Cultura

Ramón López Velarde: Centenario Luctuoso

(Primera de tres partes)

Tras el largo año de la pandemia –aún sin terminar–, nos vemos de pronto en el de los centenarios. Dos mil veintiuno está efectivamente colmado de aniversarios luctuosos y conmemoraciones redondas: desde los 700 de la muerte de Dante Alighieri, hasta los 500 de la caída de México Tenochtitlan; desde los 200 años de la consumación de la independencia hasta los 100 de la creación de la Secretaría de Educación Pública; de los 100 del nacimiento de Eulalio González “Piporro”, al centenario de la muerte del poeta Ramón López Velarde –y en un ajuste de cuentas de la historia, de la escritura de ese poema nacional: “Suave patria”.

Te honro en el espanto

Ramón López Velarde: abogado y poeta; católico y maderista; provinciano y moderno; creyente y erotómano. Su reflejo en el espejo de la historia se pronuncia siempre en dos direcciones; árabe y romano, soltero y eterno enamorado. Poeta doble, decimos, de una convicción y una fe católica inquebrantable, pero con una afición mora, turca, árabe, que lo devora: carne y espíritu que han de permear su obra, aunque debiéramos decir más exactamente, sus versos.

Su sino, esa triada de ochos que marcaron su nacimiento (1888), como símbolos del infinito repetido tres veces; un tres que volverá a repetirse a la hora de la muerte. Coordenadas que él mismo habrá de dejar en su poema “33”, escrito ese año de 1921, en el que vuelve a manifestar esa dualidad:

La edad del Cristo azul se me acongoja

porque Mahoma me sigue tiñendo

verde el espíritu y la carne roja,

y los talla, el beduino y a la hurí,

como una esmeralda en un rubí.

Al poeta lo asfixia, en esa dualidad funesta, Ligia, la mártir de pestaña enhiesta, y Zoraida, la de la grupa bisiesta. Y si pudiéramos detenernos aquí veríamos que los versos esconden en el ritmo no sólo la dualidad religiosa (o cultural), sino la de esa voluptuosidad en el que Velarde se ahoga (asfixia). Ligia es el personaje de la novela Quo Vadis, de Henryk Sienkiewicz: una cristiana de Roma, y de quien Marco Vinicio, un soldado romano vuelto de la guerra en Asia, se enamora febrilmente. Ligia a su vez, tiene el dilema de ser cristiana y, finalmente, amar a este Vinicio que la sigue a sol y sombra.

No es cosa menor, ante la aparición de la novela de Sienkiewicz los comentarios se dividieron a favor y en contra, llegaron al punto de proponer que la obra se insertara entre los Libros prohibidos por la Iglesia. Para su publicación en traducción castellana se hubieron de ocupar los censores católicos de examinarla a conciencia antes de autorizar la edición masiva. Y aquí una pregunta: ¿No es posible que el joven Velarde haya tenido acceso a las discusiones sobre el tema? Si en España (Barcelona) se publica por primera vez en castellano en 1901: por entonces el joven Ramón es alumno del Seminario Conciliar de Zacatecas-, y entre 1903-1905 entra Seminario Conciliar de Santa María de Guadalupe, en Aguascalientes. Aunque existe otra posibilidad: ¿Vio el joven Velarde aquella primera adaptación al cine de Quo Vadis, la cinta muda de Enrico Guazzoni de 1912? ¿Llegó a la Ciudad de México aquella cinta; como sí lo hizo el poeta en febrero de ese año? No lo sabemos, pero la familiaridad con que López Velarde pronuncia su nombre: Ligia, la mártir de la pestaña enhiesta, no nos hace suponer otra cosa más que la conocía de una manera íntima.

En cuanto a Zoraida, debemos decir que nuestros cálculos nos llevan a Isabel de Solís; hija del alcaide de Bedmar (Jaen), capturada por los moros al iniciar las Guerras de Granada (1482-1492) y puesta en cautiverio en una torre de la Alhambra. Según la leyenda, Mulay Hasan, Sultán de Granada entre 1464 y 1485, la convirtió en su amante para, algún tiempo después, hacerla su segunda esposa, con lo que Isabel se convierte al Islam y cambia su nombre por el de Zoraida (estrella del alba).

Esta es la dicotomía encerrada en un poema y proveniente de una entrecruzada referencia de lecturas que encierran también el propio dilema del poeta: su natural atracción por lo árabe, proporcionalmente opuesta a su fe católica y a su temprana vocación sacerdotal, quizá impuesta por la familia. Pareciera que estas guerras santas granadinas se extendieran en el tiempo en el corazón del joven poeta.

Un último comentario de la cábala velardeana por esta vez: aventurémonos a un juego de niños. Sumando los dígitos del año de su muerte: 1921, obtendremos el número trece, lo que nos lleva directo a “Día 13”, otro de sus poemas ¿premonitorios?

Mi corazón retrógrado ama desde hoy la temerosa fecha en que surgiste con aquel vestido de luto y aquel rostro de ebriedad.

En principio no obtendremos nada pues López Velarde nace un 15 y muere un 19 del mismo mes de junio, pero si seguimos dos estrofas abajo encontramos:

Por enlutada y ebria simulaste,

en la superstición de aquel domingo,

 una fúlgida cuenta de abalorio

humedecida en un licor letárgico.

Parecido a aquel “Me moriré en París con aguacero” de César Vallejo (“jueves será”), López Velarde adivina “una temerosa fecha”, “aquel domingo”: pues fue domingo el 19 de junio en que muere finalmente en su casa de la Calle Jalisco #71, en la Ciudad de México.

Desde la fecha de superstición

en que colmaste el vaso de mi júbilo,

mi corazón oscurantista clama a la buena bondad del mal agüero,

que si mi sal se riega,

irán sus granos trazando en el mantel tus iniciales […]

Víctor Palomo Flores

Poeta y editor. Ha colaborado en revistas como El Periódico de poesía, Tierra Adentro, Fronteras, Lenguaraz y Caelum; en los suplementos El Gallo Ilustrado, La Jornada Semanal, Semanario de Vanguardia, entre otros. Está incluida en las antologías Poetas de Tierra Adentro (1991), Palabras del Norte (1994), Del siglo XX al tercer milenio (1999), El mar es un desierto. Poetas de la frontera norte 1950-1970 (1999), Del silencio hacia la luz. Mapa poético de México 1960-1989 (2001), Coahuila literario (2002) y Pensar con los ojos cerrados (2005), Tan lejos de Dios (2010), entre otras. Obtuvo el tercer lugar en el Primer Certamen de Poesía Manuel Acuña y mención honorífica en la cuarta edición del mismo. Tiene publicados los libros de poesía Cartas de Amor para la Señorita Frankenstein (1999), y Vigilancias: poemas y canciones (2015). Director editorial de la revista La Linterna Mágica en sus dos épocas (2005 y 2014). Ganador del Premio Nacional de Novela “Ignacio Manuel Altamirano” 2017 por su novela El pasado, que narra la vida y muerte del poeta Manuel Acuña.

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