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APUNTES DESDE MI CASA


EL MUSIÑO
Hace unas noches, aunque no demasiado tarde, sonó el teléfono y vi en la pantalla que se trataba Musio Rodríguez Rodríguez. Noté cierto apuro en su voz y hasta pensé que me daría una mala noticia, pero no.
Hablaba para preguntar si mi esposo y yo ya estábamos inscritos para la vacunación, porque a esas horas él había conseguido entrar al internet con menor dificultad de congestionamiento, y recomendaba hacerlo en ese momento.


Una atención más de su parte, de las miles y miles que hemos recibido a lo largo de los años, desde que lo conocimos siendo estudiante del Tecnológico de Nuevo Laredo.


Recién llegados a esa ciudad, rentamos una casa con amplio patio. Musio se brindó para ayudar a desempacar el menaje, pues yo iniciaba mi primer embarazo. Una mañana, en la que él movía las cajas pesadas, aproveché ir a la cocina a poner frijoles negros.


Luego salí al patio, como acostumbraba hacerlo en casa de mi madre, a recoger el epazote de un rincón. Con la ramita en la mano, a punto de echarla a la olla, Musio vino corriendo a detenerme. Había recogido una yerbita bastante parecida al epazote, de la cosecha particular del dueño de la casa, quien, supimos después, pasaba una temporada tras las rejas. Musio evitó el cocimiento de unos frijoles de pronóstico desconfiado, y rápidamente se dispuso a arrancar la mata.


A partir de ese día, se convirtió en una especie de guardián de la familia, y apoyo incondicional en todo momento. Concluyó sus estudios de ingeniería y por un tiempo radicó en Monterrey y en Brasil, trabajando en empresas privadas, por su especialidad en electrónica.

De vuelta al terruño, se hizo figura insustituible para nuestros niños: lo consideraron como el primo mayor al que se respeta con absoluta admiración y cariño. Fue quien compartió lecturas de comics, y caricaturas en televisión, quien los entrenaba en los partidos de futbol, el que jugaba Clue con ellos en invierno, el que regalaba juguetes de Star Wars y Barbies en Navidad, el que más sabía de matemáticas, computación, deportes; el que, conforme fueron empezando a salir a las fiestas, les echaba ojo sin que lo supieran, y a quien nuestro primogénito dedicó su tesis para licenciatura, Transformación del Cartoon al Comix, y su origen como comunicador” por haber sido superhéroe de su infancia.


Nunca nos preocupó dejar la casa en vacaciones o por radicar temporalmente en otras ciudades. El Musiño se quedaba y hacía cargo de todo, hasta de lidiar con los aluxes hospedados en ella.


(Los aluxes son espíritus de niños mayas, considerados duendes traviesos que cambian de lugar las cosas y hacen ruidos, como diversión. En cualquier visita a Chichén Itzá se resguardan en la bolsa y se van con uno a donde radique. Cuando pasan de la raya con sus trucos y tretas, imaginariamente se les regaña en voz alta, y se aplacan por un tiempo).


Musio, con nombre épico del imperio romano, fue un muchacho ejemplar que, de manera prematura, asumió el papel de padre de sus numerosos hermanos, quienes acudían a él para requerimientos, necesidades y consejos. Muy laborioso dentro y fuera de la oficina, sostén de su madre, se entregó a su familia por entero y olvidó de sí mismo a la hora de formar un hogar en la juventud.


Cuando discurrió haber concluido sus deberes familiares, procuró formalizar su vida personal, y la dicha merecida llegó de forma acumulada. En un solo acto, como en sortilegio, se transformó en esposo, padre, suegro y abuelo. Una recompensa afectiva a quien ha sabido dar, sin esperar algo a cambio.


La lealtad es virtud invaluable que pocos poseen. Musio es símbolo de ella. Nuestro agradecimiento hacia él, se traduce insuficiente. Pero sencillo como es, no hace caso a detalles, se sigue preocupando por nosotros igual que el primer

día. Y desde esa fecha hasta hoy, ha sido miembro muy querido de nuestra casa, con formal reconocimiento por su alto sentido de la amistad y del afecto.

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