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Que con sombras hurtó la luz del día

(Primera parte)

El mundo es otro a mis cuarenta y tres. Otro del que pensé antes de las apuraciones. Tengo cuatro hijos [y cuatro fotografías cuelgan de los marcos]. Las paredes son tan limpias que cuesta trabajo no vernos, no detenernos un segundo a respirarnos los unos a los otros.

II

Tenía nueve cuando nació mi último hermano. Tenía nueve cuando mi padre se fue a los Estados Unidos. Tenía nueve cuando una aparente calma nos alimentaba. Tenía nueve cuando mi madre fue sólo para mí. Ella y yo fuimos un nueve universal, perfecto.

III

Soy la mayor de cuatro: la primera hija, la primera nieta, la primera sobrina. A nosotros el pasado nos vio de frente, como si hubiera estado ahí hablándonos desde un espejo. El pasado nos hablaba y nosotros nos veíamos mover la boca en el futuro.

 IV

Lo intentamos dos años y medio. Yo tenía diecinueve. Me celaba. Nadie podía voltear a verme. Me llevó a la casa de su hermana. En mucho tiempo no volví a pisar mi casa materna. Él era mi mundo. No lo quería dejar. La violencia aumentó. Siempre me convencía. Me amenazó con una navaja. O de él o de nadie, decía. Sus padres lo apoyaban.

No iba a trabajar para evitar que me escapara. Si te vas no te vas sola. Yo no entendía. Un día me fui. Pero no me fui sola. Me fui embarazada. Mi primer hijo. El primer nieto. El primer sobrino. Yo vendía productos casa por casa.

El mundo es otro a mis cuarenta y tres. Siento que apenas estoy empezando a vivir.

V

Me fui a trabajar a una fábrica y ahí lo conocí. Ese sitio que no era otro sino aquella extensión de un parque industrial en Escobedo. Dejé atrás la casa para entrar en ese callejón de máquinas, botones, circuitos y relojes checadores. Él era tan real como la oscuridad que colgaba de mí y que sentía aliviada cuando salía al invierno cada vez que el turno terminaba.

Las horas se desahogaban en el sonido de las ambulancias que me sorprendían dibujando las iniciales de nuestro nuevo apellido en sus cristales traseros. Mi hijo tenía dos años y medio. El amor tendría que esperar para después.

VI

Se casó conmigo. Avanzar con él en línea recta era casi imposible. No le gustaba trabajar. Ahora tiene cuarenta y cuatro y no trabaja. Venía de un rancho. Era muy feo y pensé: “este no me va a engañar, este no me va a fallar”.

VII

Él. Trece años menor que yo. Quería hijos. Yo no podía. Le pedí  que me dejara. No lo hizo. Trabajaba en un supermercado. Después en una fábrica. Ahí acumuló puntos para hacerse de una casa. Pero su sueño era ser policía. Lo ayudé. Lo logró. Tuvimos hijos.

Pasó poco tiempo y ya no llegaba a dormir. Se iba a las cantinas. Se ponía muy violento. Conté las golpizas. Fueron cinco.

VIII

Tenía prohibido hablar con los vecinos. Tenía prohibido hablar más de la cuenta. Tenía miedo. Mi familia logró cruzar la frontera. Yo estaba sola. Fueron diez años. Aquel día se puso muy mal. Furioso. Sus ojos desorbitados. Su rostro enrojecido. Todo era un caos. Pensé en mis opciones: los parques, las plazas. Se quedó dormido. Ahora o nunca. Empaqué ropa y juguetes de mis hijos.

 Nos fuimos con cien pesos en la bolsa.

IX

Esa noche dormí con una vecina. Al día siguiente caminé a la demarcación. Levanté un acta ante sus superiores. Las demandas se acumularon. Me hablaron del peligro. El riesgo era que me encontrara. Por ellos supe del Refugio. Necesitaba esconderme. Tomé la decisión. No podía regresar.

PLANO ARTIFICIAL PARA RECONSTRUIR UNA CASA

Atrás quedaron los pájaros endurecidos en los platos

inmóviles

perdidos en su burbuja de peltre /

en su moldura entristecida

quedó el equilibrio de los huesos

la leche tibia poseída por algún ocultamiento

atrás el reposo de la boca en un grano de sal

disuelto en la más inútil transparencia

deshecho el nudo sin la cuerda iluminada

sin la forma

que enumera la oscuridad vencida

de aquellos que amanecen hambrientos de tu hambre.

 Capitulo tomado del libro digital “Y no hallé cosa en qué poner los ojos”, con autorización de la autora. Edición realizada por la Secretaría de Cultura a través del “Apoyo a Instituciones Estatales de Cultura” (AIEC) 2020. Saltillo, Coahuila.

Cynthia Rodríguez Leija

Escritora y activista social. (Nuevo Laredo, Tamaulipas, 1974). Becaria del Programa de Estímulos a la Creación convocado por el Gobierno del Estado de Tamaulipas. Diplomada por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Imparte talleres de literatura, promoción y comunicación cultural. Recibió el premio de poesía Juan B. Tijerina convocado por el estado de Tamaulipas y el Premio Nacional “Ramón Iván Suárez Caamal” convocado por el estado de Campeche. Ha publicado Oscuro zodiaco (colección El Ala del Tigre, Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM); Reinos de ciudad (Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes); Aquella voz que germina, ensayos de la literatura tamaulipeca (Editorial Colección Centenarios), la plaqueta Ríos de tinta (La Casa Redonda, Norteña Editores); Kinim (Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes), y las ediciones digitales Estación Pandura; Galáctica: los testimonios del Barrio Rojo, y No hallé cosa en qué poner los ojos

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