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Ser o no ser….mujer

El valor de los seres humanos, mas allá de su género, no debería estar sujeto a duda alguna, y ninguno puede ser considerado superior o inferior. Pero no es así, sabemos que en pleno siglo XXI existen prácticas que nos demuestran que en ciertas culturas y latitudes el hecho de ser mujer representa desventajas y posibilidades de discriminación y maltrato. La mayoría lamentamos que estas circunstancias se repitan una y otra vez.

En varios países islámicos cuando una familia no tiene hijos varones y se ve obligada (por la presión social) a educar y vestir a una de sus hijas con indumentaria propia de los hombres de la región.

La trascendencia y posibilidad de que el apellido o la estirpe perdure a través de generaciones es la explicación que ofrecen aquellos grupos sociales que permiten e, incluso, imponen prácticas que discriminen o castigan a las madres que no engendran hijos varones, así ha pasado durante siglos en diferentes países.

Divorcios, abandonos, lapidaciones y demás castigos se han dado a las mujeres que solo han procreado niñas. En ciertos países las parejas que no han tenido hijos han desarrollado la solución para no ser juzgadas por ello: asignan a una de sus hijas la misión de disfrazarse de varón.

Se trata de practica común en aquellas latitudes y va mucho más allá de la simple vestimenta masculina en las niñas, pues implica también que ellas pueden participar en las actividades recreativas, deportivas o culturales que tradicionalmente son vetadas a las mujeres.

Numerosos cónyuges adoptan esta medida y educan como varón a una de sus hijas evitando así que su núcleo familiar sea religiosa o políticamente rechazado.

AHÍ, cuando una pareja no tiene un hijo, lo inventa, comienza por cortarle el cabello a su hija y vistiéndola con la típica indumentaria de hombre. Con esta nueva imagen, la niña puede asistir regularmente a a la escuela, realizar actividades fuera del hogar y gozar de libertades negadas a las mujeres en esas naciones distinguidas por segregar al género femenino.

La práctica se inicia, por lo general desde lo seis años, que es cuando los chicos comienzan su instrucción escolar y persiste hasta la pubertad, etapa en que las niñas deben cumplir con el rito de los matrimonios arreglados, es decir, su actuación como niños comprende la infancia, después volverán a ser asumidas y tratadas de acuerdo a su condición biológica natural de manera abrupta.

Esta costumbre no discrimina entre clases sociales, educación, origen étnico y geográfico. No existen estadísticas de cuantas pequeñas se hacen pasar por niños.

Este hábito resulta interesante a muchas luces, pues mientras la idiosincrasia islámica fundamentalista es extremadamente rígida en algunas situaciones que considera irregulares (aborto, infidelidades femeninas), no se establece una prohibición para la situación de las niñas -varones, que son, finalmente, una mentira.

Esto se debe a que esa simulación representa una solución para esta cultura, donde los varones son mas valorados que las mujeres, porque pueden heredar nombre y apellido de los padres, de ahí que las familias sin hombres sean objeto de vergüenza y desprecio.

Sin embargo, este engaño genera confusión en las jóvenes, sobre todo porque llegada la pubertad tendrán que asumir el rol femenino que abandonaron por años, y se verán obligadas a aprender modales considerados adecuados para su género, y por ende, perderán las libertades obtenidas durante ese periodo de simulación por orden paterna.   

Afortunadamente en México no se conocen situaciones tan extremas como las anteriores, pero según el índice de Equidad de Género, la sociedad mexicana tiene un puntaje de 61 siendo el máximo 100, esto comprende actividad económica, poder y educación.

La escolaridad está en el 98%, lo cual indica que la disparidad se ha reducido considerablemente, pero en los otros rubros la diferencia sigue siendo importante. Las mujeres mexicanas no tienen que disfrazarse como hombres durante su infancia, pero participan menos en la economía y sus ingresos son inferiores a los de los caballeros, lo cual merece profunda reflexión.

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