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Las tradiciones de Jueves Santo

Jueves Santo, a las tres de la tarde nos situamos en el atrio de la Catedral de San Ildefonso, a esperar la llegada de Tití, la tía Guadalupe Benítez Santos, hermana de mi Chichí, Concepción Benítez Santos. A su llegada, nos íbamos rápidamente a la iglesia de las Monjas Concepcionistas, a visitar el primer monumento de la tarde, y regresar de inmediato a Catedral para alcanzar la Misa de la Cena del Señor, el Lavatorio de Pies y, finalmente, ver la Peregrinación del Santísimo, y después, concluir la visita a los siete monumentos o hacer las siete estaciones, como se llamaba a la actividad de ese día. El calor es intenso, por lo que se impone el paso por la nevería “La Chufa”, a comprar tres de esas deliciosas y heladas chufas, con sabor a crema morisca, las cuales tenían que consumirse antes de entrar a Monjas a visitar el monumento. Mi abuela llevaba en la mano un grueso libro de pasta de piel negra con el título de: “Áncora de Salvación”, que contenía todas las oraciones aplicables a las ceremonias de ese día.

Después de la visita a Monjas, regresábamos de prisa a Catedral, para ocupar un buen lugar en las naves para las ceremonias siguientes. Las amplias naves de la Catedral se llenaban de una forma espectacular, había gente que, al no alcanzar lugar, se encaramaba en las bases de las gruesas columnas, y en un prodigio de equilibrio, veía desde ahí el desarrollo de los acontecimientos de la liturgia.  De pronto, el majestuoso órgano tubular, desde las alturas del coro, rompía el silencio con su fuerte voz, y una fanfarria anunciaba el inicio de la ceremonia. El ceremoniero, que era designado entre los canónigos de la Catedral, precedía a su Ilustrísima, Dr. Fernando Ruiz Solórzano, balanceando un gran incensario de palta en el aire, y cuyo humo aromaba las naves del templo hasta el último rincón. El señor Arzobispo, hacía su entrada precedido de los canónigos y una gran corte de acólitos de rojos hábitos con sus cubiertas de fino encaje valenciano blanco. La ceremonia daba inicio con la celebración de la Cena del Señor, donde pan y vino eran compartidos por quienes representaban a los doce apóstoles quienes podían ser, doce seminaristas o doce menesterosos, y a quienes su Ilustrísima procedería  a lavar los pies, con una rodilla al suelo.

Terminado el Lavatorio de Pies, los acólitos enarbolaban un gran palio de fino brocado bordado en oro y sostenido por cuatro astas doradas, bajo el cual se cobijaría el Dr. Ruiz Solórzano, para trasladar el Santísimo hasta el monumento ubicado en el Sagrario Metropolitano, que colinda con la Catedral, en el cual sería expuesto y velado el resto del día. Al dar inicio la peregrinación, la voz del órgano volvía a sonar majestuosa, y la enorme comunidad, cómo una sola garganta entonaba con gran fuerza: “¡Cantemos al amor de los amores, cantemos al Señor!”, y resonaba haciendo vibrar las altas bóvedas de la Catedral. Chichí y Tití caían de rodillas al paso de la peregrinación, y sus negras mantillas de encaje colgaban sobre sus rostros, dando a la escena un dramatismo inigualable. La comitiva del señor Arzobispo retornaba a Catedral, y nosotros cruzábamos al Sagrario Metropolitano por el corredor que lo une con la nave mayor y donde nos deteníamos un momento a contemplar la bellísima imagen de bulto de la Virgen del Rosario o Virgen de los Peón, rodeada siempre por una multitud de veladoras que arden perpetuamente.

De la visita al Sagrario, avanzábamos hasta la esquina, a la Capilla del Divino Maestro, cuya visita me impresionaba profundamente. En el fondo del pequeño recinto, se monta una escenificación en tamaño natural de la cena del señor con sus doce apóstoles, antiguas figuras talladas en madera, con impresionantes ojos de cristal y ropajes de seda. El grupo está alrededor de una gran mesa, con panes en canastas, ánforas de vino y fruteras rebosantes de uvas. La multitud iba entrando al recinto en cantidades impresionantes, giraban alrededor de la mesa, tocando al pasar al maestro y los apóstoles y santiguándose después de hacerlo. El fervor del pueblo se desbordaba en esta visita con una sinceridad inigualable. Cumplida la visita al Divino Maestro, nuestros pasos se dirigían a la iglesia del Jesús o de la Tercera Orden, donde siempre me causaba admiración la belleza del monumento. Éste, estaba ubicado al costado izquierdo del altar, sobre una mesa cubierta con un blanco mantel de encaje de Bruselas, los jesuitas ponen la figura de un cordero, acompañada de dos recipientes de cristal de Bacará, uno con vino y otro con aceite, y sendas canastas con pan la una y con uvas la otra, un gran arreglo de lirios blancos y otro de espigas de trigo, todo esto, rodeando al santísimo.

Al salir del Jesús, nuestros pasos se encaminaban por la calle 60, para llegar a Santa Lucía, a visitar el monumento. Después de esta visita, nueva caminata para legar a Santa Ana, donde remataría nuestra actividad de la tarde. La visita al monumento de Santa Ana era ya la séptima y con ella se completaba la cuenta de siete. Salíamos de la iglesia, cansados y acalorados, se imponía tomar algo helado y refrescante, así que nos encaminábamos al Paseo Montejo, en cuya primera cuadra, adosada al muro de una casa, existía una pequeña lonchería llamada San Román, donde Chichí ordenaba tres granizados de fruta en vaso grande, que disfrutábamos con gran placer, y nos resarcía de la larga caminata. De esta refrescante manera, dábamos fin al cumplimiento de las tradiciones de Jueves Santo, que tan gratos recuerdos traen a mi memoria.

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