EntérateSororidad

Las aves del deseo

Me llamo Antonia de San Joseph y soy natural de las minas Tlalpujahua; hija legítima de don Joseph de León y de doña Petronila Ramírez; cuando entré en este santo convento era doncella… Tengo 28 años, poco más o menos.

Así comienza la confesión-declaración de 1693 de Sor Antonia, monja del convento de Jesús María de la ciudad de México ante Antonio de Aunsibay, juez provisor y vicario general del arzobispo. Aunsibay había recibido instrucciones de Aguiar y Seijas para que investigara lo sucedido en el convento sobre la escandalosa denuncia por la relación entre la religiosa con un sacerdote de la orden de San Agustín llamado Pedro Velásquez: …para que vaya y averigüe el caso, y estándolo, ponga presos a los susodichos y demás personas que parecieren culpados (…).

Antonio Rubial, producto de sus investigaciones en el Archivo General de Indias de Sevilla, nos relata en su libro “Los libros del deseo“ sobre el expediente marcado con el título: “Auto y papeles de un caso criminal de oficio de la justicia eclesiástica” y la impactante historia de amor entre Antonia y Pedro.

Su padre, un pequeño comerciante, logró juntar la dote necesaria para que Antonia fuera aceptada en el prestigioso convento de clausura de las Concepcionistas de Jesús María, tenía 17 años. Era común durante la época virreinal entre las familias entregar a alguna de sus hijas o hijos a los conventos y monasterios para ser educados por la Iglesia, asegurándoles con ello un “futuro” y la salvación de las almas de los demás miembros de la familia.

En los días previos a su entrada al convento, conoció a Pedro, un joven bastardo de un importante personaje novohispano que era aspirante a fraile Agustino. Aciago día para ambos, ya que aun cuando fueron escasas las horas que hablaron, ambos quedaron prendados el uno del otro.

Después de año y medio de estar viviendo en el convento, el destino, contra todas las posibilidades, hizo que se volvieran a encontrar. Siendo las concepcionistas una orden de clausura, Antonia no podía salir de sus instalaciones, no era el caso el de los frailes y sacerdotes, lo cuales tenían muchas libertades y hasta la posibilidad de ir a teatros, peleas de gallos y paseos por la ciudad, pero la oportunidad se dio en los festejos de la octava de Corpus de 1686. La procesión congregó a una multitud en los alrededores de la catedral, unos hombres a caballo con espada a mano abrieron la brecha para el paso de los alguaciles de la Real Justicia y después de estos a una multitud de danzantes ataviados con plumas y tocando clarines y trompetas; entre el bullicio aparecieron los gigantes de cartón representando a Moctezuma o Cortés y un enorme dragón conocido como la tarasca que simbolizaba a Satanás, el pecado, la idolatría. Continuaba el desfile con todos los gremios y cofradías siguiéndoles las corporaciones religiosas según el orden de su llegada a la Nueva España. Pedro tomó su lugar detrás de la cruz y de la figura de San Agustín.

Antonia se subió a la azotea del convento, a pesar de estar prohibido, para disfrutar la procesión, su mirada se cruzó con la de Pedro quien se encontraba en la acera de enfrente, se reconocieron y saludaron. Después de este encuentro, Pedro empezó a solicitarla en el locutorio, un espacio reservado para visitas de familiares, donde las pláticas eran cortas susurrantes y con la presencia de una monja siempre escuchando las conversaciones, fue así como iniciaron una relación prohibida que duró más de nueve años.

Continuar las pláticas a través del locutorio se volvió cada día más difícil, el arzobispo  Aguiar y Seijas, quien ha pasado a la historia como moralista,  por su extremo ascetismo y afecto a la mortificación constante de su cuerpo, pero sobre todo por sus obsesivas manifestaciones misóginas y en especial hacía las mujeres de los conventos, ya tenía bastante con los enfrentamientos con una monja del convento de San Jerónimo, Sor Juana Inés de la Cruz, por lo que dictó órdenes para restringir las visitas a las monjas de la Concepción y de San Jerónimo, bajo pena de excomunión. El pliego anotaba: “… (que), se cuiden de tales desmanes e inquietudes de malas amistades con el título de devociones con personas de cualesquier estado. Sobre todo las que más escándalo causan, que son las de dentro de dicha clausura que tienen las religiosas unas con otras, y estas con niñas seculares y con mozas de servicios, (evidentemente eran común las prácticas lésbicas) por ser de gravísimo inconveniente y notable escándalo (…).

A la joven monja enamorada no le costó mucho trabajo convencer a su protectora Sor Trinidad para que le permitiera a Pedro ocupar su casa ubicada al lado de la celda de Antonia, que su padre, un rico comerciante le había heredado a la monja. En un pequeño agujero, apto sólo para escucharse y permitir introducir sus manos, continuaron la relación, hasta que el deseo rompió y agrandó el orificio y Pedro pudo pasar a la celda de Antonia.

El secreto era demasiado grande para contenerse, Antonia dio a luz como fruto de sus citas clandestinas a una niña fuerte y saludable. Al llegar estos hechos a los oídos de Aguiar y Seijas, impuso un castigo a Antonia de severidad extrema: encerrada a perpetuidad en la celda de castigo.

No sirvieron las plegarias de algunos monjes para pedir se reduzca o suavice su condena, porque Aguiar y Seijas dejó escrito que aún después de su muerte nadie se atreviera a liberarla. De Pedro y la niña no sabemos cuál fue su destino, pero Antonia vivió 25 años sin ver la luz.

¡Cuántas “aves” de los conventos habrán soñado y deseado tener la libertad de volar! ¡Cuántos deseos se habrán sepultado en las paredes de las celdas! ¡Cuánto dolor se acalló! ¡Cuantas lágrimas de Antonia se esfumaron durante 25 años de encierro!

Laura Elena Rosado Rosado | Mexicanas por Descubrir

Originaria de Mérida, Yucatán es egresada de la Licenciatura en contaduría pública por la UADY y Máster en Grandes Religiones por la Universidad Anáhuac. Entre los cursos y diplomados que ha cursado se encuentran el Diplomado en cultura religiosa, historia, arte y religión en el área maya impartido por el CIESAS y la UNAM y el Diplomado en historia del arte universal por la Universidad Modelo. Es además, estudiosa sobre la historia de Yucatán con diversos cursos en el Centro Cultural Prohispen y el Colegio Peninsular Rogers Hall. Entre sus publicaciones se encuentra los libros “Llévanos en tu zabucán” y “En cuatro tonos de Rosado”. Ha participado también en publicaciones como el libro “Mujeres en tierras mayas” coordinado por Georgina Rosado y Celia Rosado Avilés y es frecuente colaboradora en diversos medios de comunicación impresos.

Deja un comentario

Volver arriba botón
error: Este contenido está protegido. Gracias.