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El sueño por contagio: El lector y sus mundos

Por el expansivo entusiasmo que derrocha en textos como “La vida novelada de Rosario Castellanos”, “Mujeres a la orilla de una página” o “El extraño síntoma de la mujer lectora I y II”, pero también por su capacidad persuasiva en  “La inevitable fecha de caducidad”, “Elena Arizmendi: amante y líder”, “Vampiros que incitan a la lectura”, “Cartas a un escritor” y “El canto perenne del ruiseñor”, entre muchos otros altamente recomendables, El lector y sus mundos, de Rosely Quijano León, está destinado a convertirse en una guía literaria y en un referente en el arte de reseñar al menos en el sureste de México del siglo XXI.

A caballo entre el ensayo personal y el análisis académico, la reseña es el género periodístico que depende de un único tema para poder existir. Los demás géneros, por el contrario, son y se cumplen al margen del asunto que elijan para desarrollarse. Un ejemplo: ya sea policial, histórica o de asuntos cotidianos, la crónica siempre será ella por su propia estructura y no por la diversidad de sus contenidos. La entrevista se asumirá conversación de fondo sin importar quién sea el entrevistado o el tópico que ese entrevistado aborde. En contraste, la reseña sí depende, para ser, de un asunto concreto: la cultura y, en específico, las artes. En ese sentido, El lector y sus mundosse especializa en las letras, pero, sobre todo, en la misteriosa sensibilidad de quienes somos lectores. Esta es precisamente una colección de reseñas dedicada a la literatura y a la lectura como ejercicio intelectual y de gozo íntimo.

Breve, sencilla y sincera al mismo tiempo, la prosa de periodismo cultural de Rosely Quijano se mueve entre dos hemisferios. Es didáctica y lúdica, así como subjetiva y objetiva en su forma de exponer las virtudes de un libro o de los escritores y de las escritoras que examina. No hay complacencia fortuita. Hay espontaneidad y empatía, ganas de contagiar un sueño, cuando así se requiera.

Aproximémonos a un acto de humildad de la autora: “Todos estos textos han sido escritos con la finalidad de que quienes los lean sientan las ganas o el mismo entusiasmo que yo para leer los libros que comento, que les nazca la curiosidad por encontrar esos mundos que habitan en los libros y que he descubierto a lo largo de muchos años como lectora”.

Con esta reflexión, en la apertura del libro, la escritora no solo rinde su declaración de principios estéticos, sino que nos indica el tono y el temperamento que gobiernan todos los apartados de la obra. Viéndola bien, esta pieza podría pasar como una especie de autobiografía literaria de esta lectora avezada, profunda cazadora de frases, de epígrafes, siempre susceptible al magnetismo de la verdadera poesía. Pocas veces tenemos la oportunidad de asistir a las vicisitudes y al ánimo privado del ámbito de los lectores como en esta ocasión.

Regularmente se publican libros acerca de las consideraciones de los escritores con respecto a la producción de sus colegas, todo ello examinado desde una perspectiva artística y nunca desde la genuina emoción de quien lee por el simple hecho de disfrutar una historia, un idioma y un estilo de nombrar las cosas.

Rosely, en cambio, suele alternar ambos aspectos: estudia, desmenuza y sopesa la materia que la ocupa, mientras se conmueve, se inspira y se estremece por el vendaval irrepetible de una buena novela, de una biografía o de un ensayo científico.  Así nos lo hace sentir en este pasaje: “La lectura debe ser mucho más que un hábito, un tema de moda o un discurso oficial, debe ser la gota que alimente el espíritu y la tinta que se cuela por las venas”.

El lector y sus mundos está dividido en cuatro capítulos, cuyo argumento central e implícito es la defensa sin cortapisas que la escritora emprende en favor de la propia lectura, del libro como objeto inherente a la historia de la humanidad, de la importancia actual de la literatura infantil y juvenil, del papel fundamental de un grupo heterogéneo de escritoras y sus respectivas obras, así como de ciertos títulos y autores para ella significativos.

Este libro es, en realidad, un diálogo con todos los lectores que cada uno de nosotros lleva dentro, porque en el fondo somos demasiados mundos. Y no somos los mismos a la hora de leer a Jorge Volpi que a Rosa Montero, a Luis Bernardo Pérez y a Guadalupe Loaeza o a Manuel Tejada y a Carlos Martín Briceño. Cada libro, cada voz y cada pluma nos da la posibilidad de ser otro no solo durante el propio ejercicio de la lectura, sino después, cuando seguimos leyendo interminablemente el sedimento que la palabra exacta deja en el corazón. De hecho, no seremos los mismos luego de vivir este libro de Rosely.   

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