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Dos monólogos de feminicidas

En las primeras décadas del siglo XX se publicaron dos escritos literarios en que se daba voz en primera persona y de manera ficticia a culpables de feminicidio, aunque ese delito no se conociera aún con esa denominación. En ambos casos el reo se encuentra ante quienes tienen la responsabilidad de impartir justicia y explican las circunstancias que los impulsaron a cometer el crimen.

El primero se titula “Final de un drama”, de Mariano de las Cuevas, poeta y empresario español radicado durante varias décadas en Yucatán. En este poema (estróficamente en romance heroico) publicado en el semanario yucateco Pimienta y Mostaza, en 1903, un obrero relata con altivez en el tribunal el homicidio de su esposa, haciendo recaer la culpabilidad del crimen en ella aunque él haya sido el ejecutor: “el verdugo soy yo, la culpa es de ella; / no tiemblo ante mi crimen, la he matado, / y ni pesar me causa ni vergüenza”.

No le importa ser condenado por la justicia ni denostado por la sociedad y llega al extremo de afirmar que “si otra vez a la vida ella volviese… / ¡otra vez el puñal mortal le hundiera!”. Y entre las contradicciones típicas de cierto tipo de feminicidas, expresa como justificante haberla amado con locura: “¿Que por qué la maté? Porque la quise / con todo el corazón, (…) / La adoré con fervor: con un cariño  lleno de fe, de fuego y de terneza, / ¡que aquel amor que el corazón sentía  / en sí reconcentraba mi existencia!”.

Una delación es la que desata sus celos y sus intenciones violentas: “el dolor me embotó la inteligencia (…) y mi dolor se convirtió en locura; (…) Y después… y después… lo indefinible: / sólo en mis nervios espantosa fuerza / que me impulsó a matar”.

El final es concluyente no sólo al enfrentar verbalmente con arrogancia el rechazo social y la pena judicial sino también al aseverar que no siente ningún remordimiento: “la sociedad me expulsa de su seno, / y lóbrego el presidio allí me espera… / Pero no ha de importarme; mi delito / no me produce la menor afrenta… / que al derramar su sangre ni una gota / ha salpicado sobre mi conciencia…”.

Un esquema parecido aparece en el monólogo en verso Un crimen pasional, de Augusto Ruz Espadas, estrenado escénicamente en Progreso en 1921 y publicado ese mismo año en la misma ciudad y puerto. El reo expresa ante el jurado los motivos que le indujeron a matar a su cónyuge, a quien llama “Monna-Lisa”. Se considera “más infeliz que delincuente” y que “fue sólo el demonio de los celos / quien trocó a un hombre honrado en asesino”. Buena parte de su monólogo se destina a exaltar la belleza de su amada: “sus ojazos misteriosos”, sus labios “aromosos /, capullos de claveles tempraneros”, sus manos, sus “senos erguidos y gallardos” y, con mayor exaltación, sus pies.

Pero la insidia a través de la “voz vinosa” de la criada, “trocóse poco a poco en delatora / y acusó de traición a Monna-Lisa”. Según aquella, la perjura “a la vista de todos la engañaba / con un mozo de mala catadura”. Y lo instiga al crimen, acuciándolo en su condición viril. Suficiente para que deje sus labores, tome una daga y “con el alma enferma de venganza” corra “en busca de la hembra malnacida / que mustiaba mi más bella esperanza”.

Luego de darse valor con el alcohol, llega a la casa donde espía a los amantes. Y “ante este ultraje inferido brutal a mi ternura (…) naufragó mi cerebro en la locura”. Su lucha mental es agobiante: “¡Oh, no encuentro la palabra competente / para nombrar esta infernal tortura; / esta extraña tortura omnipotente, / que desgarra, que arrolla, que tritura” y ello lo hace caer en “un sopor maldito”. En su argumentación acude a compararse con el padre de una hija prostituida, la madre ante un hijo muerto, un esposo deshonrado, un poderoso arruinado y desacreditado, de todo lo cual puede hacerse un solo horror y “un dolor hondo, infinito”.

Escala el balcón abierto para vengarse y al encontrar durmiendo “a la bella entre las bellas” no puede dejar de admirarla con pasión: “Su cabeza adorable se adormía / sobre uno de sus brazos, real tesoro / que al descubrir su axila descubría / algo como una mariposa de oro. / Sus dos senos redondos como pomas, / macizos como bloques de granito, / semejaban, desnudos, dos palomas / que ensayaban volar al infinito” Y a través de la transparente muselina mira el contorno “del vientre de blancura peregrina / y de los muslos hechos como a torno…”. Sus ansias eróticas renacen, pero esa debilidad es instantánea: “como un río monstruoso desbordado / cruzó por mi cerebro vacilante / el recuerdo infernal de su pecado” y le hundirá la daga “hasta el mango en el turgente pecho”.

Ella muere sin darse cuenta, pasando del sueño a la muerte sin una queja. Y él, al contemplar la herida mortal, afirma que la locura lo invadió, lo cual explicaría que cometiese un acto necrofílico: “posé los labios sobre el seno herido, / y bebí como un tigre sangre impura / hasta caer al suelo sin sentido…”.

Aunque muestra un sentimiento de duelo: “tengo por ella el corazón deshecho / y su ausencia eternal me martiriza”, al igual que en el poema de Mariano De las Cuevas expresa abiertamente que volvería a cometer el crimen si pudiera: “Mas si dejar pudiese la traidora / la tumba que le he dado, siempre fuerte, / con esta misma daga vengadora / daríale otra vez trágica muerte”. Prefiere verla muerta antes que saber que es de otro, considerando un derecho de propiedad sobre su esposa y con exclusividad. A pesar de su intento de justificar su delito, entiende que debe ser condenado a muerte y pide que su cadáver sea enterrado junto al de ella.

Ambos casos tienen en común la conciencia de haber matado a la mujer amada y la voluntad de repetir el crimen si se volvieran a dar las circunstancias, aunque el énfasis en el discurso de cada uno sea distinto; en el primero, remarcar que no se arrepiente de lo que hizo, dejando entrever que su amor se extinguió en definitiva; en el segundo, aunque seguro de volver a cometer el crimen en una situación semejante, la expresión de que aún ama a su víctima.

¿Cómo interpretaría la sociedad yucateca de esas primeras décadas del siglo XX estos casos ficticios? ¿Serían de aprobación o de rechazo, justificándolos social y moralmente, o rechazándolos de plano?

Jorge Cortés Ancona

Licenciado en Derecho, con Maestría en Cultura y Literatura Contemporáneas de Hispanoamérica. Es egresado del Doctorado en Literatura de la Universidad de Sevilla con una tesis sobre teatro y boxeo, y cuenta con un DEA (equivalente de maestría) de la misma institución. Ha impartido clases y cursos en diversas instituciones educativas y culturales sobre literatura e historia de las artes visuales. Ha escrito numerosos artículos y entrevistas sobre temas culturales y figura en varias antologías de poesía.

Un Comentario

  1. En el segundo poema el título lo dice todo: crímen pasional. Bien lo pudo haber cometido una mujer e igual no se arrepentiría, pero eso no indicaría que sea un “masculinicidio”. Usted no ha sido objetivo en su crítica, según leo usted tiene una licenciatura en derecho y no sabe reconocer entre un feminicidio y un crímen pasional. ¡Qué vergüenza!

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