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Como Leona

No todos tienen la suerte de llevar como tarjeta de presentación un nombre afín a su personalidad. Existen “Justos” poco equitativos, “Inocencias” nada ingenuas, “Luises” con escaso lustre y “Leticias” sin alegría. No es el caso de María de la Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador, conocida simplemente como Leona Vicario.

Con gran justicia el Honorable Congreso de la Unión declaró al 2020: Año de Leona Vicario, Benemérita Madre de la Patria. Es bueno que los mexicanos recuerden que no sólo hombres que han escrito su nombre en la historia, también existen mujeres que por su arrojo y valentía escribieron el suyo en ella. Inteligente, educada, instruida en historia, literatura, bellas artes, religión y política, Leona fue además, como si le faltaran atributos, la primera periodista y corresponsal de guerra del país.

Tuvo la suerte de ser hija de un matrimonio que creía en la educación de las niñas, ayudándoles el natural talento, vigor y energía de Leona, a pesar de haber nacido a fines del siglo XVIII, un 10 de abril de 1789 en la ciudad de México, donde sólo existían colegios, para menos del 10% de la población femenina de la ciudad.

intura al óleo: Don Gaspar Vicario y familia, 1793, de Domingo Ortiz. Leona tenía 5 años.

Siendo una joven de 18 años Leona perdió a sus queridos padres, pasando a ser tutelada por su tío materno, don Agustín Pomposo Fernández de San Salvador, doctor en leyes.

No sólo educación le legaron sus padres, sino también una cuantiosa herencia (cien mil pesos oro dicen los cronistas) y pronto le surgieron pretendientes. El elegido por el tío Agustín fue un joven muy prometedor, militar, minero, abogado y sobretodo miembro de una familia opulenta de León, Guanajuato: Octaviano Obregón.

Se firmaron las correspondientes capitulaciones matrimoniales, no obstante, la promesa de casamiento no llegaría a cumplirse. El padre de Octaviano apoyó la conspiración de un grupo de criollos que inició un movimiento independista en la madrugada del 16 de septiembre de 1808 que fracasó, por lo que el prometido de Leona tuvo que emigrar a España. No regresó a cumplir con su compromiso, cosa que no le causó pena a la novia, ya que se había enamorado de un joven yucateco, Andrés Eligio Quintana Roo, quien había llegado a la ciudad de México para recibirse de abogado.

Andrés conoció a Leona en el despacho de Agustín Pomposo donde hacía sus prácticas, pronto se identificaron por su inteligencia y sus afines deseos de lograr la independencia de México. Estalló la guerra encabezada por Hidalgo y Allende en 1810 y ambos se integraron al grupo secreto de Los Guadalupes, que apoyaban a los insurgentes. A pesar de apreciar al joven yucateco, don Agustín le negó rotundamente su solicitud de matrimonio con Leona, ya que era un convencido realista y no aprobaba los intentos independistas. La pareja tuvo que separarse, ya que Quintana Roo se enlistó en el ejército, abandonando la capital y trasladándose al campo del abogado Ignacio López Rayón, en Michoacán.

Leona no tardó en establecer una dinámica correspondencia con el campo insurgente en donde los alentaba y, sobre todo, les informaba las noticias de la capital con aportaciones personales, les enviaba diversos recursos en dinero, medicinas, y otros enceres. Como era de esperarse ante tanta exposición, pronto se descubrieron sus acciones al confiscarse en febrero de 1813 un paquete con sus cartas, así como dos pistolas.

Leona, puesta sobre aviso, escapó de la ciudad de México y se refugió en un pequeño pueblo de Tacuba. Sus tíos, Agustín y Fernando solicitaron al virrey un indulto para su sobrina. Después de localizarla y persuadirla a regresar a la capital, la dejaron en calidad de depósito en el colegio de Belén de las Mochas. Días después, en las piezas secretas del colegio se le inició un proceso por la Real Junta de Seguridad y Buen Orden. Pero, ella se mostró en los interrogatorios siempre altiva, se negó a denunciar alguno de sus amigos insurgentes y a revelar la identidad de los seudónimos del grupo. A pesar de no obtener gran cosa en los interrogatorios, el juez la declaró culpable y quedó formalmente presa en el colegio; sin embargo, los insurgentes prepararon un rescate y, después de estar cuarenta y dos días recluida, la noche del 23 de abril de 1813 la sacaron del colegio. Días después disfrazada y maquillada como una negra “haraposa”, escondiendo una imprenta bajo su falda y unos huacales de legumbres, logró salir de la capital y dirigirse al sur.

El trayecto estuvo lleno de peligros, a lomo de burro o caminando durante largos y difíciles senderos y durmiendo en petates, logró reunirse con el grupo insurgente. El general Morelos le envió una carta en donde le hacía saber que: “ahora se encontraba libre y protegida por las alas del águila mexicana”, mientras el gobierno la declaraba traidora y le confiscaba todos sus bienes. Al poco tiempo de llegar, se casó con Andrés quien no tenía cualidades militares, pero se distinguió por su pluma y participó en el recién nombrado Congreso de Chilpancingo.

