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La lidia en el Yucatán del siglo XIX: Fin de la tragedia

Hablamos de la llamada “fiesta brava o taurina” en Yucatán en el siglo XIX. Fiesta diferente a la actual pero con sus detalles muy peculiares.

Decíamos que la investigadora Madame LePlongeon, no nativa de EUA, pero si muerta en Brooklyn, N.Y., nos narra con pelos u señales lo que sus ojos decimonónicos observaron, aterrorizados, en la plaza durante la fiesta de Nuestra Señora de Izamal. No solo un torerillo lleno de valor y lleno de copas (seguramente de pitarrilla, el licor favorito de los mayas a través de los siglos) en dicha plaza izamaleña, brindo un toro a la distinguida visitante, como ya se dijo en otra entrega y no solo la vida del animal sino la misma muerte.

Observaba el espectáculo la dama en cuestión como parte del numeroso público aficionado (y fanáticos también) (por cierto no contaba con sillas el coso, sino que quien deseaba mirar la corrida un tanto cómodo, de principio a fin se veían obligado a llevar su propia silla seguramente una del comedor o de la sala). Bien, decíamos que algún caballero le había cedido su asiento a la invitada y esta quedo curada de espanto de lo que finalmente presenciaría.

El sacrificado

Serían las dos o tres de la tarde cuando aparecieron los toreros, los futuros héroes o víctimas de las bestias que ya comenzaban a inquietarse en sus corrales.

Todo iba más o menos bien y un número de toreros logro salir airoso de la prueba. De pronto salió de algún rincón de la plaza un fulano mal vestido de matador dispuesto a enfrentarse al astado. La Sra. LePlongeon observo que el torerillo se mostraba borracho como una cuba, y a paso de ebrio se dirigió al combate. La Sra. Al ver aquello, se paró y grito, no sabemos si en español o maya, que era una salvajada permitir que aquel muchacho arriesgara la vida ante la bestia: “No lo hagas muchacho. Te van a matar”. Pero el otro afirmo que a cambio, y presto acudió al enfrentamiento. En cuestión de minutos el toro frustró la petición del torero y en minutos fue corneado y atravesado por la fiera. Nuestra dama vio como unos camilleros cargaban con el borrachito y lo trasportaban para alguna curación, Pero ya no había a quien curar pues solo llevaban a un  cadáver bañado en sangre.

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