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LUPITA GALLARETA


Tardé un buen rato en despojarme del dolor que me causó cerrar los álbumes y reordenar la bolsa de papel manila…


Meses atrás, en los días más trágicos del año, y ajena a toda incertidumbre, Lupita Gallareta falleció mientras dormía, sola en su casa.


La noticia nos sobrecogió a Las Angelinas, quienes convivimos con ella durante 58 años. Estudiamos juntas, éramos veintiséis muchachas en el salón, veinticinco nos casamos, tres se casaron dos veces, Lupita nunca. (Matemáticas sociales para obituario).


Cuando ocurrió el deceso no pudimos despedirla. Por teléfono y wasap: ya se la llevaron, ya la van a cremar, ya la cremaron, dice su hermano que si las cenizas, la que quiera ir a rezarle, pero no se puede, nadie sale, rézale desde tu casa, que no hay iglesia abierta, habrá misa por Face o tampoco, Dios mío qué impotencia fraterna, ella siempre tan puntual, tan cumplida, no poder corresponderle…


Los días fueron transcurriendo y, en el espacio, quedó suspendido un momento, algo, una inquietud: ¿qué habrá sido de los álbumes de Teatro de Lupita? Leticia Llanes, actriz compañera suya, ofreció rescatarlos con anuencia familiar, pasó tiempo, por fin los obtuvo, me llamó, qué hacemos, dónde los donamos, retenlos un poco Leticia, ya mero mando por ellos, cobardía disimulada de mi parte.


Finalmente los trajeron en una bolsa de papel de estraza, los guardé sin abrirlos, estudié dos posibilidades de resguardo permanente: pero las cosas se dan solas, casuales, surgió el nombre de Alberto Arellano Rodríguez, es Director de Bibliotecas de la Universidad Autónoma de Yucatán, considera valioso el archivo, lo solicita, lo concedemos.


Me atrevo a abrir el primer álbum. Está encuadernado en piel y lleva impresos su nombre y apellidos con letras doradas. La historia gráfica de Lupita y Grupo

Teatro de Repertorio, dirigido por Eric Renato Aguilar. Fotos, recortes de periódico, entrevistas, críticas, programas de mano, tarjetas de saludo. Todo en perfecto orden, impecable como ella. Ahí están Renato, José Antonio López- Lavalle, Wilberth Herrera, Basilio Llanes, Carmen Teresa Fernández, Wilberth Mèzquita, reunidos ya en el parnaso de los actores.


El segundo álbum a la mitad, con páginas en blanco y material ajustado con un clip, para pegar. Luego, un sobre manila con dos libretos, recortes varios y los diplomas de reconocimiento por sus actuaciones, por su trayectoria artística.


Es ahí, en esa inspección previa para autorizar el acceso público, cuando regreso al momento suspendido hace unos meses, es cuando percibo que la estoy honrando como amiga, por las memorias de la adolescencia paseada en el malecón de Progreso, en los pasos de rock y twist en el Club Bancarios, por la juventud dispersa entre El Impala, El Mural, la Pop, en las vueltas por Montejo en su carrito Datsun, por las estampas felices posteriores: en la iglesia cuando amadrinó a mi primogénito, en los aplausos por sus actuaciones, en las llamadas de larga distancia para mis cumpleaños: infalible, incondicional, finísima.


Un día de estos, alguien de la Universidad vendrá a recoger la síntesis de su vida, atrapada entre unos forros de piel color castaño. Será como simbolizar la sepultura de alguien importante en mi vida. Será cuando pueda derramar mis lágrimas contenidas, doloridas por Lupita Gallareta.


He sentido que no era adecuado hacerlo antes. Quedaba pendiente conferir a los demás un testimonio: la historia de sus bodas con el Teatro y los hijos que alumbraron juntos, sobre un escenario. Supongo que allá desde lo alto, con ademanes de dramática elegancia, Eric Renato dispondrá la orden para hacer bajar el telón, definitivamente.

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