padres murieron en un lapso de dos años y la pandemia de la conocida como gripe española tocó a su puerta, enfermando gravemente a su hijo. Después de meses en que recurrió a muchos médicos, Baltazar se recuperó pero perdió la movilidad de una pierna la cual dejó de crecer.

Durante la larga enfermedad de su hijo, Margarita descuidó su consultorio y las deudas se acumularon, empezó a vender sus muebles y alhajas, hasta que no tuvo más remedio que deshacerse de parte de su instrumental. Ella siguió trabajando y esforzandose para lograr que su hijo estudiara y se graduara de abogado, resultó un joven brillante como su madre y al graduarse comenzó una carrera de escritor, colaborando en periódicos y publicando varios libros de poemas y ensayos, por lo que ya casado y con posibilidades económicas convenció a su mamá de que ya era hora de retirarse.

Lo màs doloroso para ella fue la venta o regalo de sus muebles e instrumentos a jovenes dentistas, pero después vinieron años felices y aplacibles en compañía de su hijo y nietas. A los 97 años comentó: ¡Cómo no voy a estar cansada, si nací con el Imperio de Maximiliano, fui adolescente con don Porfirio, muy jovencita vi llegar la luz electrica, vestí de soldado a Baltasar para que recibiera a Madero. Y con mi chongo canoso, les puse dentadura a varios generales revolucionarios de Obregón y Carranza, regalé mi juego de turquesas para la expropiación petrolera! ¡Cómo no voy a estar cansada…!

Meses después,  el 2 de abril de 1962, Margarita  Chorné y Salazar, la primera mujer que obtuvo un titulo profesional en Mèxico y América Latina, falleció.

                                                                            Laura Elena Rosado Rosado

                                                                                  Lalis55@hotmail.com

                                                                                         Abril 2021

*Basado en el libro de Martha Díaz Kuri: “Margarita Chorné y Salazar”

Laura Elena Rosado Rosado | Mexicanas por Descubrir

Originaria de Mérida, Yucatán es egresada de la Licenciatura en contaduría pública por la UADY y Máster en Grandes Religiones por la Universidad Anáhuac. Entre los cursos y diplomados que ha cursado se encuentran el Diplomado en cultura religiosa, historia, arte y religión en el área maya impartido por el CIESAS y la UNAM y el Diplomado en historia del arte universal por la Universidad Modelo. Es además, estudiosa sobre la historia de Yucatán con diversos cursos en el Centro Cultural Prohispen y el Colegio Peninsular Rogers Hall. Entre sus publicaciones se encuentra los libros “Llévanos en tu zabucán” y “En cuatro tonos de Rosado”. Ha participado también en publicaciones como el libro “Mujeres en tierras mayas” coordinado por Georgina Rosado y Celia Rosado Avilés y es frecuente colaboradora en diversos medios de comunicación impresos.

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