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APUNTES DESDE MI CASA


“…Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…” así dijeron al Principito, en el relato de Antoine de Saint Exùpery.


Algo parecido ocurrió cuando conocí a Clarita Uresti. La veía participar en esto y en aquello como activista del medio ambiente. De repente, como actriz en alguna obra o como artista plástica en exposiciones.


Yo andaba a la búsqueda de colaboradores para mi revista Cariátides y acepté la recomendación que alguien hizo de ella. Desde su primera intervención, se mostró acoplada con el proyecto.


La amistad fue surgiendo poco a poco, conforme la escuchaba conversar derrochando optimismo: siempre. Y sin hacer comentarios injustos sobre las personas: jamás. Su discreción, su aplomo ante las eventualidades, me fueron “domesticando” hasta llegar a sentir necesidad de su amistad.


Aún no alcanzo a comprender cómo obtuvo tanta fortaleza ante la consecutiva pérdida de sus familiares en un mismo año: tres hermanos, dos sobrinos y un hijo. Cualquier otra persona hubiese experimentado un desequilibrio emocional y psicológico. Sobre todo quienes no se aferran a ningún tipo de doctrina.


Nada más doloroso que decir adiós a un hijo para siempre. Nada más inmerecido, para quien nunca ha deseado el mal a alguien. Sin embargo Clarita, sin quejarse, fue saliendo adelante por sí misma.


Los acontecimientos sucedieron durante el semestre en que yo radicaba fuera de la ciudad. En diciembre fui a visitarla. La encontré sentada en el piso, frente al árbol de navidad, colocando parsimoniosamente las casitas que conforman su villa, dentro de los rieles del tren que circundaría el árbol. No me atreví a ayudarla. Nada más me acerqué a contemplar su sentido estético y asombrarme por la capacidad de adaptación frente a sus nuevas circunstancias.


Estrechamos más nuestro afecto. A veces me aproximaba a su casa para ver en qué estaba ocupada, si en manualidades de joyería, pintando un cuadro, estudiando un nuevo libreto o simplemente releyendo un libro de su predilección. Invariablemente, me ofrecía un vaso de Baileys en las rocas y una buena charla, luego un té y más charla. Su mentalidad abierta, sin tapujos, es de las cualidades que le permiten ampliar cualquier tema.


También disfrutábamos de largas conversaciones en el carro, durante el trayecto hacia Laredo, Texas. Si comíamos en Tony Romas, nada mejor que un aperitivo de Margaritas. Y si en Olive Garden, una copa de vino. Gratísimos momentos compartidos que hoy son recuerdos.


Mi imprevisto cambio de domicilio y luego la pandemia, nos han obligado a no vernos desde hace un año. Las llamadas telefónicas frecuentes, los wasaps, nos mantienen al día, a pesar de que ella también se alejó del punto común que era Laredo, pues ahora permanece en Houston, con sus nietas.


Su integración a los sistemas de redes sociales, han revelado su nueva faceta como autora de pequeños párrafos cargados de júbilo, por sus amaneceres con el canto de los pájaros o por los hielos lloviznados la noche anterior, en este invierno. En ella todo es motivo de exultación y contento.


A Clarita puedo llamarla como se me ocurra en el momento: Clarisueña, Claritina, Claribella, así responde invariablemente. Su buena crianza, sus modales, su incondicional forma de apoyar, la reflejan como la hermana mayor que toda persona hubiese deseado tener.


Hoy agradezco la domesticación que hizo al estilo Principito. Nuestro lento acercamiento se afirmó por la semejanza de ideas y sensibilidades; por las confianzas compartidas; porque esta dama de 85 años, al nacer, fue bordada con hilos de seda y plata.


“La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad”, dijo Sir Francis Bacon. Comparto dicho concepto y lo acomodo cabalmente en la naturaleza amable de la Clariñosa Uresti.

Paloma Bello
CLARITA URESTI


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