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Los valores de Un pacto y un pleito

Una novela que aúna la intriga con la descripción de costumbres y la crítica social, aun cuando esté encajado en los moldes narrativos predominantes en su tiempo, es Un pacto y un pleito, de Gerónimo Castillo, publicada en 1849, y que es de interés traer a cuento en este año en que se conmemora el bicentenario de la Consumación de la Independencia.

La novela se ambienta en el Yucatán de 1813, con retrospección a 1800, es decir, en los tiempos finales de la época colonial. Por ello, algunas acciones están condicionadas a las luchas de Independencia en otras regiones del país, aunque subyace también el tiempo de la escritura, que es el de los primeros años de la Guerra de Castas, por lo cual hay críticas sutiles a la situación de los indios sirvientes. Un autor en esa época no podía ser demasiado abierto, pero sí tenía recursos para hacer referencias oblicuas al estado de cosas.

Un pacto y un pleito Portada

Publicada como folletín que en algún momento se interrumpió y luego se reanudó, la novela centra la intriga en un conflicto de índole civil: un inusual pacto que realizan dos matrimonios adinerados y sin hijos y que está condicionado por los factores de muerte de los cónyuges y de su posible descendencia.

Cada uno de los cuatro cónyuges –tanto varones como mujeres- entrega la cantidad de 3 mil pesos a un comerciante para que invierta ese total inicial y haga generar dividendos. A fin de cuentas, luego de once años, la cantidad ascenderá a más de 60 mil pesos, y despertará la ambición de don Alberto Montesdeoca, violando el pacto hecho con don Claudio Barberi y su ya fallecida esposa y forzando la condición de madre de Serafina Saso, cónyuge de aquél.

Causa extrañeza el hecho de condicionar la descendencia para obtener la ganancia mayor en un negocio –que tener un hijo implique perder capital- y, por otro lado, la actitud de Alberto de acusar alevosamente a su esposa de adúltera con tal de conseguir mayores ganancias en el pacto.

También llama la atención que en la enumeración de los dividendos se mencionen de modo descendente pesos, reales y granos, esto último indicando que aún se usaba el cacao como moneda, incluso en la contabilidad de la clase dominante.

La novela inicia en un ambiente de suspenso en vísperas de Navidad, cuando la partera Nicolasa Treviño es llamada de noche misteriosamente y amenazada por un cochero para que elija entre un puñal y una bolsa. Ella, llena de miedo, accede a esto último y tendrá que ir a ocuparse del parto con los ojos vendados con un pañuelo de batista. Llega a la recámara de la casa a ciegas y cuando le quitan la venda se encuentra con la mujer parturienta y una criada, ambas con antifaces.

El parto es exitoso y la criatura es varón. Al salir, Nicolasa se las ingenia para dejar una marca de dos cruces a carbón en el marco de la puerta y regresa a su casa del mismo modo en que fue llevada, aunque al cochero se le olvida pedirle de regreso el pañuelo, que ella luego verá que tiene bordadas unas iniciales.

Al día siguiente, le dejan en la puerta al bebé, con una respetable cantidad de dinero para su manutención y compensación de gastos así como un par de documentos (uno de ellos en una especie de clave) y le piden que lo bautice como hijo expósito. A partir de esos indicios ella podrá encontrar la casa de las dos cruces para tener la certeza de quiénes son los responsables de esa anómala situación.

 En esta obra se describen costumbres yucatecas de la vida diaria como el trabajo de las parteras; la celebración navideña en el Paseo de la Alameda (con todo y consumo de bebidas alcohólicas); un velorio (el cual incluye juego de azar ilícito y expresión de groserías); la boda de un rico peletero en el barrio de San Cristóbal, con descripción de usos barriales, sobre todo de tipo territorial en cuanto a los forasteros que enamoran y a la música y baile popular; también la labor en la hacienda ganadera, la hierra y la descola, con sus rituales – donde la dueña de la hacienda, Serafina, hace la última hierra-, con el pago por deudas, como forma de explotación al indígenas y la consiguiente sumisión de éste y la vaquería. En un pasaje en forma dialogada, casi de sketch teatral, se hace una crítica sutil de las condiciones de los trabajadores indígenas y los injustos pagos a que se ven expuestos.

 Hay descripción de interiores de casas así como de las quemas, tanto en la hacienda como en el momento en que Alberto va a cazar. Se narra también el tema del espía danés Nordingh de Witt, con incidencia indirecta en un suceso importante de la novela.

Asimismo, se observa la forma de proceder en el litigio, incluyendo al papel de los alcaldes segundos y de los “hombres buenos” (mezcla de defensor y testigo), así como del procedimiento de conciliación. La acción se desarrolla bajo la legislación de la Constitución de Cádiz y se hacen críticas al tema de la protección de la propiedad y a las insuficiencias de la legislación de la época, con remisión a los tiempos de escritura del relato.

La legalidad y la ilegalidad se interconectan para los fines de impartir justicia como se percibe en el hecho de recurrir a Marcial Socobio, criminal ampliamente reincidente, y a María, criada traidora a sus patrones, todo lo cual es justificado por el honesto don Cristóbal, quien los contrató.

El desenlace sigue una lógica que integra las acciones legales e ilegales que son motivo de la trama, la voluntad personal de los personajes y la intervención de la Providencia, pues hay un fondo moral y religioso en la novela. El orden se reestablece bajo un sentido de castigo divino de las culpas y de armonización. Por ejemplo, parece haber un fatalismo respecto a la condición de delincuente de Marcial, a quien al final, como castigo, alistan como soldado. La novela concluye con una digresión acerca del canónigo y jurisconsulto Domingo López de Somoza para justificar el destino final del niño expósito, reintegrado a su familia.

Esta novela tan llena de elementos de interés sólo se ha publicado dos veces: en 1849 por entregas en El Registro Yucateco y luego como libro por la Editorial Yucatanense en 1948, con prólogo de Víctor M. Suárez. Sería conveniente que existiera una versión digital de esta novela o una nueva edición impresa.

Jorge Cortés Ancona

Licenciado en Derecho, con Maestría en Cultura y Literatura Contemporáneas de Hispanoamérica. Es egresado del Doctorado en Literatura de la Universidad de Sevilla con una tesis sobre teatro y boxeo, y cuenta con un DEA (equivalente de maestría) de la misma institución. Ha impartido clases y cursos en diversas instituciones educativas y culturales sobre literatura e historia de las artes visuales. Ha escrito numerosos artículos y entrevistas sobre temas culturales y figura en varias antologías de poesía.

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