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La Muerte de Victoria

La muerte de la mujer Salvadorena llamada Victoria, a manos de unos policías, silenció mi memoria. Se oscurecieron todos sus puntos focales, dejando una sola abertura donde se escabuía la luz de una breve pregunta: ¿por qué de esa manera? Estoy claro que la agresión hacia una mujer no debería de existir, pero la realidad a ese nivel, en esa circunstancia, no la manejamos ni usted ni yo o nuestra colectividad. Sucede como un hecho irrefrenable de condiciones mentales inexplicables.

Me pregunté, por qué le aplastó el cuello. ¿Por copiar a aquel policía americano que lo hizo antes que él? ¿A qué se debe la similitud de esa acción criminal? Al parecer nos olvidamos con frecuencia que los entrenadores de nuestros policías son profesionales contratados de Estados Unidos. En esa relación encontraría explicación al parecido entre una agresión y otra. Pero, siempre nos olvidamos que las condiciones de un país y otro son totalmente diferentes. En USA, la población puede andar armada y entonces se puede agredir radicalmente a la policía. Eso no sucedería con facilidad en nuestros lares.

¿Qué hacer? ¿Qué deben hacer los policías en situaciones donde se detiene a una mujer? Desde el silencio y la oscuridad de mi mente, la tristeza pues, viene un recuerdo tanto elemental como eficaz. Antiguamente, ante cualquier agresivo ciudadano, los policías esposaban al susodicho y lo inmovilizaban. Lo metían al carropatrulla y de ahí, al calabozo. Cuando el grado de agresividad de tal persona era muy fuerte, se le esposaban los tobillos también. Esas eran maneras policiales que mostraban algún grado de respeto a la integridad física de cualquier detenido. Ese manejo debería ser recuperado por los guardianes del orden.

El caso de Victoria, debe servir de punto de partida para realizar un análisis serio, apartidista, alejado de las empatías de género y similares. Y entrarle al origen del problema, al punto de partida que es la situación económica de su país y la política de su presidente. No hacerlo significa ayudar a evadir una responsabilidad al mandatario político. Pero hay otro aspecto notorio y novedoso: esas mujeres que llevan a sus hijos como escudos para experimentar la adversidad. Hay que prohibir ese exceso.

La mayoría de mi familia lleva vida en los Ángeles, California. Mis hermanas nunca tuvieron necesidad de una cosa semejante. Se iba el marido a trabajar duro para mandar dinero y sostener la casa de aquí, mientras juntaba lo necesario para llevarse a su esposa. Lo que sucedía al poco tiempo. Más adelante la abue, se convertía en la responsable de llevar de uno en uno, a los hijos de su hija. Y así, hasta reunir a la familia completa. Nunca expusieron a nadie. Jamás explotaron nada sentimental. Y se fueron de Yucatán por las mismas razones, por las que lo hacen los emigrantes de cualquier parte del mundo.

Esta muy bien elevar las voces, exigir justicia, demandar castigo para los agresores. Alzar la voz en nombre de los feminicidios, no resuelve el problema de fondo. Se debe exigir internacionalmente, que los gobiernos atiendan a sus gobernados, a esos que llevan vidas marginales y enclavadas en el sufrimiento humano.

Victoria ya no está en la tierra, pero el problema que la hizo abandonar su patria y encontrar la muerte, sigue vigente. Los reclamos no cambiaron nada.

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