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Los mininos

      No me gustan los gatos, es más, me incomoda su apariencia, y también me producen miedo. Desde cualquier distancia, recelo que me lanzarán un zarpazo. En cambio, en un zoológico puedo contemplar a trecho cercano otro tipo de felinos, y sus semblantes me parecen sumamente hermosos: jaguares, tigres, leopardos, panteras, pumas…

   Ignoro la razón de este padecer, no tengo recuerdos negativos de infancia que lo avalen. Es tanta la aprensión que, una vez, Roldán Peniche Barrera envió por fax una colaboración a Cariátides y era necesario transcribirla. En rápida ojeada, el tema correspondía a los gatos y no pude afrontar la lectura. Fui a la oficina de Luis Edoardo Torres a pedir el favor de que pasara el texto en su computadora para poder sacar las copias correspondientes.

   Cuando visito una casa que no conozco, pregunto si hay gato. Si hay, y la persona es bien educada, lo retira durante el tiempo de mi estancia. Si es descomedida y me dice “ay, pero mira qué lindo, es mi bebé” y me lo acerca, salgo corriendo y no regreso jamás.

     Durante un tiempo fui cliente de un estilista llamado Jorge, muchacho soltero que tenía un impertinente gato amarillo. Una ocasión, entró al salón de belleza y comenzó a brincar entre mesitas y espejos. Horrorizada, le propuse a Jorge que escogiera: su gato o yo.  Y con seriedad de tótem apache, contestó silabeando: mi-ga-to. Me muero de la risa mientras lo recuerdo con simpatía, y celebro su actitud fraternal hacia la mascota, pues, finalmente, yo solo era una asidua a su salón, y el gato, su compañero de vida.

  A pesar del previo conocimiento de que en Turquía se tiene devoción, primero por los gatos y luego por los perros, y que estos andan por todos lados con absoluta desenvoltura, realicé con mi familia inmediata un inolvidable viaje a Estambul.

     Como fruto natural de un país con milenaria civilización, los turcos demuestran sensibilidad y respeto, encargándose de alimentar a los animales callejeros, dejando comida y agua en los contenedores ubicados para el efecto, cada dos o tres cuadras. Los perros tienen insertado un chip localizador que indica al Ayuntamiento cuándo les toca supervisión y vacuna.

  En el Estambul asiático, en el hermoso barrio Kuzguncuk hay señalamientos de tránsito con imágenes, indicando preferencia de paso a estos mamíferos domésticos. Están tan bien alimentados, que se contonean con lentitud. En nuestras caminatas, mi yerno Alejandro advertía: ¡gato a la vista! para que yo desviara el paso, pero luego me acostumbré a que estaban amodorrados o cargados de peso, y daba tiempo de evadirlos sin temor.

   Los propios expresaban veneración por las gatas bizcas que custodiaban el Museo de Santa Sofía: tan acostumbradas a los flashes de los turistas, ya sabían ponerse en pose y girar hacia a las cámaras. Murió Kizim en 2019 y quedó reinando Gli.

  El año pasado, se armó un conflicto con el destino de Gli. Se murmuraba que sería desalojada de aquel altar de honor, al transformarse el museo nuevamente en Mezquita. Sobraron agrupaciones y gente disputando su custodia. En definitiva, el gobierno decidió que la minina permaneciera en Santa Sofía, fuese museo o templo religioso, simplemente, porque ese era su hogar. Una excepcional muestra de cultura.

   Admiro a quienes tienen la capacidad de cuidar y proteger a todo tipo de animales. Mi rechazo no representa incomprensión, pues no hay motivo para desear daño a seres indefensos. Únicamente, no soy afecta a ellos. (Aquí entre nos, confieso, el único gato al que irremediablemente he amado, y lo haré para el resto de mis días, es a Tom, el de Jerry). En cuanto al tema de hoy, es producto de una frase que leí hace dos semanas: “Los perros nos ven como dioses, los caballos como sus iguales, pero los gatos nos miran como si fuéramos sus súbditos”. (Winston Churchill).

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