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La ciudad de los libros

Los libros encabezados por epígrafe ofrecen certeza de una retribución que puede resolverse de dos formas: una es el sentido poético producto de la subjetividad extrema entre los dos elementos, otra es que el epígrafe provea lo que el texto de la obra no pudo dar. Nunca se debe dejar al lector desavenido. Ante esa necesidad cito a Jorge Luis Borges con los primeros seis versos de su “Poema de los dones”:

Nadie rebaje a lágrima o reproche
Esta declaración de la maestría
De Dios, que con magnífica ironía
Me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
A ojos sin luz

Borges no lamenta ni reprocha una invidencia simple, logra tocar una ceguera muy honda: la ceguera de no tener camino a la lectura de libros.

En los últimos años muchos promulgan la muerte del libro; otros van más allá, proponen como necrología lo que fue su evolución. Desde las tablillas de arcilla de la escritura cuneiforme, los rollos de papiro de antes de Cristo, los pergaminos, las tablillas de cera, los códices, los manuscritos iluminados, los primeros libros impresos, la máquina de tipos móviles de Gutenberg, los libros de bolsillo, las plaquette (Siglo XIX)…

Esta mal nombrada necrología del libro no puede justificarse con la era de las publicaciones digitales. El libro digital es el último eslabón del proceso evolutivo de la escritura.

Lo cierto es que, para bibliófilos y bibliómanos, el papel y la tinta siguen fascinando. Hay artificios que a pesar del decurso no pierden vigor como el arco y la flecha, el libro de bolsillo con cinco siglos de existencia es otro ejemplo.
La magnificencia del libro, en cualquiera de sus vertientes, deriva de su función como fulcro entre la creación y la lectura, entre el escritor y el lector, pues implica una reciprocidad al crear una situación de diálogo que excede la individualidad del emisor y del receptor al permitir hilvanar el pasado con el porvenir.

El libro es la posibilidad de comulgar los tiempos. Sin él, como en el poema de Borges, nuestra ceguera seria total, sin rincones para reproches ni para lágrimas.

Hace 22 centurias el primer Emperador de la China unificada ( Shih Huang Ti – Zheng) dispuso la abolición del pasado; la consiguió, no existe otra forma, quemando todos los libros anteriores a su imperio. Abolir el pasado extinguiría la historia y también nuestro futuro.

Sólo con el libro podemos evadir el silencio y aspirar a la permanencia.

Por Víctor Garduño Centeno

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