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Instrucciones para usar una Escafandra, de Joaquín Filio

No hay disfraz, no hay máscara, no hay escafandra posible que pueda ocultar los virajes literarios, los rasgos metafóricos y las salidas inesperadas del estilo de la prosa de Joaquín Filio. Quien ya lo ha leído suele ser capaz de presentirlo, de reconocerlo en la página que sea e incluso en el párrafo más secreto. Siempre hay una pista verbal en su fraseo o una clave en el adjetivo que delata la inquietante fluidez de sus relatos. Su voz ya es inconfundible. La música de sus finales, entrañable por perturbadora.

Atrevámonos a negarlo después de leer las líneas siguientes: “Laura deshabita su rostro del cabello abierto en una senda de larguísimas promesas donde tantas veces llevó a pastar caricias, peines muertos. Sus manos de terciopelo caminan sobre un páramo suicida, desempañan los restos del rímel, dan contorno a este, su pequeño ecosistema maldito”.

O este otro periodo de su sintaxis: “Debe ser este, dicen, calle treinta y uno D, de dedo, D de daño, D de dolor, número dos, tres, siete. Son las siete de la mañana de un día de 1998. Los hermanos miran desde la ventana. Les sorprende el filo de la sierra, las manos duras y grandes de los trabajadores”.

– ¿Por qué la infancia es un tema recurrente en lo que escribes?

-Muchos de los textos que vienen en Escafandra (2020) formaban parte de un libro más extenso, pero de eso me di cuenta más tarde. En mi primera publicación, que se llama Mediocre (2019), hay una serie de cuentos que estaba incluida en esa compilación inicial, de ahí derivan estos relatos… Lo que sucede, creo, es que siempre estoy escribiendo sobre mi vida, creo que siempre hablo de la infancia, porque pienso que es una manera de recrear escenas a partir de la herramienta de la ficción. Entonces lo que hice fue un ejercicio de decantación. El primer libro es una selección, diría yo, casi de puros cuentos, y lo que hice fue sustraer, para esta segunda plaquette, los textos que son más íntimos, aunque fueron escritos durante este periodo al cual aludí antes. Es que mientras hacía un cuento en el sentido formal del género, a la par estaba escribiendo otros textos que podrían ser columnas, estampas o una suerte de autoficción, y eso nutría el proceso de escribir cuentos cien por ciento ficcionales, vamos a decir. Al realizar esta sustracción entendí que encerraban una etapa de mi vida, porque la mayoría de los relatos son autobiográficos. En el fondo, me gusta escribir sobre cosas que no recuerdo bien. Escribir es otra forma de parchar la memoria, como de empatar momentos que no tienes muy claros. La otra razón es porque alguna vez leí una declaración de Roberto Bolaño en la cual decía que había que ser valientes para escribir, tan valientes como el detective que regresa a la medianoche a la escena del crimen, sabiendo que encontrará fantasmas y que uno debe observar sin parpadear, sin cerrar los ojos, un poco analizando esos sedimentos oscuros que a veces no están en el recuerdo.

Sin embargo, en Escafandra estos fragmentos del pretérito permanecen juntos en su memoria: los juguetes, las caricaturas, el carro de la madre y el entrañable árbol ya inexistente en su calle, todos ellos envueltos en una atmósfera de asombro, de desconcierto, de tristeza y de reconciliación. Nacido en Mérida, en 1991, Joaquín Filio habla como escribe: con imágenes consistentes, impredecibles, pero al mismo tiempo naturales. Así son sus textos, ajenos a las etiquetas, a las categorías enciclopédicas, pues le interesan, en lo particular, nuevas manifestaciones de la escritura.

– ¿Esta reconstrucción logró sustituir esas partes que no tenías muy claras en la memoria?

