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El remedio para el llanto

Fue entonces cuando te estableciste en Mérida. Después de habérsete hecho algunos homenajes públicos en el pueblo, parece que quedaste totalmente olvidado. Se acercaba navidad. Las tiendas estaban abarrotadas como camiones de pasaje, las calles adornadas con luces y motivos navideños, los limosneros, tamboreros y payasos se multiplicaban, el frío aumentaba y tú caminabas, cada vez más extranjero entre los extranjeros, cada vez más bruja entre las brujas.

No recibías un peso. Te prometían trabajo, un empleo de albañil. Tus protectores se cansaban de oírte siempre machacar el relato de tu hazaña. Cómo habías defendido al gran hombre arriesgando la vida. La vida seguía adelante mientras que tú continuabas plantado en tu encrucijada. Te gustaba sobre todo vagar por el mercado, en la plaza podías ver a los desempleados a la espera de alguna chambita cualquiera. Todos te conocían, te vacilaban, te invitaban un trago barato. Eran mañanas grises de invierno en que el frío calaba. Un día encontraste a una mujer.

 Ella salía de un hotel de paso por el Monte de Piedad. Tú hacía tiempo ya que te habías ido de tu pueblo. Te le acercaste.

 —No me sacarás de la cabeza la idea de que te he visto en alguna parte —dijo la prostituta. Subieron al cuarto. Cuando hubieron terminado ella habló.

—¿De dónde eres? —De —y dijiste el nombre del pueblo. —Tengo muchos clientes que son de allá. Yo también he estado allí, cuando aún era muchacha, para la feria. Quizá de ahí te he visto.

 —Tal vez me conoces por otra cosa. Yo soy N, el que evitó que maten al gran hombre. Una vez más repetiste la hazaña.

Mérida te parecía inagotable. Una ciudad magnífica llena de sorpresas. Un día, aquella señora de la aristocracia te hizo ir a su casa. Pretendía ser no racista por la sola razón de que su marido lo era y ella no perdía ocasión de demostrarle su odio.

Se inclinaba compasiva sobre las gentes sencillas y mayas que, a pesar de su pobreza, tenían buenos sentimientos.

El chofer de la señora fue a buscarte a tu choza. Era la primera vez que te arriesgabas por el rumbo elegante de Mérida. Otro mundo.

Al bajar del coche viste unos perros en una canasta en la sala a través del cristal. La criada abrió la puerta. Te quedaste con la boca abierta. Nunca habías visto una mansión semejante. La dueña de la casa llevaba un vestido púrpura. Te estrechó la mano efusivamente. El perfume te embriagó. Ella quiso conocer los detalles:

 —Háblame de tu hazaña. Bebías agua sin cesar para no tener que hablar. Antes de irte, la señora deslizó discretamente un sobre. Una vez afuera, lo abriste: era dinero. Lo enviaste todo, una buena suma, a tu casa para la fiesta anual. Tu mamá dejó de llorar después de hacerlo durante el mes completo.

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