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Las tradiciones del Viernes Santo

La Semana Santa con mi Chichí, culminaba con las actividades de Viernes Santo. Ese día, después de almorzar el reglamentario potaje de lentejas con huevos reventados, mi Chichí me bañaba y me vestía muy formal para ir a Catedral, en cuyo atrio se nos unía Tití. En las inmediaciones de la Plaza Grande, se movía una gran multitud de gente que estaba terminando los Monumentos o Estaciones, multitud que se multiplicaba por la concurrencia de otra no menos grande de vendedores de toda clase que ofrecía sus productos a los viandantes. En una sola cuadra, uno podía encontrar gente que vendía lo más variado que la imaginación podía concebir. La mujer con su palangana de peltre que ofrecía unos sencillos pero deliciosos dzalbutes de carne molida con su salsa y su mojo de cebollas. Los infaltables kiberos, con sus vidrieras repletas de kibis llenos de aire, pero que con el curtido de repollo y chile habanero, sabían a gloria. Otros más, ofrecían polcanes, de esos pequeños y duros, rellenos de pepita, cilantro e ibes,  popularmente llamados piedras. No faltaban los dulces tradicionales, como camote en almíbar o yuca con miel. Cada uno pregonaba su producto con una voz fuerte y sonora, que sumada al bullicio de la gente, hacía de la Plaza Grande un verdadero mare magnum. Al fin, llegaba Tití y entrabamos a Catedral a los oficios de Viernes Santo que ocupaban prácticamente el resto del día.

Entrábamos a la Catedral que estaba materialmente abarrotada de gente, y con los buenos oficios de Chichí y Tití siempre conseguíamos un buen lugar en la nave central. La majestuosa voz del órgano monumental anunciaba el inicio de la liturgia; en el altar mayor  se hacían presentes todos los canónigos del sínodo de la Catedral, precedidos del ceremoniero que, agitando el enorme incensario de plata, aromaba todo el ambiente del templo. Con gran pompa, hacía su solemne entrada su Ilustrísima, el señor Arzobispo Dr. Frenando Ruiz Solórzano, y con ello daba inicio la primera liturgia, que consistía en la prédica de Las Siete Palabras. De inmediato, daba comienzo la liturgia correspondiente a la crucifixión y muerte del Señor, la cual era seguida con una solemnidad que se sentía flotar en el aire que parecía vibrar de emoción, como la feligresía toda que, de rodillas, se conmovía hasta las lágrimas, Chichí y Tití, las primeras. Algo que me causaba una profunda impresión, era que, en toda esta ceremonia, la voz de las campanillas que anuncian los momentos más solemnes, cómo la consagración, era sustituida por la grave voz de una gran matraca de madera, que daba a estos instantes un acento grave y conmovedor. Las liturgias del Viernes Santo, revestían la solemnidad más profunda que uno pudiera concebir para ninguna otra ceremonia dentro de cualquier otra ocasión.

Había un receso, y la lúgubre voz de un tambor tocando un redoble fúnebre, que se hacía más dramático porque se tocaba con el parche inferior del instrumento de percusión, anunciaba el inicio del Santo Entierro, que avanzaba por las naves de la Catedral con una solemne lentitud. Todos quienes llevaban en andas el ataúd del Cristo muerto y la gran figura de la Virgen Dolorosa, parecían avanzar arrastrando los pies para dar cada paso, como si cada uno significara un profundo dolor en el alma misma. El Santo Entierro, iba avanzando entre las abundantes lágrimas de la comunidad, que de rodillas y con la cabeza baja, acompañaba el profundo dolor de la Virgen Madre, a su paso por todas y cada una de las tres naves del señorial templo, la Catedral más antigua de América en tierra firme. Siempre me dejó una opresión en el fondo del alma, las sinceras lágrimas que Chichí y Tití derramaban en estas solemnidades, pues eran producto de sus creencias más entrañables. Terminado el Santo Entierro, salíamos de la Catedral, y Tití se apuntaba un diez al decir: “Vamos, les invito a un sorbete y un dulce en el Colón”, hacia la tradicional sorbetería nos encaminábamos, para deleitarnos con un rico mantecado, acompañado de un Niño Envuelto o un sin par Cono Envinado. La estancia en El Colón, era sólo un intermedio para la última solemnidad del Viernes Santo, que habría de concluir en El Jesús o Tercera Orden.

Terminados sorbetes y dulces, salíamos del Colón hacia Tercera Orden, para asistir al Rosario de Pésame a la Virgen. El templo del Jesús, es uno de los más majestuosos de la ciudad, tiene unas lámparas de fino cristal de Bacará de las más bellas de Mérida, y poseía uno de los órganos eléctricos más completos de cuantos hay en las iglesias de la ciudad, pues contaba hasta con un campanólogo tubular, y en todas las ceremonias que se efectuaban allí, siempre se contaba con música selecta. La organista oficial era la maestra Libertad González Villanueva, una excelente virtuosa del teclado, y reunía para las ceremonias un amplio grupo de cuerdas y voces. En las cuerdas participaban Don Luis G. Garavito y su esposa Elda Luján, al chelo Mimí Concha y completaba el grupo Don José María Barrera con el contrabajo. El grupo de voces era encabezado como cantante principal por la gran soprano dramática Guadalupe Álvarez. El Rosario de Pésame a la Virgen transcurría entre música de un profundo espíritu dramático y muy conmovedora, y la multitud reunida en el templo lo seguía con verdadero fervor. Cerca ya de las ocho de la noche, el rosario concluía y con él las actividades del Viernes Santo. Al salir del Jesús, Chichí decía: “Bueno, creo que nos merecemos comer algo”, y nuestros pasos se encaminaban a la lonchería de “El Popular Chino”, donde el Viernes Santo terminaba entre deliciosos panuchos y dzalbutes, acompañados de deliciosa horchata con coco. Recuerdos de una lejana infancia que viven con gran fuerza en mi corazón.

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