-No sé si sustituyen algo. Lo que sí creo es que textos como el prólogo que inicia el libro es más o menos una suerte de resumen de mí. Son textos que desde que los escribí supe que eran muy personales, además ya se habían publicado en distintos medios. En un primer momento, sentí que estas piezas sí reconstruían partes que ya no recordaba bien, incluso sentí que estaban adentrándose en algo que no comprendo del todo, que es la terapia a partir de la escritura. Sin embargo, cuando ya se habían publicado, tuve conciencia del carácter autónomo de cada texto, pues pese a que tratan asuntos personales también pueden generar empatía con los lectores; de hecho, varias personas me han hablado del vínculo que desarrollaron con algunos de estos relatos.  Les gustan y se identifican con ellos. La verdad, no sé si este libro sustituye una parte de mi memoria, pero creo que está armado por pequeñas ventanas para asomarse a algo que es brumoso, incierto. El libro tiene un epígrafe de Liliana Colanzi, que dice: “Usted confunde inteligencia con memoria”. Me parece que esa oración retrata justo el límite en el cual se encuentran estos textos. No por hacer bulla de la inteligencia que hay, sino porque siempre hay momentos creativos en los que uno no sabe si está siendo un mediador de sus recuerdos o creador de recuerdos. Lo que más me interesa en el tema de la ficción es la frontera entre lo que es meramente imaginativo y lo que está tomado de alguna parte de la memoria. Esta frase de Colanzi es una sentencia que le va bien al espíritu del libro.

– ¿A qué te refieres cuando comentas que lo que escribes es más o menos un resumen de ti?

-Algunas cosas sí. Hasta en los cuentos, digamos los que son estrictamente cuentos, hay elementos que a mí me sirven de estímulo para generar atmósferas o actitudes de los personajes. En algunos textos, por ejemplo, utilizo nombres de personas reales, como Pablo, que es mi hermano. Utilizo también aptitudes o comportamientos que conocí de gente cercana o de familiares, para dibujar un poco más al detalle a los personajes. Entonces creo que sí existe un ejercicio de síntesis de uno mismo, pero no pienso que sea material autobiográfico en su totalidad. Si lo piensas bien, un resumen siempre es una selección premeditada, un proceso de filtración, y tampoco es por querer hablar de mí; no es el caso. Simplemente es más modesto aceptar que uno escribe sobre lo que conoce, sobre lo que sabe, no tanto a nivel intelectual, sino a nivel humano, para así poder abrir un poco la brecha de la escritura. Yo creo en lo que decía Chéjov: para ser universal uno tiene que empezar hablando de su pueblo o de lo que sabe.

-Este libro es un misceláneo por su diversidad de géneros, ¿cómo le diste unidad y armonía?

-Fue totalmente azaroso. Hubo un proceso de eliminar cosas, así se hizo. Cuando Alejandrina Garza, editora del libro, me dijo que había la posibilidad de hacer otro tomo, yo comencé a revisar los materiales y me pregunté qué era lo publicable. Reuní sesenta cuartillas y luego quité cosas que no combinaban con el resto. Para uniformar el libro, busqué el tono e intenté que todos los textos mantuvieran el mismo registro. Creo que es el único común denominador entre los textos, lo único que los hermana. Ahí está ese tono entre melancólico y nostálgico en el cual están escritas estas piezas literarias. Pero en su mayoría el azar terminó por ordenar el volumen. Todavía, en la última prueba antes de entregar el libro para la edición, hice un recorte de cuatro textos. Lo que quedó al final era una prosa emparentada por el tono. Disfruté mucho, además, la mecánica de la edición. No estaba acostumbrado: me refiero al proceso de publicar. Al principio es como cuando en la adolescencia compraba un disco y escuchaba la primera y la segunda canción, y no me gustaba; de pronto, lo volvía a escuchar y me gustaba un poco más, hasta que en la quinta o sexta ocasión ya le encontraba el gusto y el encanto. Creo que publicar es eso: el ejercicio de la distancia, de distanciarte con lo que haces, ir y compartirlo. Algo que ha tenido esta publicación es este sentido de unidad. La verdad es que yo no lo hallaba en ningún sentido. Era uno de mis temores, que hubiera partes del cuerpo vestidas de forma diferente: un lado con un traje, pero también con una bermuda y un sombrero. Es decir, que no combinaran en absoluto. Ahora me doy cuenta de que sí combinan; me gusta, asimismo, el término misceláneo, que es la unión de cosas que aparentemente no tienen nada que ver entre sí, al menos no de manera evidente. Además, cada vez me gusta más la idea de la escritura por la escritura misma, no tanto por el género o por la adecuación o implicación editorial que pueda tener. Es algo que trato de hacer cada vez que escribo: dejar de pensar si es un cuento, si es una columna, un ensayo. Creo que todo es literatura y estamos en una época en la que se comienza a asimilar lo obsoleto que puede ser la idea del género en todos los sentidos. Yo creo que originalmente esto empezó con el lenguaje; así iniciaron estas reflexiones en torno a la palabra, y siento que es algo que le está ocurriendo a la literatura. Y lo que más me atrae de las lecturas es aquello que suele ser inclasificable o que no está etiquetado o que no puede venderse de modo etiquetado. Me fascina la posibilidad de decir: me gustó este libro… ¿qué es? Quién sabe. Está interesante, está padre. Me gusta que el libro tenga esa indefinición.

