Cultura

Mérida, en la prehistoria

Hace 25 años trabajaba en un área natural protegida y siempre me causó gracia un colega que, cuando iba a salir de recorrido de vigilancia, cargaba a la cintura: un GPS, un radio de comunicación, una cámara digital, una lámpara y su walkman (reproductor de música en audio cassettes).

15 años después los grandes desarrolladores de tecnología propusieron el avanzar en el diseño de un concepto nuevo, “Convergencia”. Hoy un Smartphone es, además de teléfono, Un GPS, cámara fotográfica y de video, un reproductor de audio con una vasta colección de música en Spotify u otra app, una biblioteca en Google y una videoteca en YouTube, entre muchas cosas más.

El salto tecnológico en estos años es inmenso, no hay duda. Ahora imagine -si no lo vivió- que hace 43 años, mientras López Portillo nos pedía que nos “Preparáramos para administrar la abundancia”. Esta Mérida, era un auténtico páramo en materia de música rock o blues. Era como si nuestra historia del pasado reciente con un monocultivo de henequén, hubiera contagiado a la música. Los tríos y la trova, que tan famosa había vuelto a nuestra tierra, era, salvo muy contadas excepciones, interpretar tiempos pasados, las eras de gloria, ya eran historia. En ese entonces, el monocultivo estaba en particular con las cumbias.

Siendo todavía un adolescente que se iniciaba en el gusto por la música, exploré los sitios donde una pobre oferta se nos ofrecía, en las pocas tiendas de discos que alguna vez ocurrieron en nuestra ciudad.

Existían sitios amplios, con muchos discos, como la “Promotora de discos”, el tema es que era 95% cumbias, mambos, boleros y demás, contra un magro 5% de rock, jazz o blues. Hubo otros más, pero muy pequeños, como “Disco-libros Hollywood” o “Estero cintas de Mérida”. Donde rara vez encontrabas algo digno, en los géneros para jóvenes.

Esto no necesariamente era por desconocimiento de sus propietarios. Ocurría en parte porque las compañías de discos en México, salvo muy raras y extrañas excepciones, no veían en el rock, una demanda o una oportunidad de negocio a través de las ventas.

La música en vivo y los grupos de rock locales, tampoco eran muchos; el Censurado de Mike Manzur, o Catsup de Mario Molina, no recuerdo mucho más. En los 80s mejoró con otras bandas como “Lizard”, Green Grocers”, “viento negro”, entre otras. Francamente me descarto para hacer un recuento de todas, además que eso sería motivo de otro artículo.

Volvamos al tema ¿Discos importados? Imposible. Solo hasta mediados de los 80’s aparecieron tiendas como “Disco fiebre” o “Discos Toache” entre una lista muy corta y todas con el síndrome de una vida breve. En aquellos sitios podías encontrar entre otros géneros, cosas de calidad. El problema era otro, el alto costo de cada disco.

Curiosamente, las tiendas departamentales y supermercados como: La italiana, Sears, Chapur, San Francisco de Asís, etc. tuvieron en alguna época, pequeñas islas de discos, que ayudaban a amainar la sequía.

Luego llegaron más. Hubo un lugar “Audio video o Audio bar” donde como socio, podías rentar los CDs para escucharlos. Si te gustaban, entonces los comprabas con el descuento de lo pagado por la renta. De otra forma, se regresaban al tercer día.

También aparecieron en los 90s en Mérida, listados sin un orden estricto: “Rocketerías”, “Cheli’z”, “Súper música”, “Ritmo musical”, “Laser ultra”, “Redicom” y acaso alguna más. Por todas ellas pasé alguna vez y como si se tratará de templos, dejé mi óbolo con mi compra, para contribuir prorrogar su existencia.

Una alternativa menos frecuente eran las opciones del DF. Si estabas ahí, podías hacer un tour por tiendas de discos importados, como: “Hip 70”, “discos Aquarius”, “Discos Briyus”, “Zorba”, “AB discos”, Años después aparecieron “Supersound”, “Music center”. Está de más decir que ninguna sobrevivió al streaming. La última que queda es Mixup.

Pero volviendo en el tiempo. Entrar a esos sitios era como llegar a un santuario. Era lo más cerca que un Joven en México, podría estar, además de los discos americanos, de ediciones traídas de Japón, Inglaterra o Alemania, de grupos poco populares, para conocedores.

Para quienes gustan del rock, siempre hay más de una manera de buscar el grial. Así surgieron espacios como el tianguis del chopo, donde se podía comprar, vender o simplemente hacer trueque con alguien. Claro, si estabas en México DF.

Pero todo esto parece que pasó en el cretácico. Hoy es difícil de imaginar para muchos. La tecnología ha acercado lo que antes era imposible y nos cobró un precio que en antaño valía la experiencia. Caminar por las tiendas especializadas, buscar en los muebles, pasando cada disco con los dedos, hasta encontrar lo que deseábamos o descubrir algo que no esperábamos. La vida me dio oportunidad de hacerlo en sitios especializados en Europa, en Brasil o en megatiendas en Japón. Es una lástima, hoy eso es historia para todos.

¿Que ganamos? Un acceso tal, que rebasa con mucho nuestra capacidad como escucha. Joyas, rarezas, clásicos, novedades, re-ediciones, todo cabe en la “bolsa digital” de nuestro Smartphone. Ya no necesitas tener tu credencial de “auténtico creyente” esa que obtenías solo cuando demostrabas que sabías del género y aportabas propuestas musicales nuevas a los otros defensores de la fé.

Antes lo escribí y aquí lo refrendo, no es un tiempo mejor o peor, es distinto. Acceder a TODO, es el premio. Si lo piensas, ahora como antes, el reto es el mismo. Buscamos en colecciones digitales moviendo los dedos, para encontrar esos discos que forman parte de nuestra historia de vida, mientras esperamos algo nuevo que nos enganche, nos sorprenda. El riesgo es quizá que acaso por tener acceso a todo, perdimos nuestra capacidad de asombro.

Entonces recuerdo a aquel compañero que se ponía a la cintura todos esos aparatos y concluyo que esa costumbre aun siendo poco práctica, fue premonitoria. Jamás imaginamos lo que vendría. Ahora accedes a todo, pero al final, no tienes nada.
Hoy, me ha ocurrido que jóvenes amigos de mis hijas, me piden les muestre como eran los “discos grandes”, como se hacían sonar. Cuando pongo un disco de acetato en la tornamesa, me siento yo también, pieza de museo.

Entonces recuerdo que hoy existe un redescubrimiento del LP, un hábito re-aprendido entre los escuchas y descubro que, a diferencia de antes, es un gusto encontrar a otros que profesan la misma fe. Entonces salgo de esa vitrina de museo imaginaria, con la certeza de que los viejos rockeros nunca mueren y como el LP, regresan por sus fueros. Que así sea.

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