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Fernando Muñoz Castillo, su retrospectiva y presente

Todo el espacio de la antigua casa del centro histórico donde vive está pletórico de temas culturales y obras de arte. Ni los ladrillos del piso escapan a tal situación. Tampoco los muebles y el lugar de nuestro conversatorio. El vive la soledad color de libros, pinturas y esculturas. Todo ese conjunto de objetos son su pasado y le han acompañado por aquí y por allá, hasta hacer residencia en Mérida. Por donde te vires, aparece la sorpresa de la belleza del arte.

Estoy en casa de Fernando Muñoz Castillo. Lo entrevistaré porque uno cree saber todo de los amigos, pero resulta que no. La primera imagen que me proyectó de su trabajo creativo vive en mí desde hace más o menos 50 años, cuando vi el estreno de su obra Eugenio. Me invitaron a ver esa obra los maestros Lupita Villamil Puerto y Alfredo Cortés Aguilar. Ya Fernando fue entonces siempre Fernando.

Junto con sorbos de té, deshilvana el hilo de la madeja de su historia. “Vi teatro desde niño. Me impactó tanto que, desde ese tierno momento supe que lo mío era aquello. Luego vinieron las actividades teatrales con los compañeros de la escuela. Ya había diseñado mi vida, ya sabía cómo quería vivir. No era precocidad. Antes de entrar a la primaria ya sabía leer y escribir. Desde el segundo año de escuela escribía obras de teatro. Mi madre, antes de fallecer, me regaló dos libretas mías que había guardado, llenas de teatro”.

A los 16 años, se acercó a Elvia Rodríguez Cirerol y fue ella quien le descubrió su multilateralidad literaria. Le puso en las manos el Elogio a la Locura y las Flores del Mal. Luego vino la lectura de biografías de literatos franceses del siglo XIX y el avistamiento de un trabajo teatral de Nancy Roche que cerró el círculo de sus convicciones de dramaturgo.

Hizo mancuerna con el pintor Carlos Lores. La obra de uno era el tema del otro. Y muchas veces era viceversa. El suplemento cultural Artes y Letras, fue su medio de difusión. Hicieron fama e historia.

“¡No tengo nada que hacer en Mérida!”, se dijo. Agarró sus bártulos y se fue para México de las delicias setenteras. ¿Qué quería hacer con su vida creativa? ¡De todo! Quería emular al hombre renacentista y según palabras del escritor Hernán Lara Zavala, lo consiguió, supo construir la diversificación profesional.

Parte de este tema son sus premios nacionales e internacionales por sus obras dramáticas y de investigación teatral, donde le saltó el tema del teatro nuestro, el teatro regional. Aprovecha y me señala con el dedo: “¿Ves ese anaquel? Está lleno de libretos teatrales de los años veinte, que interpretaron los Herrera”.

Le gustaron las bibliotecas y fue muy amigo de varias directoras de ellas. Quizá, por ese apego, estudio bibliotecoeconomía.

Con todos sus éxitos y su desdén regresó a Mérida, lo hizo por su amigo. Su pareja, como él dice. Él, quería venir a Mérida y lo hizo cuando Teresa Loret de Mola, le vendió esta casa. Luego me instale yo, pero “a mí nunca me gustó ni me ha gustado”.

Hace dos años Fernando Muñoz nos dejó preocupados a todos cuando nos enteramos que fue operado a corazón abierto. Hoy goza de cabal salud física, aunque su economía ha sido brutalmente mutilada por aquello de los recortes de personal en el área de cultura estatal. “Vivo con una mano adelante y la otra atrás. Después de haberle dado lucimiento al estado con mi trabajo, de haberle vestido a la quinceañera, me pagan de la peor manera. Ayer cancelé mi cuenta de ahorros, porque si no, me comenzaban a cobrar por no tener fondos”.

No tiene miedo a ese futuro que le viene desamparado. “Siempre se puede volver a empezar. Lo malo es hacerlo a esta edad. Hay que hacer nuevas estrategias. Siempre hay nuevas estrategias”, dice con los ojos entrecerrados, igual que los míos.

Me ha prometido una nueva entrevista, pero ahora filmada.

¿Serías cómo don Leopoldo Peniche Vallado?, le pregunto. ¡No! El tuvo trabajos internacionales muy importantes. Don Leopoldo, son palabras mayores- respondondió.

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