-Tu punto de vista va a contracorriente, por ejemplo, de la estandarización de los concursos, donde las clasificaciones son imprescindibles. Nunca he leído una convocatoria que diga: manda una narración y ya…

-Claro. Yo, por mi parte, he entrado a concursos con textos que no están cerca de ser lo que pide la convocatoria. Pero me he arriesgado porque mi apuesta es que mi trabajo quizá no satisfaga las cláusulas de esa convocatoria, pero tal vez pueda satisfacer el ánimo de los lectores. De hecho, en Escafandra aparecen dos textos perdedores de concursos. Uno de ellos es una repetición larguísima, un encabalgamiento muy prolongado, cacofónico. Yo sé que para algunos estos puede ser un error, aunque para mí es un aspecto explotable. Algo que puedes tomar y llevar al límite, para ver en qué momento deja de parecer un error y se ve, no sé si como un acierto, pero sí como una característica. Creo que esta evolución que sucede en los géneros literarios comienza con la gente que está creando cosas y eso es muy bueno, muy sano. Tal vez un certamen no te reconozca, pero a lo mejor ese mismo texto puede funcionar para los lectores, quienes habrán de compartirlo y, sobre todo, recomendarlo. Ese será el mejor concurso que uno pueda ganar. Yo valoro más la libre circulación de un texto como tal, por eso hablo de “textos” y no de cuentos ni de ensayos; es decir, no los clasifico. No merece tanto la pena discutir si esto es o no una novela. Insisto: no busco clasificar nada.

LA NOCHE DE SUS INVENCIONES

Joaquín Filio habla y yo trato de evocar algunos de sus textos, de pescar en el aire algunas de sus formas, de sus estructuras, la dirección que llevan y el irremediable destino de sus cierres. Vienen a la cabeza “Cacerías”, “El baterista”, “Te dejo a Schwob para que no te sientas solo” y “Objects in mirror (estampas sobre el divorcio)”, entre otros.  Retengo oraciones, analogías, principios, desenlaces, la intensidad de ciertas palabras y el énfasis de sus silencios. Al margen de categorías, como bien ha dicho, me duelen algunos instantes, algunas verdades cubiertas por la noche de sus invenciones; esa es la literatura de Joaquín Filio. De súbito recuerdo uno de sus remates más estremecedores por la carga confesional que conlleva: “Cuando mis padres se divorciaron vi un platillo volador desde el marco de la ventana y desde entonces creo en la vida más allá de la Tierra, pero, sobre todo, confío en que un par de amigos son suficiente respuesta a los misterios del universo. No sé bailar ni cantar, pero escribo, a duras penas, estas pocas palabras para no perecer en el anonimato. Arrojo la botella al mar, cruzo los dedos”.  

-O cómo lo ves tú -dice al interrumpir mis pensamientos.

Admito que no tengo respuesta, me perdí en la memoria de su libro. Mientras prosigue la conversación, siento que la Escafandra que se ha puesto no es para encerrarse, sino para ver con mayor claridad las profundidades de sí mismo. Sumergirse. Resuelto, divertido e ingenioso continúa sus divagaciones en el patio de la casa donde ha crecido. Tiene, como la gente de su edad, toda la esperanza, todo el deseo y la vehemencia por ser y hacer, y yo, siguiendo las instrucciones de su relato, solo cruzo los dedos.

4 Comments

  1. Excelente, tendremos que meternos a la Escafandra. También percibo lo mismo, escribir sin precisar el género, es dejar que las letras simplemente tomen la forma del recipiente que las contiene.
    Felicidades por este encuentro literalmente filial.

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