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Recuerdos entrañables que ya no existen

Nuestra Blanca Ciudad de Mérida, era una hace más de sesenta años, y es otra, muy distinta, hoy. Sus calles, sus casas, su fisonomía en general han cambiado; no podemos decir si para bien o para mal, es diferente, lo cual es innegable. Los usos y costumbres han cambiado totalmente. Un rasgo muy significativo, es el uso del automóvil. Los automotores, eran relativamente escasos, en especial los de uso particular. En esos tiempos, era común encontrarse en los camiones, a personajes de alta investidura, como los magistrados del Tribunal Superior de Justicia, todos ellos se movían en camiones, en transporte público, cosa totalmente desconocida hoy para funcionarios de mucho menor rango, que en su vida han vivido la experiencia de tomar un camión a las siete de la mañana, hora pico de uso masivo, por ser la de la entrada de los estudiantes a sus centros de estudio. Claro, hoy en día, el automóvil tiene una profunda significación de estatus social, y no poseer uno, es prácticamente ser un fracasado, según la visión social de hoy, tristemente lamentable.

La convivencia entre vecinos era profunda y totalmente cotidiana, había costumbres que hoy se antojan imposibles y, materialmente lo son. En mi caso, todo esto se dio en la calle 60, entre 73 y 75. A las cinco de la tarde, cuando el sol había bajado, todas las casas iban abriendo sus puertas, se rociaban de agua las escarpas para aplacar el polvo, y se iban sacando a la calle los sillones, y poco después, éstos se iban trasladando para formar un amplio círculo en la puerta de alguna de las casas, integrando una animada tertulia. ¡Ah! Y este círculo de sillones, llegaba más allá de las escarpas, ocupando una buena parte del arroyo, y sin problema alguno, pues el tránsito de automotores era escaso y muy esporádico. Esa convivencia cotidiana y permanente, era la que permitía organizar festividades comunales, que hoy, lamentablemente se han perdido. Tal es el caso de las posadas, las novenas, que eran varias y de varios tipos en el año, salir a cantar la rama todos los niños de la cuadra; esas fiestas hacían de las familias una estrecha comunidad que se apoyaba sin restricción de ninguna clase, y creaba un sentido de pertenencia y un arraigo profundo al rumbo dónde vivías. Tus vecinos, eran cómo tus hermanos, eran parte de una familia, y la calle, era un territorio común que unía a todos.

En la calle, se encontraba el escenario en el que se efectuaba toda clase de juegos comunales; al caer el sol, la calle se tornaba en la pista de juegos más absoluta y era el campo de acción de niños y jóvenes. Los juegos se organizaban por temporadas, así había temporada de canicas, temporada de trompos. ¡Qué placer más grande que el de ir a comprar trompos a Santa Julia! Explanada en la calle 62, en la que, en una casa en alto, había una carpintería en la que un hábil ebanista torneaba trompos de maderas duras. Había trompos de mora, de granadillo, de roja madera de zapote (los más duros que uno pueda imaginar) y hasta de caoba, madera considerada como preciosa. Ese mismo artesano, en otra temporada, hacía maravillosos baleros, que eran motivo de una cerrada competencia: hacer capiruchos. Llegabas a desarrollar una habilidad tal que, podías ejecutar sin parar, hasta más de cien capiruchos; y si fallabas, pobre de tu dedo, el golpe del balero era una experiencia muy poco grata.

