Sororidad

Que con sombras hurtó la luz del día


(Segunda parte)


X

Aquel lugar era muy diferente a lo que había allá afuera. Todas eran muy atentas
con nosotras y con nuestros hijos. Nunca me imaginé que nos recibirían así.
Estaba sorprendida. Descubrir una comunidad distinta donde todos se esforzaban
en atendernos, fue como un hachazo en el corazón. Aquello no era fácil de
asimilar después de todo lo que habíamos vivido. El primer día llegamos sin nada,
sólo con un cambio de ropa. Teníamos dos días sin bañarnos. Asumir esta nueva
realidad me derrumbaba. Nos sentíamos extraños.

XI

En el momento en que pisé el Refugio, todos mis conceptos cambiaron. Él ya no
significaba nada. El amor construido por mí se acabó. No había manera de sentir
la más mínima compasión. Volví a abrir los ojos al mundo. Había tanto por
descubrir, por aprender fuera de aquello que pensaba como único. Y ahí estaban
ellas. Poco a poco fui entendiendo lo que me podía pasar si regresaba.

XII

Éramos cinco mujeres con nuestros hijos. Me quedé impactada con sus historias.
Asumí que yo era la menos violentada físicamente. Sí me sentía destrozada, pero
todos mis huesos estaban en su lugar. Lo peor de todo eran los niños que se
acercaban a contarme cómo su padre le había arrancado el cabello a su madre,
cómo la navajeaba, cómo les pegaban con un tubo. Esto fue lo peor para mí.
Nunca lo voy a olvidar.

XIII

Supe que él andaba como loco buscándonos por todos lados. Mi papá me dijo que
me quedara en el Refugio el tiempo necesario para que él no nos encontrara. Así
lo hice. Fue ahí cuando conocí a Sandra. La conocí lo suficiente para hacernos
buenas amigas, porque ahí adentro la amistad es diferente, es a otro nivel.

XIV

La vi con sus dos manos enyesadas, la nariz dislocada, un diente quebrado. Ella
había tenido su cabello tan largo que le llegaba a la cintura. Él la rapó. Sandra no
podía atender a su hija más pequeña. Los ligamentos y los huesos de sus manos
estaban rotos. Cambiar pañales o darle de comer a sus hijos, era una tarea
imposible para ella.
Decidí ayudarlas en sus quehaceres. Yo era la mayor de todas y lo asumí como
un deber, una responsabilidad. Saqué todo mi buen humor y empecé a poner la
otra cara: les repartía dulces a los niños y a ellas las hacía reír, bailar.

XV

En el Refugio había reglas. Sólo tomábamos refrescos los domingos. La hora
familiar era de 5:00 a 6:00. Una vez a la semana nos permitían comprar algún
dulce y meterlo a nuestro cuarto para convivir. En ese tiempo mi papá me enviaba
dinero desde Estados Unidos. Entonces compraba golosinas y frituras para los
niños. Un grupo diferente de niños por semana.
Había horarios de comida y raciones. Yo veía a mi hijo comer muy rápido para
poder alcanzar más. Esa angustia de mis hijos nunca se la voy a perdonar.

XVI

Ahí estuve tres meses. En mis citas con la psicóloga lloraba mucho por todas. Por
Sandra. Me dolía mucho verla así, sin poder atender a sus hijos. Una de las
mujeres estaba embarazada. Salió del Refugio con doscientos pesos que yo le
ofrecí. A los dos meses regresó golpeada. Me sentí frustrada. Engañada. Enojada.

XVII

La casa que rentaban mis padres se desocupó. Ya tenía a dónde ir, pero llegó la
pandemia. Así que no tuve más remedio que cumplir con el tiempo establecido
para cada familia. Volví a sentir que ese lugar era el más seguro para mí y para
mis hijos. Después quise ver qué más había afuera, estaba ansiosa por empezar
de nuevo.

XVIII

En el Refugio hacíamos grupos para contarnos nuestras historias. Cuando Sandra
contó la suya, me vi reflejada en ella. Me sentí aliviada de no haber tocado el
abismo. Juré por mí y por mis hijos que nunca permitiría que nadie me hiciera el
daño que le hicieron a ella. La tomé como ejemplo. Ningún hombre me violentaría
jamás.

XIX

Sandra era muy callada, tímida. Tenía un problema en el habla; pensé que tal vez
sería a causa de los golpes. Algunas palabras no se le entendían, las cortaba. Se
la pasaba encerrada en su cuarto. Yo me llevaba a sus hijos a convivir al patio y
les contaba historias. Les inculcaba vernos como una familia bien grande.
Nosotras éramos las tías. Mi hija les enseño a rezar cantando. Por las noches se
escuchaba a todos los niños cantar.
Poco a poco se fue vaciando el Refugio. Sandra era la que tenía más tiempo. Ya
no quería volver a la frontera. Tenía miedo

Cynthia Rodríguez Leija

Escritora y activista social. (Nuevo Laredo, Tamaulipas, 1974). Becaria del Programa de Estímulos a la Creación convocado por el Gobierno del Estado de Tamaulipas. Diplomada por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Imparte talleres de literatura, promoción y comunicación cultural. Recibió el premio de poesía Juan B. Tijerina convocado por el estado de Tamaulipas y el Premio Nacional “Ramón Iván Suárez Caamal” convocado por el estado de Campeche. Ha publicado Oscuro zodiaco (colección El Ala del Tigre, Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM); Reinos de ciudad (Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes); Aquella voz que germina, ensayos de la literatura tamaulipeca (Editorial Colección Centenarios), la plaqueta Ríos de tinta (La Casa Redonda, Norteña Editores); Kinim (Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes), y las ediciones digitales Estación Pandura; Galáctica: los testimonios del Barrio Rojo, y No hallé cosa en qué poner los ojos

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