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500 años de corrupción que López Obrador quiere cambiar

Andrés Manuel López Obrador, Presidente de México, repite con frecuencia la palabra corrupción, y se la endilga a todos los poderosos del país, trátese de empresarios de la comunicación, de la industria, la banca, las editoriales y muchas otras. Los aludidos viven con el grito en el cielo, el Jesús en la boca, tragos de pasiflora o medicamentos para calmar los nervios como Prozac. Por su parte, la lucha anticorrupción del presidente tiene la calma y la visión del pacifismo que da la experiencia cuando se llega a la tercera edad. Y quizá este último aspecto, biológico y endocrino, que determinan a la psicología e ideología, no lo tomen en cuenta los adversarios de la institución presidencial, y se lancen contra ella con vociferaciones, desplantes, infundios y críticas de todo tipo, que resultan infructuosas ante la ideología presidencial de paz y amor, y de abrazos en vez de guamazos. Los afectados por la campaña anticorrupción se olvidan que Viet Nam salió victorioso en su lucha contra el gran imperio gracias a la táctica de la resistencia pacífica. La paz es una terrible arma. La coexistencia pacífica de Nikita Krushov, no deben ponerla en el olvido los derechosos del país.

Pero, bueno, López Obrador tiene que luchar contra el ogro de la corrupción que surgió en México, en Veracruz, en 1519, cuando Hernán Cortés sobre las arenas de ese puerto le pidió a sus cuatrocientos soldados que firmaran un documento donde lo nombraban cabeza y capitán de los próximos hechos conquistatoriales. Al poco rato, Cortés, envía a Francisco de Montejo con prendas, joyas y regalos para Carlos V, para obtener de su alteza real, el titulo de capitán de las futuras conquistas. Obviamente, Carlos V concordó con aquellos primeros actos de corrupción al dar los títulos correspondientes a Hernán Cortés.

En Mèrida, después de leer el acta fundacional de la ciudad, se nombró el cabildo, y en él, los puestos fueron dados a los favoritos de Montejo el Mozo. Hubieron manifestaciones contra tal decisión, pero la respuesta del fundador fue que estaba justificado por la situación delicada y peligrosa que vivían en ese momento. Esas palabras las escuchamos en boca de los políticos hasta el día de hoy, y quién diría que cumplen en este 2021, los 500 años de vida documental.

¿La corrupción la heredamos de un solo lado racial y cultural? Pues Cristóbal Colón aseguraba que los Taínos, grupo racial del Caribe, vivían sus días solamente, bajando frutos de los árboles, tejiendo hamacas, bailando y jugando. No conocían cosas emparentadas con la ambición, la explotación del hombre por el hombre, que traen como consecuencia la corrupción.

La primera gran traición política acontece también en 1519, efectuándola Hernán Cortés, al apropiarse de la tercera expedición a Yucatán, que había sido iniciativa de Diego de Velázquez. Si revisáramos sobre todo la Revolución Mexicana, veremos que la traición es como la ideología fundamental de cada agrupación revolucionaria que emergía en esa lucha social. La traición la efectúan solamente seres profundamente corruptos y ambiciosos.

Pues, don Manuel López Obrador, se ha propuesto aniquilar una manera de ser de los mexicanos poderosos. Esa manera de ser es endogámica y se gestó con la fundación de cada ciudad colonial.

La corrupción no es una patología mexicana, no es un cáncer; es algo que se encuentra en la histología del cuerpo de los poderosos de la nación mexicana.

En nuestro querido Yucatán, muchos intelectuales, antropólogas, investigadores sociales y estudiosos del tema de la historia política, parecen no darse cuenta de este pequeño antecedente histórico, y se lanzan con toda la inconciencia del desamor contra el presidente Andrés Manuel López Obrador.

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