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Una visita al mercado grande

Antes que iniciara la pandemia del Covid-19, en nuestro mundo y en nuestra ciudad ya hace más de 1 año, era costumbre del de la tinta trasladarse  por  la mañana del sábado del Poniente (donde habita)  al Oriente  de nuestra ciudad  en donde se ubica el hogar del de la letra con la finalidad de ver a su señora madre mientras estuvo con nosotros, y visitar a mi amigo y galeno de muchos años ya, Wilberth Herrera Celis, para hacerle una visita de cortesía, si es el caso consultar alguna dolencia y “chayotear” alguno que otro medicamento era costumbre que después de la visita a mi progenitora y del médico encaminarse  rumbo al mercado grande de nuestra ciudad. En esta ocasión usaré la primera persona a partir de ahora en esta nota. Cabe mencionar que esta era una actividad que hacía de manera quincenal más o menos, aún ya sin mamá o bien sin tener algún encargo del mercado, por el simple hecho de pasear.

Una vez encontrado un estacionamiento cercano al lugar de destino, procuro a paso lerdo y la vista por todos lados mi camino al mercado como si fuera atravesando la ruta del “camino jacobeo”.  Resulta para el de la tinta una visita sino esperada, siempre agradable ya que me espera en este edén, oasis o paraíso, una conjugación de colores, olores y sabores de nuestro Yucatán.

Pasando los kioscos, que recuerdo que en uno de ellos mi mamá nos compraba de vez en cuando los tenis para llevar a la escuela, los famosos de marca super Ivy, zapatería que por muchos años fue el rey de los tenis, aunque un poco más llegando a la plaza se encontraba otra famosa zapatería “se quema Romaaaaaaaaa”, estribillo de comercial.

Es un gusto pasar por los puestos de la tienda de dulces, sombreros y piñatas y entro a las fauces del mercado, cuyos colores no solo invaden mis sentidos, sino que los recuerdos se agolpan en mi mente. Llegar al cruzamiento de la 65 con El Siglo XIX es también una aventura poder pasar entre tanta gente (cuando no había pandemia) ya que hay una gran variedad de vendedores de frutas, de dulces, de calcetas, filos, ropa, cigarros, killer y uno que otro merolico, con sus grandes anuncios en el suelo tratando de llamar la atención a los transeúntes con el afán de poder vender algo de sus productos. La presencia d los prestidigitadores se encuentran de vez en cuando con el famoso juego de “donde quedó la bolita”.

El paso hacia la entrada del mercado es también un momento oportuno para recordar cuando íbamos a las oficinas de  Correos a depositar o recoger algún paquete por C.O.D. o bien cobrar algún giro en las oficinas de Telégrafos. Era un edificio muy bonito. Frente a él estaba la famosa papelería y librería El Correo, recuerdo sus forros para los libros.

También había la posibilidad cuando se acudía al mercado grande, pasar a los Portales de Granos para comprar alguna soga, o algún encargo de jarciería y ya estando por esos lugares, llegar hasta la librería y Papelería Teyde(tenía un espacio muy pequeño) no para comprar algo en ese lugar sino para ver si ya había llegado en su bicicleta el señor que vendía polcanes, los traía en unas bolsas o bien en cajas, los habían redondos sin chile y alargados con él. Y por ese rumbo se conseguían también las arepas.

Recuerdo que a edad corta a mi tía Rita(+) llegando con su bolsa del mercado trayéndonos -a mis hermanos también- algunos dulces y de manera lejana también viene a mi mente la figura de mi papá trayendo algunas frutas como sandía, melón, mamey, mango (que siempre procurábamos comer como lo dictan los cánones, chupando la pepita hasta que corra el jugo por el codo)  y algunos dulces también, recuerdo de manera muy nítida uno de ellos que se llamaba garganta o gaznate, hojaldrado relleno de crema.

Los puestos de las verduras, con colores verdes, rojos, morados y demás no solo me impregnan la retina, sino que también hacen que mis papilas gustativas comiencen su trabajo. La chicharra, la morcilla, los puestos cerrados de cochinita, el xix de sebo, los puestos invaden casi todo el espacio y las personas que acuden a comprar tienen que hacer maravillas para poder caminar. Así es nuestro mercado, jaulas, cerraduras, un lugar donde se reparan imágenes religiosas, a un lado, el derecho se puede entrar a un espacio en donde se puede encontrar un sinfín de recados de todos los colores, puestos de salbutes, panuchos y demás viandas.

Entrar al mercado grande es regresar al pasado, las personas son las mismas que venden huaraches, alpargatas, chanclas, el olor al cuero nos da una especie de nostalgia (los puestos casi siempre se heredan).  En un pasillo se encuentran las flores, las mestizas que venden tamales, ropa típica, dulces, santos y objetos religiosos y también para la magia y demás sortilegios, veo con tristeza que la tienda Tutul Xiu solo es una reminiscencia y la Conkalena, con mi amiga Aidita aún está presente. También hay puestos de revistas antiguas donde se encuentra de todo. También los puestos de bisutería o joyería de fantasía que ofrecen soguillas, rosarios estilo filigrana y una gran variedad de aretes de mestizas.

Los puestos de pescado frito, comenzando a crepitar el aceite, que debe ser como la vigésima vez que se usa, ya que el olor que despide es importante, pequeños puestos de granos, y a un lado se puede encontrar un espacio destinado a la venta de aves y animales, ayer pude ver aves de vistoso color y costoso precio como los agapornis y personatas, también cebritas, pájaros de la región, conejos, ratones bancos, gallinolas, codornices, toda una jungla en pleno mercado. Bay un apartado en el mercado grande donde se aprecian en palanganas de peltre o de plásticos cerros de colores que esperan al comprador, verdes, tojos, negros, cafés, me refiero a los condimentos.

El mercado grande tiene ramificaciones, unos pasillos nos conducen a espacios donde se pueden conseguir zapatos de cuero y las inigualables alpargatas, ya sean de diario o las de lujo xanaquehueles. Se puede desembocar en una parte dedicada a la venta de joyería de oro y delos pequeños puestos de reparación de alhajas.  También hay la opción de subir por una escalera de caracol que conduce a la parte superior del mismo donde se expende comida casera.

Ya me encuentro impregnado de recuerdos y olores, de sabores no porque no comí nada. Enfilo mi paso a la salida, veo a los vendedores de peines, cepillos, invisibles, vaselina, la famosa Alacranina y alguna que otra fruta como la manzana o las uvas, amén de las locales. Hago mi retorno al estacionamiento por los mismos pasos que hice para llegar al mercado.  

Sin lugar a dudas mis caros y caras lectoras, ir al mercado no es solo para comprar, sino para recuperar nuestro pasado y mantener vigente nuestros recuerdos. Ay que esperar ahora que  las condiciones sanitarias sean las propicias para retomar este camino o paseo y disfrutar de nuestra cultura en el Mercado Grande de nuestra ciudad, el “Lucas de Galvez”.

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