Años difíciles, 1814 y 1815, tuvo que sortear la joven pareja, en medio de la guerra y con muchas necesidades, durante los cuales Leona se distinguió por su fortaleza, curando a heridos, cocinándoles o animándoles en las derrotas, al mismo tiempo que colaboraba en los periódicos, “El Ilustrador Americano” y el “Semanario Patriótico Americano”.

Poco a poco la lucha por la Independencia fue perdiendo todas las plazas y todas las batallas, muchos de los insurgentes fueron desertando. Le ofrecieron en varias ocasiones el indulto, tanto por trámites de sus tíos, como las de un jefe realista amigo de su padre y siempre se negó. Durante el siguiente año de 1816, el matrimonio se mantuvo huyendo y refugiándose en montes, cerros y barrancas, aun cuando Leona se encontraba embarazada.

El 3 de enero de 1817, dio a luz en una cueva en tierra caliente, con todas las carencias que una recién nacida y la madre podrían soportar. Andrés y Leona bajaron a los tres meses al poblado más cercano cargando un huacal donde llevaban a su hija y la bautizaron con el nombre Genoveva. El escondite y fuga de la pareja y la pequeña se hizo cada día más difícil. Leona intentaba dar ánimo a Quintana Roo, quien estaba muy preocupado y desilusionado, observando la triste y desesperada situación de su esposa e hija, con hambre y vistiendo harapos.

En marzo, Andrés visualizó que se acercaban tropas realistas comandadas por antiguos insurgentes y sin el consentimiento de Leona, de acuerdo con la creencia popular, escribió una carta pidiendo el indulto, la dejó en el escondite que habitaban y huyó antes de que llegara el enemigo, seguro de que él sería inmediatamente pasado por las armas y a Leona y su pequeña hija, les respetarían la vida. Tal sospecha se cumplió, probablemente por el respeto que les inspiraba Leona, pero pronto se arrepintió de haberlas abandonado y escribió una carta al virrey donde pedía perdón, se entregaba y juraba que trabajaría para el gobierno, consiguiendo el perdón con la condición de salir para España en calidad de desterrados. No llegaron a viajar, por falta de dinero y porque el gobierno no quiso sufragar el gasto, estableciéndose finalmente en la capital mexicana con muchas carencias y necesidades.

Fue así como llegó el año de 1821 en el que Agustín de Iturbide consumó la independencia de México cambiando la suerte de Leona, ya que a Andrés se le invitó a colaborar con el que se proclamaría rey. No estuvo exento de problemas sus años posteriores en los que Quintana Roo se enfrentó a diferencias con los gobiernos que se sucedieron y donde, como era su costumbre, Leona defendió sus ideales contestando con valentía y arrojo a los ataques a su persona, como cuando contestó a Lucas Alamán el artículo periodístico en el que ponía en duda su patriotismo al calificar sus acciones como “heroísmos romanescos” y de “pasiones propias del bello sexo”, escribiéndole una carta en la que, entre otras cosas, le dice:

“…Confiese usted señor Alamàn que no sólo el amor es el móvil de las acciones de las mujeres; que ellas son capaces de todos los entusiasmos, y que los deseos de la gloria y de la libertad de la patria no les son unos sentimientos extraños; antes bien suele obrar en ellos con más vigor…”.

Leona Vicario

En este año del 2020 queda más que demostrado ese entusiasmo y vigor de las mujeres del que habla nuestra heroína. Han tenido que enfrentar una pandemia en la que han demostrado ser, en muchas ocasiones, el pilar que sostiene las bases de sus hogares, enfrentando la angustia y temor a lo desconocido, al aislamiento y el vivir una “nueva normalidad”, ayudando como doctoras y enfermeras, o sacando adelante la educación de los hijos y la economía maltrecha, entre muchos otros retos nuevos que se le han presentado.

Hoy sería justo que muchas mujeres antepusieran o agregaran a su nombre, a manera de tarjeta de presentación, el de Leona.

Laura Elena Rosado Rosado | Mexicanas por Descubrir

Originaria de Mérida, Yucatán es egresada de la Licenciatura en contaduría pública por la UADY y Máster en Grandes Religiones por la Universidad Anáhuac. Entre los cursos y diplomados que ha cursado se encuentran el Diplomado en cultura religiosa, historia, arte y religión en el área maya impartido por el CIESAS y la UNAM y el Diplomado en historia del arte universal por la Universidad Modelo. Es además, estudiosa sobre la historia de Yucatán con diversos cursos en el Centro Cultural Prohispen y el Colegio Peninsular Rogers Hall. Entre sus publicaciones se encuentra los libros “Llévanos en tu zabucán” y “En cuatro tonos de Rosado”. Ha participado también en publicaciones como el libro “Mujeres en tierras mayas” coordinado por Georgina Rosado y Celia Rosado Avilés y es frecuente colaboradora en diversos medios de comunicación impresos.

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