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La precariedad de la esperanza o de cómo nos mata el Estado

La primera vez que conocí a una mujer desplazada fue cuando cumplí 7 años. Eran los años ochenta. Angélica había laborado como costurera en aquel edificio hecho escombros en el gran sismo del ‘85. No quiso participar en la lucha sindical de las costureras. Su estado anímico y psicológico la obligaron a buscar un rincón tranquilo en la frontera norte del país. Al poco tiempo se convirtió en la estilista del barrio. Pero el rincón tranquilo también tenía sus estridencias. No había sismos, pero temblaban las pequeñas economías y empezaba a cimbrar un nuevo discurso político contra la lucha de un incipiente tema relacionado al narcotráfico, que pretendía de alguna manera funcionar como antídoto para un síntoma adormecedor y de control sobre la población. Se necesitaba crear nuevos discursos, más frontales y temerarios, para justificar las violencias que se avecinaban.

La recuerdo llorando, recordando, todo el tiempo. Su hermana no había sobrevivido al temblor. Las autoridades capitalinas le habían robado sus ahorros gracias al fraude y a la confusión que avivaban los funcionarios públicos de la época. Crímenes impunes que la siguieron, la martirizaron, la desarmaron… hasta morir.

En México podríamos dar testimonio de cada cartografía migrante. Sin querer, cada uno de estos cuerpos nos van diciendo algo, algo que incluso puede revelarse 40 años después o en el mismo instante del acontecer colectivo. ¿Cómo entender los desplazamientos sin problematizarlos contra la memoria generacional?

Victoria Esperanza Salazar se refugió en nuestro país por motivos de género y fue asesinada por policías en Tulum. Venía en busca de seguridad social. Un viaje íntimo y doloroso para cualquiera que desee aventurarse a recorrer cualquier país de América Latina, soñando a que se sueña y aprendiendo a ser aire en una tierra nueva donde más que sumar, se resta.

Victoria Esperanza y Angélica, la costurera, no son tan distintas pero a la vez tan iguales: no sobrevivieron a un sistema social donde el poder está por encima de los individuos.

La precariedad es un arma vinculante que permite utilizar todos los recursos del Estado para invisibilizarnos. Las cadenas de mando son el reflejo común de un país en llamas en el que la defensa y la protección de los derechos humanos es letra muerta, mero discurso retórico. Aquí es donde estos individuos en la cadena de poder construyen a sus enemigos, enemigos en crisis dentro de un Estado polarizado, donde el uso de la fuerza policiaca está justificado para mantener el orden de las cosas; un orden artificial que artificialmente también, se hace notar imprescindible.

Los movimientos colectivos migrantes requieren de protecciones especializadas donde los gobiernos involucrados sean más que sólo una representación internacional mediática. Se puede encarcelar a todos los ejecutantes de un acto extremo de violencia; pero, ¿por qué siguen ocurriendo? ¿Cómo se llega a un estado de terror donde se considera que merece morir aquel enemigo construido a base de criterios tramados desde la violencia? ¿Hasta qué punto la tortura se convirtió en una zona ciega, en un acto naturalizado donde la autoridad puede practicarla y matar en plena vía pública?

Podemos pensar en todo esto mientras nos preparamos un café y nos decidimos a leer los encabezados de la nota del día: Mi hija fue “cruelmente ajusticiada” en México.

En una de las fotografías, a lo lejos, una mujer policía despersonaliza a su víctima; Esperanza –un nombre que se retuerce en sus múltiples significados en un tiempo en que todo nos va sonando hueco– es parte de la crueldad aprendida en nuestro país en más de 15 años de violencia extrema. Un caso más de los tantos que estarán para siempre en la memoria colectiva, tanto como Angélica permanece en la mía.

Cynthia Rodríguez Leija

Escritora y activista social. (Nuevo Laredo, Tamaulipas, 1974). Becaria del Programa de Estímulos a la Creación convocado por el Gobierno del Estado de Tamaulipas. Diplomada por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Imparte talleres de literatura, promoción y comunicación cultural. Recibió el premio de poesía Juan B. Tijerina convocado por el estado de Tamaulipas y el Premio Nacional “Ramón Iván Suárez Caamal” convocado por el estado de Campeche. Ha publicado Oscuro zodiaco (colección El Ala del Tigre, Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM); Reinos de ciudad (Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes); Aquella voz que germina, ensayos de la literatura tamaulipeca (Editorial Colección Centenarios), la plaqueta Ríos de tinta (La Casa Redonda, Norteña Editores); Kinim (Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes), y las ediciones digitales Estación Pandura; Galáctica: los testimonios del Barrio Rojo, y No hallé cosa en qué poner los ojos

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