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Notas al aire 8

La primera imagen de la pasión de Jesús el Nazareno, que tuve en mi vida, fue impactante y definitiva.

Era un infante de 3 o 4 años, lo recuerdo bien, cuando aquel jueves santo, después de pasar a saludar a mi tío Roger a La Ciudad Infantil, mis papás me llevaron al cine Yucatán, a ver películas propias de la semana santa. Hay que aclarar que los viernes ningún cine daba función en ese esos años y todas las imágenes de santos, vírgenes, ángeles, etcéterea, se cubrían de tela morada en señal de duelo. Y en la radio sólo se escuchaban cantos gregorianos o música clásica muy seria y trágica, nada alegre y retozón.

 Los jueves era obligatoria la visita a las siete casas, y los boys scouts, hacían valla para que la gente caminara desde Itzimná, hasta San Juan. Y aquello era una romería que terminaba tomando un refresco en Vita Milk, Preve, El Colón o con las Rodríguez.

 Bien, prosigamos el relato: recuerdo que era una función de medio día y con mis padres “gustando” la película, todo iba bien, hasta que comencé a ver que azotaban a un hombre sangrante que cargaba una cruz gigante, él caía al suelo y más lo azotaban.

 Esas escenas, me hicieron entrar en un terror nunca antes sentido y comencé a gritar que no le pegaran y terminé llorando y gritando, a tal grado, que prendieron las luces del cine para ver que le sucedía a ese niño que lloraba y gritaba con terror y angustia, como si lo estuvieran estrangulando.

 Creo que mi padre se molestó un poco por mi escándalo. Pero luego de que me calmó mi madre y me sacaron para que no viera la crucifixión, mi padre entendió que me dolía ver  que a ese hombre indefenso lo estaban matando a golpes.

 La cinta si mal no recuerdo, fue El manto sagrado (1953) que forma dupla con Demetrio el gladiador (1954).

 Así como este recuerdo, hay otros más amables y maravillosos, como cuando en la pubertad, vi un jueves santo por la tarde en el cine Encanto, tres películas mudas: Ben Hur (1926) basada en la novela de Lewis Wallace, con Ramón Novarro;  Quo Vadis (1924) del premio Nobel Henryk Sienkiewicz dirigida por Gabriel D´Annunzio; y la adaptación de Fabiola (1918) del Nicholas Wiseman dirigida por Enrico Guazzoni

 Hoy, aún no existiera la contingencia, ni la sana distancia, los cines no pasarían este tipo de joyas cinematográficas, más allá de su un tema judeocristiano occidental.

 El tiempo realmente ha cambiado y el cine ha ido desapareciendo aún de los canales culturales de la televisión mexicana.

 Y en Mérida, la Cineteca Barbachano Ponce, dependiente de la Secretaría de Cultura de Yucatán, es otro recinto que a nadie importa desde hace más de un sexenio.

 Así que pensemos: Nada nace sin primero morir. Hermann Hesse. Demian.

Fernando Muñoz Castillo

Escritor, hacedor de libros objeto, dramaturgo y director de teatro. investigador e historiador de teatro y cine. curador y museógrafo. periodista cultural. ha publicado varios libros.

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