Y si era temporada de lluvias, la diversión era mayúscula pues las calles se encharcaban de lado a lado, y ello era ideal para la competencia de barquitos de tablitas. Cada quien hacía su propio barquito, un tabla delgada a la que, con una segueta, se le hacía un pequeño corte en el lado posterior, se llenaba su periferia con clavos pequeños a los que se iba arrollando hilo de hamaca para hacer un barandal, y finalmente, íbamos a la botica de Doña Teresa Cámara, a comprar un pedazo de alcanfor, que sujetábamos en el corte de la tabla y, listo, el barquito quedaba habilitado para navegar y competir. Al contacto con el agua de la calle, el alcanfor reaccionaba y hacía ebullición, y esto era la forma de impulsar el barquito de tabla por el agua de la calle; las competencias eran cerradas, divertidas y muy llenas de entusiasmo, la calle se llenaba de gritos animados, con los que cada quien apoyaba a su propio barquito o al de un amigo muy querido. Nos mojábamos en el agua lodosa, y nunca nadie se enfermó por ello. ¿Sería que habíamos creado defensas de forma natural? Había que estar muy atentos, pues si venía a lo lejos el rojo camión de “60 Sur”, había que retirar rápidamente todos los barquitos del agua, y volverlos a poner después del paso de la gua – gua.

Y ¿qué decir de los pregones? Los cánticos de los pintorescos vendedores de la época, llenaban la calle de música y alegría. Se podía escuchar: “¡Prirulín! Cura catarro, mata lombriz, viene de París. ¡Chupa, chupa niño tu rico pirulín!” Y éste no se había apagado, cuando se dejaba escuchar: “Coompra, coompra pozole, pozole con cocooo!” De pronto, la calma de la mañana se rompía por el sonoro tañer de un cencerro; era el chivero que se acercaba con su rebaño, que encabezaba un soberbio macho, que era el que llevaba el cencerro, y su nutrido grupo de hembras, con la ubres cargadas de leche. Ahí, sobre la acera, el chivero ordeñaba a sus chivas e iba llenando unas menudas botellas de un cuarto de litro, de rica y nutritiva leche de chiva. ¡No había placer más grande que tomar la leche recién ordeñada, caliente aún de la entraña que la había producido! Cito al gran poeta José Esquivel Pren, en su “Carta a mi Novia Mérida”: “Dime ¿todavía las nodrizas cabras van amantando tus amaneceres?” No se había alejado el chivero, cuando resonaba un grito: “¡Veidulee!”, era el Chino José, que venía empujando su pesado carretón de madera en el que vendía las verduras y hortalizas que él mismo cultivaba. José, cuyo verdadero nombre nunca supe, era un inmigrante coreano que, nunca aprendió a dominar el español, y pregonaba su producto con lo que a su buen saber y entender era: Verduras, y que él, ingeniosamente interpretó en: Veidule.

Y también hay que recordar a los que llevaban sus productos a domicilio. Cada semana, recibíamos la visita de Don Manuel, que llegaba en un antiguo camioncito de carga, de esos de chispa, que se arrancaba con una manigueta, este buen hombre entregaba en la casa dos productos indispensables en esa época: Unos saquillos de carbón para las hornillas de la cocina, y unos grandes atados de leña, que dejaba en el tinglado del lavadero, para el sancocho de la ropa blanca. El tanque de agua lluvia, no siempre duraba el año completo, entonces, cuando su contenido se agotaba, era necesario comprar agua lluvia, que el aguador llevaba de casa en casa. El aguador, llevaba un gigantesco tonel sobre la plataforma de una carreta, y despachaba su contenido en unos grandes galones de lata. Sus fuertes mulas, con andar cansino, recorrían grandes distancias por la calles, llevando el vital líquido a todos los hogares que lo necesitaban. Otra actividad fascinante, era ir al mercado con mi Chichí, Concepción Benítez Santos. Ella compraba cosas para la casa, especialmente para el jardín, lo cual incluía siempre alguna planta nueva para la huerta. Cargada con el producto de sus compras, había que buscar el medio para regresar a la casa, y esto era desde luego, en Coche de Caballito. Que en ese entonces no era un producto dedicado para el turismo, y por ende de un costo fuera del alcance de la gente común, era un medio de transporte popular y accesible a cualquier bolsillo.

Esta, es una Mérida que fue, no mejor ni peor que la de hoy, sino solamente distinta. Sus usos y costumbres respondían a las circunstancias de una época, que fue la que nos tocó vivir, y que guardamos en nuestro recuerdo cómo un tesoro muy preciado que deben conocer las generaciones de ahora.

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