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Como en un sueño

–¡Ni en Versalles me trataron tan bien!, Augurio.

–¿De qué hablas, Tuuskeep?

–¿De qué más? De que fui a vacunarme contra el Covid 19 el sábado pasado.

–¿A los Uinaited?

–¡No, hombre, cómo crees!

–A ver, boquea porque estoy confundido.

–No había ni sacado la otra pata del taxi en el que había llegado al Centro de Convenciones Yucatán Siglo XXI cuando dos personas, que portaban camisetas y gorras con el logotipo del Ayuntamiento de Mérida, me dieron amablemente la bienvenida y me indicaron, con modales suaves, como si hubieran estudiado etiqueta con Valentina Vales, hacia dónde me tenía que dirigir.

La verdad, yo iba preparado para lo peor, sobre todo después de enterarme del tumultuoso caos que se registró el primer día de vacunación, cuando una multitud se congregó allí en medio de gritos, empujones y mentadas. También había cargado mi sombrilla porque mi cita era a las 16 horas, cuando el calor está en su apogeo, y había previsto hacer una larga cola bajo el ardiente sol.

–¿Y qué pasó?

–Como te digo, primero me sorprendió la cordial bienvenida; segundo, que había una espaciosa carpa para protegerse de los rayos del dios Ra; tercero, encontrar el sitio casi desierto y cuarto, la agilidad y la comodidad con que transcurrió todo.

–¿Y cómo así?

–Bueno, pues escoltado por aquellos dos empleados, atravesé rápidamente la carpa, en la que unas cuatro o cinco personas llamaban por teléfono o esperaban a alguien, y me dejaron en la puerta de entrada. Allí, otra persona, pero con uniforme de la Secretaría de Salud del Gobierno del Estado, se puso de pie y me dijo educadamente:

–¿Me permitiría tomarle la temperatura?

Respondí que encantado y seis segundos después me informó que tenía 36.2 grados y que podía continuar mi camino; un colega suyo, que estaba a unos pasos de él, me ofreció, con gentileza, gel antibacterial. Caminé unos tres metros hasta un módulo donde había dos chicas de la Secretaría del Bienestar federal, quienes, después de darme las buenas tardes me preguntaron mi código postal y luego me colocaron en la camiseta una pegatina con un número.

Desde allí, otro empleado de la comuna meridana me acompañó durante varios minutos mientras recorríamos los amplios y frescos pasillos del centro de convenciones, rumbo al módulo de vacunación. Entusiasmado por aquella calidez, manifesté:

–¿De verdad hubo un caos aquí el miércoles pasado? Te lo pregunto por aquello de las fake news.

Luego de embozar una discreta sonrisa (lo supongo porque tenía cubre-bocas) respondió:

–Sin querer evadir nuestra responsabilidad, creo que se combinaron varios factores: llegó mucha gente que no le correspondía este módulo, también vinieron personas que ni siquiera eran de aquí de Yucatán, además de que quienes tenían cita a las nueve o diez llegaron desde las siete de la mañana. Ya sabe, la costumbre de ganar lugar y de llegar temprano. Aquello fue un verdadero problema.

–Bueno, la gente se comporta así porque le consta que en las instancias oficiales las cosas no siempre operan como se debe, dije.

–Sí, tiene usted razón, a veces no lo hacemos del todo bien ni facilitamos las cosas a los ciudadanos, respondió.

Confieso que la honestidad de aquel modesto empleado me impactó positivamente.

Llegamos al pabellón de vacunación, donde se despidió con toda cortesía. Tampoco ahí tuve que hacer fila pues inmediatamente ingresé, como lo habían hecho los que habían llegado antes que yo.

No es que no hubiera gente, sino que todo funcionaba perfectamente sincronizado. “Sin duda los involucrados aprendieron la lección después del miércoles y afinaron la logística”, dije para mis adentros, mientras nos asignaban a cada uno sillas plegables colocadas más o menos a unos tres metros de distancia.

Cinco minutos después, mientras disfrutaba del aire acondicionado, se me acercó un Siervo de la Nación para tomar los datos de mi credencial de elector y llenar con ellos la constancia de que recibiría mi primera dosis y que me servirá para que me administren la segunda.

El ambiente era relajado, tranquilo y las camas colocadas ahí para recibir a los enfermos graves de Covid, cuando se temía lo peor de la pandemia, invitaban a echarse una siestecita.

Luego de que aquel diligente Siervo de la Nación terminó su cometido, una enfermera y un enfermero pasaron a tomarnos nuestros signos vitales y anotaron los resultados en una hoja.

–Tiene Ud. 80/120 de presión y 98 de oxigenación, me dijeron.

–¡Como mandan los libros de texto!, manifesté exultante.

Noté en sus ojos una sonrisa y siguieron su camino. Instantes después, un par de enfermeras llegaron con una cajita azul que contenía las vacunas.

–¿Sabe Ud. qué vacuna le vamos a poner?, me preguntaron.

Contesté que sí, dije el nombre del laboratorio y entonces apareció la temible jeringa.

–¿Y las enfermeras no eran malencaradas como las del IMSS y el ISSSTE, Tuuskeep?

–Para nada, Augurio; al contrario, platicaban con nosotros como si fuéramos viejos amigos y para infundirnos confianza a los pacientes; con decirte que después de que llenaron la jeringa con el biológico ante mis ojos ni siquiera sentí el inevitable piquete.

–¡Dichoso!

–Bueno, pues después nos dieron un papelito en el que estaba escrita la hora en la que podíamos retirarnos del sitio, pues teníamos que permanecer allí 15 minutos, como medida de precaución. Como soy de naturaleza curiosa, le pregunté a una de las enfermeras:

–¿Ha habido gente que se ha desmayado después recibir la vacuna?

–No lo va usted a creer, el único que se mareó fue un médico que conocemos.

Todos nos reímos. Las enfermeras nos informaron sobre qué reacciones se podrían presentar, nos indicaron qué medicamento tomar, en su caso; y, asimismo que siguiéramos con nuestra rutina, dieta y medicamentos acostumbrados. Lamenté no haber podido estrechar la mano a todas aquellas personas que nos atendieron con esmero, ya que las normas no lo permiten por ahora.

Después de esperar los 15 minutos reglamentarios, salí del Centro de Convenciones para tomar mi camión y regresar a mi casa, pues no iba a gastar otra fortuna en taxis. Mientras me encaminaba a la salida me pellizcaba repetidamente diversas partes del cuerpo para cerciorarme de que aquella experiencia inusitada no era un sueño sino una palpable realidad.

Entonces llegué a esta conclusión: si el presidente de la república, el gobernador del estado, el alcalde y sus empleados se coordinaran siempre como lo hacen ahora en la coyuntura sanitaria y electoral, y controlaran debidamente a sus propagandistas espontáneos o pagados, las condiciones de este país serían definitivamente mejores. Sin embargo, la experiencia nos dice que no será así. Lástima.

Un Comentario

  1. Lo mismo digo ,todos muy ables hasta el ejército y los federales encantadores será posible que solo en estás ocasiones seamos verdaderos hermanos

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