Cultura

La Letra con Sangre Entra

               El dicho popular que da nombre a este relato no es un simple dicho al azar: si no que era una práctica considerada pedagógicamente aceptada. Los pescozones, pellizcos, borradores volando hacia los pequeños escolapios, reglazos, wascopes, etc. Eran cosa de todos los días hasta no hace muchos años en todas las escuelas del país ante una travesura, o falta de aplicación del alumno.

Les relataré un hecho real que sucedió en una de las mejores escuelas de Mérida Yucatán a finales de los años 50’s del siglo pasado.

                Sucede que el niño Juanito famoso por sus ocurrencias dentro y fuera del salón de clases, especialmente en lo primero, cometió una falta bastante grave, a tal grado que causo la furia del joven maestro sacándolo de sus casillas. Tomó a Juanito (nueve años) de los brazos y levantándolo en vilo y corrigió la falta a cintarazo limpio. El infeliz sintió el rigor, el ardor en la parte posterior de las rodillas ya que vestía pantalón corto. Las huellas de la correa del maestro quedaron como marcas indelebles en la piel del Little John, quien para sus adentros decía algo impublicable, ya se imaginan ustedes que, algo referente, a la progenitora del maestro. Aguantando las lágrimas para no quedar mal con sus compañeros dado que tenía fama de fanfarrón y valiente.

                … Han pasado treinta largos años. Aquel “estricto” maestro fue jubilado con una exigua cantidad de dinero, misma que apenas le alcanzaba para lo más indispensable. Para poder completar sus gastos se ayudaba con la venta de bolis, y refrescos que su esposa hacía cada mañana. Ambos siendo proveedores, más o menos, más menos que más, ahí la iban pasando entre estrecheces sin fin.

                Cierto día el maestro recibe una notificación en la cual en ese instante le estaban cortando la luz de su casa, lo que supuso dentro de su pobreza una desgracia pero…….. Dios aprieta pero no ahorca, por la prensa, que uno de sus ex alumnos ocupaba el más alto cargo en la Comisión Federal de Electricidad en la Península. El cielo se le abrió no recordaba claramente quien era, ya que había sido profesor de varias generaciones de alumnos, pero aquel nombre le rebotaba en la mente como una pelota de pin pon.

                Vestido con sus mejores galas, se presentó a las oficinas de dicha comisión con la seguridad de que aquel problema se lo solucionaría de inmediato, dado que por la mayoría de sus ex alumnos lo tenían en gran estima; dio su nombre a la secretaria del delegado y se sentó en un sofá en el que solo había una persona haciendo ante sala ¡dos horas! Finalmente, la secretaria con amable lo invitó a pasar con el jefazo, el mentor entró a la susodicha oficina, con los brazos abiertos como queriendo abrazar a aquel a quien había enseñado a leer, sin recordar plenamente su nombre, diciendo: “me ha dado mucho gusto leer en la prensa tu nuevo nombramiento, te felicito mucho, eres……….”. “Soy Juanito ¿no me recuerda? ¡Claro! Eras de los más empeñosos alumnos que tuve en toda mi carrera y vengo por un problema. Estoy pasando por un momento muy difícil económicamente ya que dependo de la electricidad para mi sustento mío y de mi esposa, me han cortado la luz y con la seguridad de que me podrías solucionar el problema positivamente, te vine a pedir el favor de que me conecten en servicio de nuevo.

                “Pero como no maestro, mañana mismo tendrá usted reconectada la luz, pero solo le podría una condición, bájese usted su pantalón y le voy a caer a cintarazos en la parte trasera de sus rodillas”, ¿no recuerda que usted me hizo esto en el salón cuando yo era un niño de nueve años? Y ya se imaginarán ustedes la escena, un adulto mayor alias viejo, en calzoncillos recibiendo una cintariza como la que años atrás él le había dado a quien ahora se la daba.

                Moraleja: Así era.

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